– Éramos amigos. -Maggie sonrió-. Josie decía que el vicario me quería más que a nadie en la parroquia, sin ni siquiera ir a la iglesia. Estaba dolida. Decía, ¿por qué quiere que tú le acompañes a tomar el té y a pasear por los páramos, Maggie Spence? Yo contesté que se sentía solo y yo era su amiga.
– ¿Te dijo él que se sentía solo?
– No fue necesario. Yo lo sabía. Siempre se alegraba cuando me veía. Siempre me daba un abrazo cuando me iba. Le gustaba abrazar.
– Y a ti te gustaban sus abrazos.
– Sí.
Lynley paró un momento para reflexionar sobre la mejor forma de abordar el tema sin despertar sus recelos. El señor Sage había sido su amigo, el compañero en quien confiaba. Lo que hubieran compartido debía ser sagrado para la muchacha.
– Es bonito que te abracen -dijo en tono ligero-. Hay pocas cosas más agradables, si quieres saber mi opinión.
Lynley adivinó que le estaba observando, y se preguntó si intuía sus vacilaciones. Aquel tipo de interrogatorio no era su fuerte. Requería la habilidad quirúrgica de un psicólogo, que hincara su escalpelo en el miedo y los tabúes. Sabía que avanzaba por un terreno peligroso, lo cual no le hacía nada feliz.
– A veces, los amigos tienen secretos, Maggie, cosas que saben de cada uno, cosas que dicen, cosas que hacen. A veces, el vínculo de su amistad se establece a partir de los secretos y promesas que comparten. ¿Era así entre el señor Sage y tú?
Maggie guardó silencio. Observó que había vuelto a chuparse la parte interna del labio inferior. Un poco de barro, desprendido de la suela de un zapato, había caído al suelo. Durante sus inquietos movimientos en la silla, había aplastado el barro sobre la alfombra Axminster. Seguro que a la señora Crone no le haría ninguna gracia.
– ¿Las promesas o los secretos constituían una preocupación para tu madre, Maggie?
– El vicario me quería más que a nadie.
– ¿Tu madre lo sabía?
– El señor Sage quería que ingresara en el club social. Dijo que hablaría con mamá para que me diera permiso. Estaban preparando una excursión a Londres. Me pidió que fuera. También iban a celebrar una fiesta de Navidad. Dijo que mamá me daría permiso. Hablaron por teléfono.
– ¿El día que murió?
Fue una pregunta demasiado rápida. La muchacha parpadeó, nerviosa.
– Mamá no hizo nada. Mamá no le haría daño a nadie.
– ¿Le invitó a cenar aquella noche, Maggie?
La chica meneó la cabeza.
– Mamá no me lo dijo.
– ¿No le invitó?
– No me lo dijo.
– Pero sí que iba a venir.
Maggie meditó la respuesta. Lynley lo adivinó, por la forma en que bajó los ojos hacia el pecho. La respuesta era innecesaria.
– ¿Cómo sabías que iba a venir, si ella no te lo dijo?
– Telefoneó. Escuché.
– ¿Qué oíste?
– Era sobre el club social, la fiesta, ya lo he dicho. Mamá parecía enfadada. «No tengo la menor intención de dejarla ir. Es inútil seguir discutiendo.» Eso dijo. Después, él contestó. Habló un rato, y mamá dijo por fin que fuera a cenar y hablarían. De todos modos, pensé que no iba a cambiar de opinión.
– ¿Aquella misma noche?
– El señor Sage siempre decía que había que golpear en caliente. -Frunció el ceño con aire pensativo-. Algo por el estilo. Nunca aceptaba que una negativa fuera definitiva. El sabía que yo quería ingresar en el club. Pensaba que era importante.
– ¿Quién dirige el club?
– Nadie, ahora que el señor Sage ha muerto.
– ¿Quiénes son los miembros?
– Pam y Josie. Chicas del pueblo, y otras de las granjas.
– ¿Ningún chico?
– Solo dos. -Arrugó la nariz-. Los chicos se resistían a ingresar. «Pero al final les ganaremos», dijo el señor Sage. «Juntaremos las cabezas y fraguaremos un plan.» Por eso quería, en parte, que ingresara en el club.
– ¿Para poder juntar las cabezas? -preguntó con indiferencia Lynley.
La muchacha no reaccionó.
– Para que Nick ingresara, porque si él ingresaba, estaba seguro, los demás le imitarían. El señor Sage lo sabía. El señor Sage lo sabía todo.
Regla Uno: confía en tu intuición.
Regla Dos: apóyala con los hechos.
Regla Tres: efectúa una detención.
La Regla Cuatro tenía algo que ver con el problema de si un oficial de la ley debía orinar después de consumir cuatro pintas de Guinness, una vez concluido el caso, y la Regla Cinco se refería a la única actividad recomendada como forma de celebración después de entregar el culpable a la justicia. El inspector detective Angus MacPherson había entregado las reglas, impresas en tarjetas de un rosa subido, acompañadas de ilustraciones apropiadas, en el curso de una reunión celebrada en New Scotland Yard, y mientras la cuarta y quinta reglas habían provocado la hilaridad general y comentarios obscenos, Lynley había recortado las otras tres mientras esperaba que alguien se pusiera al teléfono. Las utilizaba como punto de libro. Las consideraba un complemento de las Leyes Penales.
La deducción intuitiva de que Maggie jugaba un papel fundamental en la muerte del señor Sage había conducido a Lynley hasta la escuela secundaria de Clitheroe. La chica no había dicho nada durante la conversación que hubiera desalentado su convicción.
Un hombre maduro y solitario, y una muchacha a punto de convertirse en mujer constituían una combinación delicada, pese a la ostensible rectitud del hombre y la evidente ingenuidad de la muchacha. Si remover en las cenizas de la muerte de Robin Sage revelaba una meticulosa fórmula para seducir a la joven, Lynley no se llevaría ninguna sorpresa. No era la primera vez que el abuso de menores iba disfrazado de amistad y santidad. Ni sería la última. El hecho de que la violación tuviera como objeto a una niña formaba parte de su insidiosa fascinación. En este caso, como la niña ya se había abierto a la sexualidad, era fácil hacer caso omiso de cualquier sentimiento de culpabilidad.
Maggie estaba ansiosa de amistad y aprobación. Anhelaba el calor del contacto. ¿Qué mejor alimento podía satisfacer los meros deseos físicos de un hombre? No era necesario que Robin Sage abrigara ansias de dominio, ni que la situación fuera una demostración de su incapacidad de forjar o mantener una relación adulta. Podía tratarse de pura y simple tentación humana. Le gustaba abrazar, como Maggie había dicho. Era una niña que anhelaba abrazos. Que fuera bastante más que una niña tal vez habría constituido una sorpresa para el vicario.
Y después, ¿qué?, se preguntó Lynley. ¿Una erección y el fracaso de Sage por controlarla? ¿El deseo irrefrenable de arrancar ropa y dejar al descubierto piel desnuda? ¿Aquellos dos traidores a la indiferencia, la pasión y la sangre, que latían en las ingles y exigían acción? Por no mencionar aquel astuto susurro en el fondo de la mente: ¿qué más da, si ya lo está haciendo?, no es inocente, no estás seduciendo a una virgen, si no le gusta, te dirá que pares, abrázala fuerte para que pueda sentirte y comprender, acaricia sus pechos con rapidez, desliza una mano entre sus muslos, cuéntale lo agradable que es abrazarse, solos los dos, Maggie, nuestro secreto especial, mi mejor amiguita…
Todo habría podido ocurrir en el plazo de breves semanas. Maggie estaba enfrentada con su madre: necesitaba un amigo.
Lynley sacó el Bentley a la calle, condujo hasta la esquina y giró para dirigirse hacia el centro de la ciudad. Era posible, pensó, pero también cualquier otra cosa. El tiempo se le echaba encima. La Regla Uno era crucial, sin duda, pero no podía eclipsar a la Regla Dos.
Se puso a buscar un teléfono.
15
Cerca de la cumbre de Cotes Fell, desde más arriba de la piedra erguida que llamaban Gran Norte, Colin Shepherd comprobó lo que aún no había añadido a las circunstancias recogidas sobre la muerte de Robin Sage: cuando la niebla se disipaba o el viento la empujaba, se podían ver con toda claridad los terrenos de Cotes Hall, sobre todo en invierno, cuando los árboles habían perdido las hojas. Unos metros más abajo, apoyado contra la piedra para fumar o descansar, solo se podía ver el tejado de la vieja mansión, con su batiburrillo de chimeneas, buhardillas y veletas, pero bastaba con subir un poco más hasta la cumbre y sentarse en el refugio que proporcionaba aquel afloramiento de piedra caliza, que se curvaba como el signo de interrogación de una pregunta que nadie formulaba, para verlo todo, desde la mansión en sí, en toda su siniestra decrepitud, hasta el patio que la rodeaba por tres lados, desde los terrenos que se alejaban de ella, reclamados por la naturaleza, hasta los edificios exteriores que debían servir a sus necesidades. Entre estos últimos se contaba la casa, y Colin había visto al inspector Lynley entrar en el jardín de la casa.