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– La cicuta, señora Spence. Como ahora.

– Tuvo que ser una sola raíz. En caso contrario, me habría fijado. Lo habría visto.

– Hábleme del señor Sage.

La mujer alzó la cabeza, con expresión confusa.

– Vino a casa varias veces. Quería hablar conmigo de la Iglesia. Y de Maggie.

– ¿Por qué de Maggie?

– Ella le apreciaba. El se tomaba interés por ella.

– ¿Qué clase de interés?

– Sabía que ella y yo teníamos problemas. ¿Qué madre e hija no los tienen? Quería mediar entre nosotras.

– ¿Se opuso usted?

– No me gustaba mucho sentirme inadecuada como madre, si se refiere a eso, pero le dejé venir. Y le dejé hablar. Maggie quería que yo le viera. Deseaba hacer feliz a Maggie.

– ¿Qué ocurrió la noche de su muerte?

– Lo mismo de siempre. Quería aconsejarme.

– ¿Sobre religión? ¿Sobre Maggie?

– Sobre ambas cosas, en realidad. Quería que ingresara en la iglesia, y quería que le diera permiso a Maggie para lo mismo.

– ¿Eso fue todo?

– No exactamente.

Se secó las manos en el pañuelo desteñido que había sacado del bolsillo de los téjanos. Lo estrujó, lo introdujo en las mangas para que hiciera compañía a los mitones y se estremeció. El jersey era grueso, pero no protegía lo bastante del frío. Al darse cuenta, Lynley decidió proseguir el interrogatorio en aquel mismo lugar. Cuando la mujer había extraído la cicuta, le había proporcionado cierta ventaja, siquiera por un rato. Estaba decidido a usarla y fortalecerla con todos los medios a su alcance. El frío era uno de ellos.

– ¿Entonces?

– Quería hablarme sobre el oficio de madre, inspector. Pensaba que era demasiado severa con mi hija. Creía que cuanto más insistiera en el tema de la castidad, más la azuzaría. Pensaba que, si estaba manteniendo relaciones sexuales, debía tomar precauciones para no quedarse embarazada. Yo pensaba que no debía mantener relaciones sexuales, con precauciones o no. Tiene trece años, apenas es una niña.

– ¿Discutieron?

– ¿Le envenené porque no estaba de acuerdo con mi forma de educarla? -Estaba temblando, pero no de aflicción, pensó Lynley. Aparte de las anteriores lágrimas, que había logrado controlar al cabo de pocos momentos, no parecía el tipo de mujer capaz de expresar angustia en presencia de la policía-. El no tenía hijos. Ni siquiera estaba casado. Una cosa es ofrecer opiniones que han surgido de una experiencia mutua, y otra muy diferente dar consejos basados únicamente en la lectura de textos de psicología y en el ideal glorificado de la vida familiar. ¿Cómo iba a tomarme en serio sus preocupaciones?

– Pese a esto, no discutió con él.

– No. Como ya le he dicho, acepté escucharle. Lo hice por Maggie, porque él la apreciaba. Eso es todo. Yo creía en unas cosas, él en otras. Quería que Maggie utilizara anticonceptivos. Yo quería, en primer lugar, que dejara de complicarse la vida manteniendo relaciones sexuales. Pensaba que no estaba preparada para ello. El opinaba que era demasiado tarde para cambiar su conducta. Disentimos.

– ¿Y Maggie? ¿Qué papel jugaba en su disentimiento?

– No hablamos de ello.

– ¿Lo habló ella con Sage?

– No lo sé.

– Pero eran muy íntimos.

– Ella le apreciaba.

– ¿Le veía a menudo?

– De vez en cuando.

– ¿Con su conocimiento y consentimiento?

La mujer bajó la cabeza. Su pie derecho pateó las hierbas con un movimiento espasmódico.

– Maggie y yo siempre hemos estado muy unidas, hasta que empezó lo de Nick. De modo que ya lo sabía cuando vi al vicario.

La respuesta lo explicaba todo: temor, amor y angustia. Se preguntó si eran inherentes a la condición de madre.

– ¿Qué le dio de cenar aquella noche?

– Cordero, salsa de menta, guisantes, chirivías.

– ¿Qué pasó?

– Hablamos. Se marchó poco después de las nueve.

– ¿Se sentía mal?

– Solo dijo que le esperaba una buena caminata, y como estaba nevando, tenía que irse.

– No se ofreció a acompañarle en coche.

– No me encontraba bien. Pensé que tenía la gripe. Me alegré de que se fuera, francamente.

– ¿Pudo detenerse en algún sitio, camino de casa?

Los ojos de la señora Spence se desviaron hacia la mansión, sobre su cresta de tierra, y luego hacia el robledal. Daba la impresión de que estaba calculando la posibilidad.

– No -dijo con firmeza-. Hay un pabellón, y su ama de llaves, Polly Yarkin, vive allí, pero eso le hubiera exigido desviarse, y no sé qué motivos tendría para visitar a Polly, cuando la veía cada día en la vicaría. Además, es más fácil volver al pueblo por el sendero peatonal. Colin le encontró en el sendero a la mañana siguiente.

– ¿No se le ocurrió telefonearle aquella noche, cuando se encontró mal?

– No relacioné mi estado con la comida. Ya se lo he dicho, pensé que era gripe. Si hubiera mencionado que se encontraba indispuesto antes de marcharse, le hubiera telefoneado, pero como no lo dijo, no establecí la relación.

– Pero murió en el sendero peatonal. ¿Está muy lejos de aquí? ¿Un kilómetro? ¿Menos, quizá? El ataque fue fulminante, ¿no cree?

– Sí.

– Me pregunto cómo es que él murió y usted no.

Ella sostuvo su mirada.

– Lo ignoro.

Lynley le concedió diez segundos de silencio para que apartara la vista de él. Como no lo hizo, asintió por fin y examinó el estanque. Vio que los bordes tenían una sucia película de hielo, similar a una capa de cera, que rodeaba las cañas. Cada noche y día de frío continuado extendería la piel hacia el centro del agua. Cuando estuviera cubierto por completo, el estanque adoptaría el aspecto de la tierra escarchada que lo rodeaba, como una mancha de tierra irregular pero en apariencia inocua. Los cautos la evitarían, al reconocer lo que era. Los inocentes o despistados intentarían atravesarla, romperían su superficie frágil y engañosa, y encontrarían la repugnante agua estancada que disimulaba.

– ¿Cómo sigue la relación entre usted y su hija, señora Spence? -preguntó-. ¿La escucha, ahora que el vicario ha muerto?

La señora Spence sacó los mitones del jersey. Se los calzó, con la clara intención de volver a trabajar.

– Maggie no escucha a nadie -respondió.

Lynley introdujo la cinta en el casete del coche y subió el volumen. Helen habría aplaudido la elección, el Concierto en Si bemol de Haydn, con Wynton Marsalis a la trompeta. Alegre y animoso, con el contrapunto de los violines a las notas puras de la trompeta, era muy diferente de su habitual selección de «rusos tenebrosos. Por Dios, Tommy, ¿no compusieron algo más estimulante para el oyente? ¿Por qué eran tan siniestros? ¿Crees que era debido al clima?». Sonrió al pensar en ella. «Johann Strauss», pediría. «Oh, ya lo sé. Demasiado vulgar para tus gustos refinados. Lleguemos a un compromiso: Mozart.» Y pondría la Pequeña Serenata Nocturna, la única pieza de Mozart que Helen reconocía en todas y cada una de las ocasiones, con el anuncio de que dicha habilidad la ponía a salvo del epíteto «inculta total».

Condujo hacia el sur, fuera del pueblo. Apartó a Helen de sus pensamientos.

Pasó bajo las desnudas ramas de los árboles y se dirigió hacia los páramos, mientras pensaba en uno de los principios básicos de la criminología: siempre existe una relación entre el asesino y la víctima en un asesinato premeditado. No es el caso de los asesinos múltiples, impulsados por pasiones e instintos incomprensibles para la sociedad en que viven. No siempre es el caso en un crimen pasional, cuando el asesinato se gesta en un arranque de cólera, celos, venganza u odio, inesperado, transitorio, pero no por ello menos virulento. Tampoco sucede en las muertes accidentales, cuando las fuerzas de la coincidencia reúnen a víctima y asesino en un momento crucial. Los asesinatos premeditados surgen de una relación. Pasa revista a las relaciones de la víctima, y el asesino aparecerá, tarde o temprano.