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Mientras Leo corría de un punto de interés canino a otro en la cumbre de la montaña, guiado por su nariz en una jubilosa exploración de olores, Colin siguió los movimientos de Lynley a través del jardín hasta que entró en el invernadero, mientras se maravillaba de la excelente vista de que gozaba. Desde abajo, la niebla semejaba una muralla sólida, impenetrable a la visión e inmóvil por completo. Sin embargo, desde las alturas, lo que parecía opaco e impenetrable revelaba su sustancia deshilachada. Hacía frío y humedad, pero, por lo demás, no existían otros inconvenientes.

Lo observó todo, contó los minutos que pasaron en el invernadero, tomó nota de la exploración llevada a cabo en el sótano. Archivó el dato de que no cerraron con llave la puerta de la cocina cuando cruzaron los terrenos, al igual que no se había cerrado con llave mientras Juliet trabajaba en la soledad del invernadero y cuando la abrió para coger la llave del sótano. Vio que se detenían a conversar en la terraza, y cuando Juliet señaló hacia el estanque, adivinó lo que seguiría a continuación.

Mientras tanto, también pudo oír, no la conversación, sino el sonido de la música. Incluso cuando una repentina ráfaga de viento alteró la densidad de la niebla, oyó el ritmo de la marcha.

Cualquiera que se tomara la molestia de subir a Cotes Fell conocería las idas y venidas en la mansión y la casa. Ni siquiera era necesario correr el riesgo de adentrarse en la propiedad de los Townley-Young. La excursión a la cumbre se efectuaba mediante un sendero público, al fin y al cabo. Mientras la subida era empinada en algunas ocasiones, sobre todo en el último tramo, tras rebasar el Gran Norte, no era suficiente para entibiar los ánimos de los nacidos y criados en Lancashire, ni de una mujer acostumbrada al ascenso.

Cuando Lynley dio vuelta a su monstruoso coche y salió del patio, con la intención de regresar por los baches y el barro que mantenían alejados a casi todos los visitantes, Colin se encaminó hacia el afloramiento de piedra caliza en forma de señal de interrogación. Se agachó, recogió con aire pensativo un puñado de guijarros y lo dejó caer sobre la tierra. Leo se acercó a él, no sin dedicar al exterior del afloramiento un completo examen olfativo y provocar un minidesprendimiento de esquisto. Colin extrajo del bolsillo de la chaqueta una pelota de tenis masticada. La agitó de un lado a otro ante el morro de Leo, la tiró hacia la niebla y vio que el perro salía alegre en su persecución. Se movía con perfecta seguridad. Dominaba su trabajo y lo ejecutaba sin la menor dificultad.

A escasa distancia del afloramiento, Colin distinguió una cicatriz de tierra que marcaba el límite de la hierba autóctona de los páramos y laderas. Formaba un círculo de unos tres metros de diámetro, y su circunferencia estaba delineada mediante piedras separadas por unos treinta centímetros de distancia. Un rectángulo de granito descansaba en el centro del círculo, y no necesitó acercarse a examinarlo para saber que albergaba los restos de cera derretida, las marcas dejadas por un caldero de hierro y el claro dibujo de una estrella de cinco puntas.

No constituía un secreto para nadie del pueblo que la cumbre de Cotes Fell era un lugar sagrado. Así lo proclamaba el Gran Norte, que poseía desde hacía mucho tiempo la fama de proporcionar respuestas psíquicas a las preguntas, si quien las formulaba preguntaba y escuchaba con un corazón puro y una mente receptiva. Algunos consideraban el extraño afloramiento de piedra caliza un símbolo de fertilidad, el estómago de una madre, henchido de vida. Y su florón de granito, tan parecido a un altar que no era fácil desechar las similitudes, había sido definido como peculiaridad geológica en las primeras décadas del siglo pasado. Por lo tanto, se trataba de un lugar donde perduraban las viejas costumbres.

Los Yarkin habían sido destacados practicantes del Arte y adoradores de la Diosa desde tiempos inmemoriales. Nunca lo habían ocultado. Se entregaban a los cánticos, rituales, hechizos y encantamientos con una devoción que les había granjeado, si no el respeto, al menos el máximo grado de tolerancia que cabía esperar de unos aldeanos cuyas vidas restringidas y experiencia limitada solían impulsar a una tendencia conservadora hacia Dios, la monarquía, la patria, y nada más. No obstante, en tiempos de desesperación, era frecuente dar la bienvenida a cualquiera que tuviera influencia con el Todopoderoso. Por lo tanto, si un niño querido caía víctima de una dolencia, si las ovejas enfermaban, si un soldado era destinado a Irlanda del Norte, nadie rechazaba la oferta de Rita o Polly Yarkin de trazar el círculo y suplicar a la Diosa. Al fin y al cabo, ¿quién sabía en realidad qué deidad escuchaba? ¿Por qué no acudir a todas las posibilidades religiosas, abarcar cada una de las bases sobrenaturales y esperar lo mejor?

Hasta él había caído en la tentación, una y otra vez, cuando permitía que Polly subiera a la colina por el bien de Annie. Vestía una túnica dorada. Llevaba ramas de laurel en una cesta. Las quemaba junto con clavos de especia para producir incienso. Mediante un alfabeto que él no sabía leer, y en cuya realidad tampoco creía, grababa su petición en una gruesa vela naranja y la encendía; suplicaba un milagro, le explicaba que todo era posible si el corazón de la bruja era puro. A fin de cuentas, ¿acaso no tenía cuarenta y nueve años la madre de Nick Ware cuando le dio a luz? ¿No había concedido el señor Townley-Young una pensión a los hombres que trabajaban en sus granjas? ¿No se había construido el embalse de Fork y proporcionado nuevos puestos de trabajo al condado? Aquellas eran las dádivas de la Diosa, decía Polly.

Nunca permitía que Colin contemplara un ritual. Al fin y al cabo, no era un practicante, ni tampoco un iniciado. Algunas cosas no podían permitirse, afirmaba. En honor a la verdad, Colin ignoraba qué hacía la joven cuando llegaba a la cumbre de la colina. Ni siquiera la había oído formular una petición.

Sin embargo, desde lo alto de la colina, Polly podía ver Cotes Hall, y Colin sabía que seguía practicando el Arte, a juzgar por las marcas de cera en el altar de granito. Podía observar todo cuanto sucedía en el patio, la propiedad y el jardín de la casa. Tomaría nota de todas las idas y venidas, y aunque alguien se dirigiera hacia la casa por el bosque, le vería.

Colin se levantó y llamó a Leo con un silbido. El perro salió correteando de la niebla. Llevaba la pelota de tenis en la boca y la dejó caer a los pies de Colin, con el morro a escasos centímetros, dispuesto a cogerla en cuanto su amo extendiera la mano hacia ella. Colin jugó con el perdiguero un rato, divertido por la artificialidad de los gruñidos protectores del perro. Por fin, Leo soltó la pelota, retrocedió unos pasos y esperó a que su amo la tirara. Colin la arrojó en dirección a la mansión, y contempló al animal cuando corrió en su persecución.

Colin le siguió con parsimonia, sin apartarse del sendero. Se detuvo junto al Gran Norte y apoyó la mano sobre la piedra. Notó el veloz mordisco del frío, que los ancianos habrían llamado el poder mágico de la roca.