Выбрать главу

– Sí, pero no era necesario. Ya lo sabía. -Movió los brazos. Daba la impresión de que se estaba retorciendo las manos a la espalda-. Nick dijo anoche que usted había llegado al pueblo. Le vio en el pub. Dijo que usted querría hablar con todos los buenos amigos del señor Sage.

– Y tú eras uno de ellos, ¿verdad?

La muchacha asintió.

– Es duro perder un amigo.

Ella se limitó a remover los pies, sin contestar. Otra similitud con su madre, por lo visto. Le recordó a la señora Spence cuando arrancaba las hierbas de la terraza con la punta de la bota.

– Ven aquí -dijo-. Yo prefiero sentarme, si no te importa.

Acercó una segunda silla a la ventana, y cuando Maggie se sentó, le miró por fin. Sus ojos azul cielo le contemplaron con franqueza y vacilante curiosidad, pero sin el menor rastro de culpabilidad. Se chupó la parte interna del labio inferior, lo cual acentuó un hoyuelo de su mejilla.

Ahora que la tenía más cerca, reconoció con mayor facilidad a la mujer en ciernes que estaba alterando para siempre la cascara de la niña. Tenía la boca generosa, los pechos redondos, las caderas lo bastante amplias para ser hospitalarias. Era la clase de cuerpo que, al llegar a la madurez, tendría que luchar con el sobrepeso, pero ahora, bajo el sobrio uniforme escolar consistente en falda, blusa y jubón, se veía maduro y preparado. Si era Juliet Spence quien insistía en que Maggie no usara maquillaje y llevara un corte de pelo más adecuado para una niña de diez años, Lynley no pudo culparla.

– No estabas en casa la noche que el señor Sage murió, ¿verdad? -preguntó.

La muchacha negó con la cabeza.

– Pero sí durante el día. Entré y salí. Eran las vacaciones de Navidad.

– ¿No quisiste cenar con el señor Sage? Era amigo tuyo, al fin y al cabo, ¿no es cierto? Me pregunto por qué desechaste la oportunidad.

Cubrió la mano derecha con la izquierda. Las cerró sobre el regazo.

– Era la noche de la reunión mensual -dijo-. Josie, Pam y yo. Pasamos la noche juntas.

– ¿Lo hacéis cada mes?

– En orden alfabético: Josie, Maggie, Pam. Era el turno de Josie. Siempre es el más divertido, porque si no tienen lleno, la mamá de Josie nos deja elegir la habitación del hostal que más nos guste. Escogimos la habitación de la claraboya. Está bajo el tejado. Estaba nevando y nos pusimos a mirar cómo se posaba sobre el cristal. -Estaba sentada muy tiesa, con los tobillos cruzados. Mechas de cabellos bermejos que escapaban del prendedor se rizaban sobre sus mejillas y frente-. Dormir en casa de Pam es lo peor, porque nos toca dormir en la sala de estar. Es por sus hermanos. Ocupan el dormitorio de arriba. Son gemelos. A Pam no le caen muy bien. Considera impresentable que sus papas tuvieran más hijos a su edad. Tienen cuarenta y dos años. Pam dice que le da escalofríos pensar en sus papas así, pero yo creo que son muy majos. Los gemelos, quiero decir.

– ¿Cómo organizáis las reuniones?

– Pues así, sin más.

– ¿Sin un plan?

– Bueno, sabemos que es el tercer viernes de mes, y seguimos el alfabeto, como ya he dicho. Josie-Maggie-Pam. Pam es la siguiente. Este mes tocó en mi casa. Yo pensaba que sus mamas no las dejarían dormir conmigo esta vez, pero al final sí.

– ¿Estabas preocupada por la encuesta?

– Ya había acabado, pero la gente del pueblo…

Miró por la ventana. Dos cornejas de cuello gris habían aterrizado sobre el antepecho y picoteaban furiosamente tres migas de pan; cada pájaro intentaba expulsar al otro de su base, con el fin de reclamar la miga restante.

– A la señora Crone le gusta dar de comer a los pájaros. Tiene como una gran jaula en el jardín, donde cría pinzones, y siempre deja semillas o lo que sea para que coman en el antepecho de la ventana. Creo que está bien, aunque los pájaros se pelean por la comida. ¿Se ha fijado alguna vez? Siempre actúan como si no tuvieran suficiente. No sé por qué.

– ¿Y la gente del pueblo?

– Me he dado cuenta de que, a veces, me miran. Dejan de hablar cuando paso, pero las mamas de Josie y Pam no lo hacen. -Olvidó los pájaros y le dedicó una sonrisa. El hoyuelo dotó a su cara de un aspecto desproporcionado y simpático-. La primavera pasada dormimos en la mansión. Mamá nos dio permiso, siempre que no tocáramos nada. Nos llevamos sacos de dormir y nos acomodamos en el comedor. Pam quería subir al piso de arriba, pero Josie y yo tuvimos miedo de ver al fantasma, así que Pam subió la escalera con una linterna y durmió sola en el ala oeste. Solo que después descubrimos que no estaba sola. A Josie no le hizo mucha gracia. Dijo que era solo para nosotras, Pamela. No se permiten hombres. Pam dijo, estás celosa, porque nunca has estado con un hombre, ¿verdad? Josie dijo, me he acostado con montones de hombres, señorita Folla-A-Destajo, lo cual no era cierto, y tuvieron tal pelea que Pam no volvió a dormir con nosotras durante los dos meses siguientes. Pero luego volvió.

– ¿Todas vuestras mamas saben la noche que dormís juntas?

– El tercer viernes de mes. Todo el mundo lo sabe.

– ¿Sabías que te ibas a perder la cena con el vicario si ibas a casa de Josie en diciembre?

La muchacha asintió.

– Pensé que quería ver a mamá a solas.

– ¿Por qué?

Movió el pulgar sobre la manga del jubón, que se arrugó sobre la blusa blanca.

– El señor Shepherd lo prefiere, ¿no? De modo que pensé que sería lo mismo.

– ¿Pensaste o confiaste?

Ella le miró con gran serenidad.

– El señor Sage había venido otras veces. Mamá me envió a casa de Josie, por eso pensé que tenía algún interés. Mamá y él hablaron. Después, el vicario volvió. Pensé que, si mamá le gustaba, lo mejor era desaparecer, pero después descubrí que mamá no le gustaba. Ni él a ella.

Lynley frunció el ceño. Una pequeña alarma se disparó en su cabeza. El sonido no le gustó.

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno, no hicieron nada, al contrario que el señor Shepherd y ella.

– Solo se habían visto unas cuantas veces, ¿no?

Maggie asintió.

– Pero él nunca hablaba de mamá cuando nos veíamos, y nunca me hacía preguntas sobre ella, como habría sido el caso si le gustara.

– ¿De qué hablaba?

– Le gustaban las películas y los libros. Hablaba de eso, y de la Biblia. A veces, me leía historias de la Biblia. Le gustaba aquella de los viejos escondidos detrás de unos matorrales que miraban a una mujer bañarse. Los viejos estaban escondidos en los matorrales, no la mujer. Querían tener relaciones sexuales con ella porque era muy joven y bonita, y aunque eran viejos, aún sentían deseos. El señor Sage lo explicó. Le gustaba.

– ¿Qué más cosas te explicaba?

– Hablaba mucho de mí, como qué sentía… -Retorció la muñeca de la bata-. Bueno, nada importante.

– ¿Con tu novio, cuando te acostabas con él?

La muchacha bajó la cabeza y se concentró en la bata. Su estómago gruñó.

– Hambre -musitó, sin levantar la vista.

– El vicario y tú debíais ser muy íntimos.

– Él decía que no era malo lo que yo sentía por Nick. Decía que el deseo era algo natural. Decía que todo el mundo lo sentía. Incluso él.

De nuevo, la alarma insidiosa. Lynley observó a la muchacha con atención y trató de descifrar cada palabra que pronunciaba, preguntándose cuánto callaba.

– ¿Dónde sostenías esas conversaciones, Maggie?

– En la vicaría. Polly preparaba el té y lo llevaba al estudio. Comíamos galletas Jaffa y hablábamos.

– ¿Solos?

La muchacha asintió.

– A Polly no le gustaba mucho hablar de la Biblia. No va a la iglesia. Nosotras tampoco, por supuesto.

– Pero él hablaba de la Biblia contigo.

– Porque éramos amigos, sobre todo. Decía que se puede hablar de todo con los amigos. Sabes que son tus amigos porque te escuchan.

– Tú le escuchabas. Él te escuchaba. Vuestra relación era especial.