Ella levantó la vista. Su expresión era resignada, antes que culpable o temerosa. Se tomó un momento para quitarse los mitones y embutirlos en las mangas de su jersey.
– Eso es exactamente lo que, según Colín, iba a pensar la gente: que le telefoneé para demostrar mi inocencia. «Ella también comió cicuta», habría dicho en la encuesta. «Yo estaba en la casa. Lo vi con mis propios ojos.»
– Eso dijo, según tengo entendido.
– Habría dicho el resto, si me hubiera salido con la mía, pero no pude convencerle de la necesidad de decir que le había telefoneado porque me había encontrado mal tres veces, tenía bastantes dolores y quería que estuviera a mi lado. Terminó poniéndose en peligro por deformar la verdad. Y eso no me gusta.
– En este momento, corre peligro desde varias direcciones distintas, señora Spence. La investigación está llena de irregularidades. Su deber era entregar el caso a un equipo del DIC de Clitheroe. Como no lo hizo, tendría que haber sido lo bastante prudente como para llevar a cabo los interrogatorios con un testigo oficial presente. Considerando su relación con usted, habría debido apartarse del caso por completo.
– Quiere protegerme.
– Tal vez, pero las apariencias son mucho peores.
– ¿Qué quiere decir?
– Da la impresión de que Shepherd está encubriendo su propio delito, sea cual fuera.
Ella se apartó con brusquedad de la mesa central, contra la cual estaba apoyada. Se alejó dos pasos de Lynley, avanzó de nuevo y se quitó el pañuelo.
– Escuche, por favor. Estos son los hechos. -Sus palabras fueron concisas-. Fui al estanque. Arranqué cicuta. Pensé que era chirivía. La cociné. La serví. El señor Sage murió. Colin Shepherd no participó en ésto.
– ¿Sabía que el señor Sage iría a cenar?
– He dicho que no participó en esto.
– ¿La interrogó alguna vez acerca de su relación con Sage?
– ¡Colin no ha hecho nada!
– ¿Existe un señor Spence?
La mujer apretó el pañuelo en el puño.
– Yo… No.
– ¿Y el padre de su hija?
– No es asunto suyo. Esto no tiene nada que ver con Maggie, en absoluto. Ni siquiera estaba allí.
– ¿Aquel día?
– A la hora de la cena. Estaba en el pueblo, pasando la noche en casa de los Wragg.
– ¿Estuvo antes, cuando usted fue a buscar la chirivía silvestre? ¿Mientras la cocinaba?
El rostro de la señora Spence se puso rígido.
– Escuche, inspector. Maggie no está implicada.
– Está esquivando la pregunta, lo cual sugiere que me oculta algo. ¿Algo sobre su hija?
La mujer se encaminó hacia la puerta del invernadero. El espacio era reducido. Su brazo rozó a Lynley cuando pasó, y le habría costado poco esfuerzo detenerla, pero no lo hizo. La siguió fuera. Ella habló antes de que Lynley pudiera lanzar otra pregunta.
– Bajé al sótano. Solo quedaban dos chirivías. Necesitaba más. Eso es todo.
– Guíeme, por favor.
La mujer cruzó el jardín hasta la casa, abrió la puerta de lo que parecía la cocina y sacó una llave del gancho que había nada más entrar. A menos de tres metros de distancia, soltó el candado del sótano y lo subió.
– Un momento -dijo Lynley.
Se agachó y lo subió él mismo. Al igual que la puerta del muro, se movía con bastante facilidad. Y como la puerta, se movía sin ruido. Asintió y bajó los peldaños.
No había electricidad en el sótano. La luz procedía de la puerta y de una única ventana situada al nivel del suelo. Era del tamaño de una caja de zapatos y estaba bloqueada en parte por la paja que cubría las plantas del exterior. El resultado era una cámara húmeda y oscura, de unos dos metros y medio cuadrados. Las paredes eran una mezcla sin terminar de piedra y tierra, al igual que el suelo, aunque alguien se había esforzado por aplanarlo.
La señora Spence señaló una de las cuatro estanterías sujetas con tornillos a la pared más alejada de la luz. Aparte de un montón de cestas, las estanterías era lo único que albergaba la habitación, salvo lo que sostenían. En la de arriba descansaban tres hileras de tarros de conservas, cuyas etiquetas no se podían descifrar a la escasa luz. En la del fondo, se alzaban cinco cubos de hojalata llenos, tres de los cuales contenían patatas, zanahorias y cebollas. Los otros dos no contenían nada.
– No ha repuesto sus provisiones -observó Lynley.
– No me apetece mucho volver a comer chirivía. Y menos silvestre.
Lynley tocó el borde de un cubo. Movió la mano hacia el estante que lo sostenía. No había señales de polvo o falta de uso.
– ¿Por qué tiene cerrada con llave la puerta del sótano? ¿Lo hace siempre?
Como ella no contestó al instante, Lynley se volvió para mirarla. Daba la espalda a la pálida luz de la mañana que entraba por la puerta, de modo que no pudo leer su expresión.
– ¿Señora Spence?
– La tengo cerrada desde octubre.
– ¿Por qué?
– No tiene nada que ver con esto.
– De todos modos, le agradecería que me contestara.
– Ya lo he hecho.
– Señora Spence, ¿nos detenemos a examinar los hechos? Un hombre muere a sus manos. Mantiene relaciones con el agente de policía que investigó la muerte. Si alguno de ustedes piensa…
– Está bien. Lo hago por Maggie, inspector. Quería eliminar un lugar donde pudiera acostarse con su novio. Ya ha utilizado la mansión. Puse fin a aquello. Intenté eliminar las demás posibilidades. Como el sótano me pareció una, lo cerré con llave. No es que haya importado demasiado, como descubrí después.
– ¿Guarda la llave colgada de un gancho en la cocina?
– Sí.
– ¿A plena vista?
– Sí.
– ¿Donde ella pueda cogerla?
– Donde yo pueda cogerla también. -Pasó una mano impaciente por su cabello-. Por favor, inspector. Usted no conoce a mi hija. Maggie intenta ser buena. Creyó que ya había sido bastante mala. Me dio su palabra de que no volvería a acostarse con Nick Ware, y yo dije que la ayudaría a cumplir su promesa. El candado bastó para que se mantuviera alejada.
– No estaba pensando en Maggie y el sexo -contestó Lynley. Vio que la mujer desviaba la vista hacia los estantes que había detrás de él. Adivinó qué estaba mirando, sobre todo porque no permitió que sus ojos se posaran sobre ello más de un solo instante-. Cuando sale, ¿cierra las puertas con llave?
– Sí.
– ¿Cuando está en el invernadero? ¿Cuándo va a inspeccionar la mansión? ¿Cuando se marcha a buscar chirivías silvestres?
– No, pero es que tardo poco en volver. Además, sabría si alguien estuviera al acecho.
– ¿Coge su bolso, las llaves del coche, las llaves de la casa, la llave del sótano?
– No.
– Por lo tanto, no cerró con llave cuando salió a buscar chirivías el día que el señor Sage murió.
– No, pero sé hacia dónde apunta y no le va a funcionar. La gente no puede entrar y salir de aquí sin que yo lo sepa. No sucede, así de sencillo. Es como un sexto sentido. Siempre que Maggie se reúne con Nick, lo sé.
– Sí, claro. Haga el favor de enseñarme dónde encontró la cicuta, señora Spence.
– Ya le dije que pensé…
– Que era chirivía silvestre, sí.
Ella vaciló, con una mano levantada como si quisiera aclarar un punto. Dejó caer las dos.
– Por aquí -dijo en voz baja.
Salieron por la puerta. Al otro lado del patio, tres obreros estaban tomando café en el suelo del camión abierto. Habían dejado los termos sobre una pila de madera. Utilizaban otra como asiento. Contemplaron a Lynley y a la señora Spence con evidente curiosidad. Estaba claro que aquella visita atizaría los fuegos de las habladurías antes de que terminara el día.
Ahora que gozaba de mejor luz, Lynley dedicó unos instantes a examinar a la señora Spence mientras cruzaban el patio y rodeaban el ala este de la mansión. Parpadeaba velozmente, como si intentara eliminar hollín de los ojos, pero el cuello de su jersey revelaba la tensión de los músculos de su cuello. Comprendió que intentaba contener las lágrimas.