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Deborah le miró por el espejo y sonrió con expresión cariñosa.

– Supongo que todo ha terminado entre nosotros.

– ¿Por qué?

– No viniste a bañarte conmigo.

– No me invitaste.

– Te envié invitaciones mentales durante toda la cena. ¿No las captaste?

– Así que era tu pie el que me acariciaba por debajo de la mesa, ¿eh? Bien pensado, no parecía el de Tommy.

Deborah rió y destapó la loción. St. James miró mientras se la aplicaba a la cara. Los músculos se movieron bajo sus dedos, y llevó a cabo un ejercicio de identificación: trapezius, levator scapulae, splenius cervicis. Era una forma de disciplinar su mente para que tomara la dirección que deseaba. La perspectiva de aplazar la conversación con Deborah hasta otra ocasión siempre se fortalecía cuando la veía recién salida del baño.

– Lamento haber traído los papeles de adopción -dijo-. Hicimos un trato y no cumplí mi parte. Esperaba convencerte de que habláramos del problema mientras estuviéramos aquí. Achácalo a mi ego machista y perdóname si puedes.

– Perdonado, pero el problema no existe.

Tapó la loción y empezó a secarse con más energía de la necesaria. Al ver su reacción, St. James notó que la palma de la cautela se apretaba contra su pecho. No dijo nada hasta que ella se puso la bata y liberó el cabello de la toalla. Se dobló por la cintura, utilizó sus dedos a modo de peine para desenredar el cabello, y él volvió a hablar. Eligió sus palabras con todo cuidado.

– Es una cuestión de semántica. ¿De qué otro modo podemos llamar a lo que ha ocurrido entre nosotros? ¿Desacuerdo? ¿Disputa? No me parecen palabras muy apropiadas.

– Bien sabe Dios que no podemos aplicarle etiquetas científicas.

– Eso no es justo.

– ¿No?

Deborah se irguió y rebuscó entre sus cosméticos hasta encontrar la cajita de las píldoras. Sacó una de su envase de plástico, se la enseñó aferrada entre el índice y el pulgar, y la introdujo en la boca. Giró el grifo con tal energía que el agua rebotó en el fondo del lavabo y ascendió como espuma.

– Deborah.

Ella no le hizo caso. Engulló la píldora.

– Ya está. Puedes tranquilizarte. He eliminado el problema.

– Tomar o no la píldora es tu decisión, no la mía. Podría imponerme. Podría obligarte. Prefiero no hacerlo. Solo quiero que comprendas mis preocupaciones.

– ¿Sobre?

– Tu salud.

– Lo dejaste muy claro hace dos meses. He hecho lo que querías, y he tomado las píldoras. No me quedaré embarazada. ¿Aún no estás satisfecho?

Su piel empezó a motearse, el primer indicio de que se sentía acorralada. Sus movimientos adquirieron cierta torpeza. St. James no deseaba despertar su pánico, pero al mismo tiempo quería dejar las cosas claras. Sabía que estaba demostrando tanta obstinación como ella, pero siguió presionando.

– Hablas como si no desearas lo mismo.

– Y así es. ¿Pretendes que finja lo contrario?

Entró en el dormitorio, se acercó a la estufa eléctrica y llevó a cabo un ajuste que exigió demasiado tiempo y concentración. Él la siguió y, para mantener la distancia, se sentó en la butaca, a un metro prudente de su mujer.

– Es una familia -dijo-. Hijos. Dos, quizá tres. ¿No es ese el objetivo? ¿No era lo que deseábamos?

– Nuestros hijos, Simon, no los dos que Servicios Sociales condesciendan a darnos, sino dos nuestros. Eso es lo que quiero.

– ¿Por qué?

Deborah levantó la vista. Adoptó una postura más rígida y él comprendió que se había precipitado con una pregunta que no había pensado formular antes. En todas sus discusiones, había estado demasiado concentrado en razonar sus opiniones para interrogarse acerca de la tozuda determinación de Deborah de tener un hijo al precio que fuera.

– ¿Por qué? -repitió, y se inclinó hacia ella, con los codos apoyados sobre las rodillas-. ¿No puedes hablarlo conmigo?

Deborah contempló la estufa y giró ferozmente uno de los mandos.

– No seas paternalista. Sabes que no puedo soportarlo.

– No soy paternalista.

– Sí. Lo psicoanalizas todo. Sondeas y remueves. ¿Por qué no puedes sentir lo que yo siento y querer lo que yo quiero, sin necesidad de examinarme bajo tus malditos microscopios?

– Deborah…

– Quiero tener un hijo. ¿Es un delito?

– No estoy insinuando eso.

– ¿Me convierte eso en una loca?

– Claro que no.

– ¿Soy patética porque quiero tener un hijo nuestro? ¿Porque quiero que sea como si echáramos raíces? ¿Porque quiero saber que nosotros lo creamos, tú y yo? ¿Porque quiero que salga de mis entrañas? ¿Por qué se tiene que considerar un delito?

– No lo es.

– Quiero ser una madre de verdad. Quiero vivir la experiencia. Quiero un hijo.

– No debería ser un acto de egoísmo, y si para ti lo es, creo que has equivocado el concepto de paternidad.

Deborah volvió la cabeza, con la cara inflamada.

– Eso que has dicho es horrible. Espero que hayas disfrutado.

– Oh, Dios, Deborah. -Extendió la mano hacia ella, pero no pudo salvar la distancia que les separaba-. No quería herirte.

– Lo has disimulado muy bien.

– Lo siento.

– Sí. Bien, ya está dicho.

– No. Todo no. -Buscó las palabras con cierto grado de desesperación, procurando no herirla más y hacerle entender-. Me parece que si ser padre es algo más que engendrar un hijo, puedes vivir esa experiencia con cualquier niño, ya sea que lo pongas bajo tu protección, lo adoptes o lo tengas. Siempre que desees, en el fondo, ser madre, no simplemente engendrar. ¿Es así?

Ella no contestó, pero tampoco apartó la vista. St. James consideró que podía continuar.

– Creo que mucha gente se mete en ello sin pararse a pensar en lo que se les exigirá en el curso de la vida de sus hijos. Creo que se meten en ello sin pensar nada en absoluto. Sin embargo, criar a un niño hasta la madurez exige un precio especial a la persona. Has de desear toda la experiencia, no solo el acto de engendrar un hijo, porque de lo contrario te sentirás incompleta.

No fue necesario añadir el resto: que él había pasado por la experiencia de interpretar el papel de padre, sobre la cual se sustentaban sus palabras, que había sido un padre para ella. Deborah conocía al detalle la historia que compartían. Once años mayor que ella, la había convertido en una de sus principales responsabilidades desde que tuvo dieciocho años. Lo que ella era, se debía en gran parte a la influencia de St. James en su vida. El hecho de que hubiera sido como un segundo padre para ella era una bendición en su matrimonio, pero una maldición todavía mayor.

St. James hacía hincapié en la bendición, con la esperanza de que Deborah pudiera abrirse camino entre el miedo, la ira o cualquier cosa que les impidiera reconciliarse. Se apoyaba en su pasado compartido para ayudarles a encontrar un camino hacia el futuro.

– Deborah, no has de demostrar nada a nadie, ni al mundo, ni a mí, desde luego. A mí, nunca. Si la cuestión es demostrar algo, olvídalo, por el amor de Dios, antes de que te destruya.

– No se trata de demostrar.

– Entonces, ¿qué?

– Es que… siempre me había imaginado cómo sería. -Su labio inferior tembló, y apretó las yemas de los dedos contra él-. Crecería en mi interior todos esos meses. Notaría las pataditas y tú apoyarías la mano sobre mi estómago. Tú también las sentirías. Hablaríamos de nombres y tendríamos preparado su cuarto. Y cuando yo diera a luz, tú estarías conmigo. Sería como si los dos hubiéramos forjado algo eterno, porque habríamos creado juntos a esa… a esa personita. Era lo que yo deseaba.