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– ¿Lo hizo? -preguntó, y cerró los ojos para aguardar la respuesta. La sintió en los dedos. «Sí… Sí…»

La bajada no era muy pronunciada. La senda estaba helada, pero no imposible. Tantos pies la habían hollado a lo largo de los siglos que la hierba, resbaladiza a causa de la escarcha en otras zonas, se confundía con la tierra y las piedras. La fricción contra las suelas de los zapatos eliminaba el peligro. Cualquiera podía subir a Cotes Fell. Cualquiera podía recorrer la senda con niebla. Cualquiera podía recorrerla de noche.

Describía tres zigzagues, de modo que el panorama cambiaba sin cesar. La vista de la mansión se transformaba en la del valle, con Skelshaw Farm a lo lejos. Un momento después, la panorámica de Skelshaw Farm daba paso a la iglesia y las casas de Winslough. Por fin, cuando la pendiente enlazaba con el prado situado al pie de la colina, el sendero bordeaba el perímetro de Cotes Hall.

Colin se detuvo en aquel punto. No había escalera en el muro de piedra seca que permitiera a un excursionista acceder con facilidad a la mansión, pero como muchas zonas descuidadas del campo, el muro estaba bastante deteriorado. Crecían zarzas en algunos sectores. Otros presentaban enormes boquetes, donde se amontonaban pirámides de basura. No costaría mucho pasar por la hendidura. Colin lo hizo, y silbó al perro para que le siguiera.

La tierra se hundía por segunda vez, en una pendiente gradual que terminaba en el estanque, a unos veinte metros de distancia. Cuando llegó, Colin miró hacia atrás. Solo podía ver hasta el Gran Norte. La niebla y el cielo eran monocromos, y la escarcha que cubría la tierra impedía los contrastes. Desaparecían sin necesidad de ocultarse. Un observador no habría podido pedir más.

Rodeó el estanque, seguido de Leo. Se acuclilló para examinar la raíz que Juliet había arrancado. Frotó la superficie, dejó la piel de un marfil sucio al descubierto, y hundió la uña del pulgar en el tallo. Brotó un tenue reguero aceitoso, de la anchura de un alfiler. «Sí… Sí.»

La tiró al centro del estanque y vio cómo se hundía. El agua onduló en círculos cada vez más grandes que lamieron los bordes del hielo sucio.

– No, Leo -dijo, cuando la reacción instintiva del perro le acercó demasiado a la orilla del agua. Cogió la pelota de tenis, la lanzó hacia el terraplén y el perro corrió tras ella.

Juliet habría vuelto ya al invernadero. La había visto regresar cuando Lynley se marchó, y sabía que estaría buscando el alivio que surgía de cuidar las macetas, podar y trabajar en sus plantas. Pensó en ir a verla. Experimentó la necesidad de revelarle lo que había averiguado, pero Juliet no querría escucharle. Protestaría, consideraría repugnante la idea. En lugar de cruzar el patio y entrar en el jardín, siguió por la senda. Cuando llegó a la primera hendidura del espliego que ejercía de frontera, se deslizó por ella con el perro y salió al bosque.

Una caminata de quince minutos le condujo a la parte posterior del pabellón. No tenía jardín, sino una extensión de tierra despejada que albergaba hierba, barro y un anémico ciprés italiano, cuyo aspecto sugería que anhelaba el trasplante. Se inclinaba hacia la única dependencia del pabellón, un cobertizo destartalado de techo agrietado.

La puerta carecía de cerradura, pomo o asa; tan solo contaba con una argolla, superviviente del descuido y las vicisitudes del clima. Cuando la empujó, un gozne se desprendió del marco, cayeron tornillos de la madera podrida, y la puerta se encajó en una estrecha depresión de la tierra húmeda, como si fuera su lugar natural. El resquicio resultante era lo bastante amplio para que pudiera pasar.

Esperó a que sus ojos se adaptaran al cambio de luz. No había ventanas, solo la luz grisácea del día, que se filtraba por las paredes y la puerta. Oyó que el perro olfateaba la base del ciprés. En el interior, solo oyó el ruido de su respiración, amplificada cuando rebotó en la pared opuesta.

Empezaron a tomar cuerpo formas. Lo que al principio era una plancha de madera que le llegaba a la cintura, cubierta por una peculiar variedad de otras formas, se convirtió en una mesa de trabajo sobre la que descansaban botes cerrados de pintura, entre los cuales yacían pinceles acartonados, rodillos petrificados y una pila de bandejas de aluminio. También había dos cajas de clavos y un tarro volcado, que había desparramado tornillos, tuercas y pernos. Todo estaba cubierto por una década de mugre, como mínimo.

Una telaraña colgaba entre dos botes de pintura. Tembló con sus movimientos, pero no había araña al acecho en su centro. Colin la atravesó con la mano y notó el roce fantasmal de los hilos sobre su piel. No dejaron huellas del mucílago producido para atrapar insectos voladores. El solitario arquitecto de la telaraña había emigrado mucho tiempo antes.

Daba igual. Se podía entrar en el cobertizo sin alterar su apariencia de desuso y su atmósfera decadente. Él lo había hecho.

Paseó la vista por las paredes, donde herramientas y útiles de jardinería colgaban de clavos: una sierra oxidada, una azada, dos palas y una escoba desmochada. Debajo, se retorcía una manguera verde. En el centro, se alzaba un cubo mellado. Colin examinó su interior. El cubo solo contenía un par de guantes de jardinería, con el pulgar y el índice de la mano derecha agujereados. Eran grandes, de hombre. Se amoldaban a sus manos. En el fondo del cubo, el metal brilló a la luz. Devolvió los guantes a su lugar y reanudó la búsqueda.

Un saco de semillas de césped, otro de fertilizante y un tercero de turba estaban apoyados contra una carretilla negra, que estaba colocada verticalmente en la esquina más alejada. Apartó los sacos y la carretilla para inspeccionar la pared. Una pequeña caja de madera llena de andrajos desprendía un tenue olor a roedores. Volcó la caja, vio que dos diminutos animales buscaban refugio bajo el banco de trabajo y removió los andrajos con la punta de la bota. No encontró nada, pero la carretilla y los sacos se veían tan inalterados como los demás objetos del cobertizo, lo cual no le sorprendió, pero acicateó sus pensamientos.

Había dos posibilidades, y les dio vueltas en la cabeza mientras devolvía todo a su lugar. Una se desprendía de la inconfundible ausencia de herramientas pequeñas. No había visto martillos para los clavos, destornilladores para los tornillos, ni llaves inglesas para las tuercas y pernos. Más aún, no había visto desplantadores ni extirpadores, pese a la presencia de rastrillo, azada y palas. Desembarazarse del desplantador o el extirpador habría resultado demasiado descarado, desde luego, pero desembarazarse de ambos era muy astuto.

La segunda posibilidad consistía en que no hubiera herramientas pequeñas desde un principio, que el señor Yarkin, desaparecido mucho tiempo atrás, se las hubiera llevado consigo, en su apresurada huida de Winslough, veinticinco años antes. Habrían constituido un extraño complemento de su equipaje, sin duda, pero quizá las necesitaba para su trabajo. ¿Qué era?, intentó recordar Colin. ¿Carpintero? ¿Por qué dejó la sierra, en ese caso?

Amplió el campo de sus elucubraciones. Si no había herramientas pequeñas en el pabellón, a ella no le habría costado mucho pedir prestadas las que necesitaba. Habría sabido dónde obtenerlas, puesto que habría podido aguardar el momento desde su puesto de vigilancia en Cotes Fell. Hasta habría podido esperar la ocasión en el pabellón. Al fin y al cabo, estaba asentado en el límite de la propiedad. Habría oído el ruido de un coche al pasar, y un rápido desplazamiento hasta la ventana habría revelado quién conducía.

Era lo más sensato. Aunque contara con sus propias herramientas, ¿para qué iba a correr el riesgo de utilizarlas, cuando podía coger las de Juliet y devolverlas después a su sitio, sin que nadie se enterara? Habría tenido que entrar en el jardín para llegar al sótano. Sí, así fue. Tenía el móvil, los medios y la oportunidad, y pese a que Colin notó que la certeza aceleraba su pulso, sabía que necesitaba pruebas más sólidas en qué basar sus sospechas.