Juliet Spence se volvió cuando terminó de rociar la última cesta de fucsias. Se sobresaltó cuando le vio. Su mano derecha subió instintivamente hacia el cuello de su jersey negro, un típico gesto defensivo femenino, pero la izquierda siguió aferrando el rociador. Tuvo la presencia de ánimo suficiente para no soltarlo, por si lo necesitaba para hacerle frente.
– ¿Qué quiere?
– Lo siento -dijo Lynley-. He llamado a la puerta, pero no me oyó. Inspector detective Lynley, New Scotland Yard.
– Entiendo.
Lynley hizo ademán de sacar su tarjeta. Ella le detuvo con un ademán, revelando un agujero considerable en la axila del jersey, muy acorde con el desastroso estado de sus tejanos manchados de barro.
– No es necesario -explicó-. Le creo. Colin me avisó de que probablemente aparecería esta mañana. -Dejó el rociador sobre un estante, entre las plantas, y removió las hojas restantes de la fucsia más cercana. Lynley observó que estaban deterioradas de una manera anormal-. Cápsides -explicó-. Son insidiosos, como los tisanópforos. Por lo general, no se sabe que han atacado la planta hasta que los daños son evidentes.
– ¿No pasa siempre lo mismo?
Ella meneó la cabeza y aplicó otro chorro de insecticida a una planta.
– A veces, la plaga deja una tarjeta de visita. En otras, no se sabe que ha venido de visita hasta que es demasiado tarde para hacer otra cosa que matarla y confiar en no matar la planta al mismo tiempo. Bien, supongo que no debería hablar con usted de matar como si me gustara, aunque sea así.
– Tal vez es necesario matar a un ser cuando es el instrumento de la destrucción de otro.
– Eso mismo pienso yo. Nunca me ha gustado tener pulgones en mi jardín, inspector.
Lynley entró en el invernadero.
– Póngase ahí, por favor. -La mujer indicó una cubeta de plástico sembrada de un polvillo verde, justo al lado de la puerta-. Desinfectante -explicó-. Mata los microorganismos. Es absurdo transportar más visitantes indeseables en las suelas de los zapatos.
Lynley cerró la puerta y se metió en la cubeta, donde las pisadas de la mujer ya habían dejado su marca. Vio que los restos del desinfectante manchaban los lados y las costuras de sus botas de punta redonda.
– Pasa mucho tiempo aquí -observó.
– Me gusta plantar cosas.
– ¿Una afición?
– Cuidar plantas es muy relajante. Unos pocos minutos con las manos hundidas en la tierra, y el resto del mundo se desvanece. Es una forma de escape.
– ¿Necesita escapar?
– Todo el mundo lo necesita, en un momento u otro. ¿Acaso usted no?
– No puedo negarlo.
El suelo era de grava y tenía un sendero de ladrillo, algo elevado. Caminó por él, entre la mesa central y el estante, y se acercó a la señora Spence. Con la puerta cerrada, la temperatura del invernadero era varios grados más alta que la del exterior. El aire estaba impregnado del aroma a tierra de las macetas, emulsión de pez y el olor del insecticida que había aplicado.
– ¿Qué clase de plantas tiene aquí? -preguntó-. Aparte de las fucsias.
La mujer se apoyó contra el estante mientras hablaba, y señaló los ejemplares con una mano cuyas uñas estaban cortadas como las de un hombre e incrustadas de tierra. No daba la impresión de que le importara, ni siquiera de que se diera cuenta.
– Crío ciclámenes desde hace una eternidad. Son los de los tallos que parecen casi transparentes, en las macetas amarillas. Las demás son filodendros, hiedra de parra, amarilis. Tengo violetas africanas, helechos y palmeras, pero algo me dice que usted las reconoce bastante bien. Y estas -señaló un estante sobre el cual una luz bañaba cuatro amplias cubetas negras, donde brotaban diminutas plantas- son mis plantas de vivero.
– ¿Plantas de vivero?
– En invierno, inicio mi jardín aquí. Judías verdes, pepinos, guisantes, lechuga, tomate. Ahí hay zanahorias y cebollas. Intento vidalias, aunque todos los libros de jardinería que he leído me predicen un fracaso completo.
– ¿Qué hace con todo eso?
– Suelo ofrecer las plantas al puesto de Preston. Las verduras nos las comemos mi hija y yo.
– ¿También planta chirivías?
– No -dijo con los brazos cruzados-, pero ya hemos llegado al meollo de la cuestión, ¿no?
– Sí, en efecto. Lo lamento.
– No hace falta que se disculpe, inspector. Es su trabajo. Espero que no le importe si hablamos mientras trabajo.
No le dio muchas oportunidades de decidir. Cogió un pequeño extirpador de entre los utensilios que llenaban un cubo de hojalata, guardado bajo la mesa central. Empezó a moverse entre las macetas y removió la tierra con delicadeza.
– ¿Había comido ya chirivías silvestres de esta zona?
– Varias veces.
– Por lo tanto, las reconoce cuando las ve.
– Sí, por supuesto.
– Pero el mes pasado no fue así.
– Pensé que sí.
– Hábleme de ello.
– ¿La planta, la cena? ¿Qué?
– De ambas. ¿De dónde salió la cicuta?
Quitó un tallo suelto de uno de los filodendros más grandes y lo tiró en una bolsa de basura que había debajo de la mesa.
– Pensé que era chirivía silvestre -aclaró.
– De momento, aceptado. ¿De dónde salió?
– No lejos de la mansión. Hay un estanque en el terreno. Crece una profusión increíble de malas hierbas, ya se habrá fijado en el estado general, y descubrí una mata de chirivía silvestre. Lo que creí chirivía.
– ¿Había comido antes chirivía del estanque?
– Del terreno, pero no del estanque. Únicamente había visto las plantas.
– ¿Cómo era el rizoma?
– Como el de la chirivía, evidentemente.
– ¿Una sola raíz? ¿Un manojo?
La señora Spence se inclinó sobre un helecho muy verdoso, apartó las hojas, examinó la base y transportó la planta hasta el estante del lado opuesto. Siguió con su trabajo.
– Debió de ser una sola, pero no me acuerdo de su aspecto.
– Pero sabía cómo debía de ser.
– Una sola raíz. Sí, lo sé, inspector. Sería mucho más fácil para ambos que yo mintiera y afirmara que desenterré una sola raíz, pero la verdad es que aquel día yo iba con prisas. Bajé al sótano, descubrí que solo me quedaban dos chirivías pequeñas y corrí al estanque, donde pensaba que había visto más. Supongo que la raíz que cogí era única, pero no me acuerdo con exactitud. No puedo imaginarla colgando de mi mano.
– Qué raro, ¿no? Al fin y al cabo, es uno de los detalles más importantes.
– No puedo evitarlo, pero agradecería que alguien me creyera. En realidad, una mentira sería mucho más conveniente.
– ¿Y su indisposición?
La mujer dejó el extirpador y apretó el dorso de la muñeca contra el pañuelo rojo desteñido, que manchó de tierra.
– ¿Qué indisposición?
– El agente Shepherd dijo que había estado enferma aquella noche. Dijo que había ingerido un poco de cicuta. También afirmó que se había dejado caer por su casa aquella noche y que la encontró…
– Colin intenta protegerme. Tiene miedo. Está preocupado.
– ¿Ahora?
– Y también entonces.
Dejó el extirpador entre las demás herramientas y ajustó un cuadrante de lo que parecía ser el sistema de irrigación. El lento goteo del agua empezó un momento después, hacia su derecha. La mujer no apartó los ojos ni la mano del cuadrante cuando siguió hablando.
– El que Colin diga que se dejó caer por aquí es muy conveniente, también.
– Supongo que no hizo acto de aparición en ningún momento.
– Oh, sí. Estuvo aquí, pero no fue una coincidencia. No estaba de ronda. Eso es lo que dijo en la encuesta. Eso es lo que dijo a su padre y al sargento Hawkins. Lo que dijo a todo el mundo. Pero no es lo que sucedió.
– ¿Usted le encargó que viniera?
– Le telefoneé.
– Entiendo. La coartada.