– Vaya, una idea excelente, señor agente.
– ¿Tiene herramientas?
– Las habrá en algún sitio.
Extendió el brazo derecho con languidez y examinó sin interés aparente su mano.
– ¿Dónde?
– No lo sé, amor.
– ¿Y Polly?
La mujer agitó la mano.
– ¿Ella las utiliza, Rita?
– Tal vez sí, tal vez no. Da la impresión de que no tengamos mucho interés en la mejora de la casa, ¿verdad?
– Es muy típico, diría yo. Cuando las mujeres no tienen a un hombre en casa durante un largo período de tiempo…
– No me refería a Polly y a mí, sino a usted y yo. ¿O forma parte de su trabajo en los últimos tiempos colarse por jardines traseros, husmear en cobertizos y ofrecerse a repararlos a damas indefensas?
– Somos viejos amigos. Me encantaría ayudarlas.
La mujer estalló en carcajadas.
– Apuesto a que sí. Encantado como un carnero en celo, señor agente, de prestar su ayuda. Apuesto a que si se lo pregunto a Polly, me dirá que se ha dejado caer por aquí una o dos veces a la semana desde hace años, con la intención de ayudarla en sus tareas.
Posó la mano izquierda sobre la mesa y cogió la laca.
La tetera empezó a hervir: Colin fue a buscarla. Rita ya había preparado dos tazas gruesas para el agua. En el fondo de cada una se veía un montoncito de lo que aparentaban ser cristales de café instantáneo. Una taza ya había sido utilizada, a juzgar por la mancha de lápiz de labios. La otra, decorada con la palabra Piscis, sobre la cual nadaba un pez verde plateado en una corriente de barniz azul agrietado, debía ser para él. Vaciló un instante antes de verter el agua, e inclinó la taza hacia él para examinarla, lo más subrepticiamente posible.
Rita le guiñó el ojo.
– Adelante, corazón. Arriésguese un poquito. Todos hemos de hacerlo alguna vez, ¿no?
Rió y agachó la cabeza para seguir pintándose las uñas.
Colin vertió el agua. Solo había una cuchara sobre la mesa, ya utilizada, a juzgar por su aspecto. Su estómago se revolvió al pensar que debería introducirla en el agua, pero supuso que el agua hirviente actuaría como agente esterilizante, la hundió con rapidez y le dio unas cuantas vueltas veloces. Bebió. Era café, sin duda.
– Voy a buscar esas herramientas -dijo, y se llevó la taza al comedor, donde la dejó sobre la mesa y procuró olvidarla.
– Busque lo que quiera -dijo Rita-. Lo único que ocultamos está debajo de nuestras faldas. Avíseme si desea echarle un vistazo.
La carcajada de la mujer le siguió desde el comedor, donde una apresurada exploración en un aparador reveló un juego de platos y varios manteles que olían a bolas de naftalina. Al pie de la escalera, un estragado revistero contenía copias amarillentas de un periódico londinense. Una rápida ojeada demostró que una de las Yarkin solo había salvado los artículos más suculentos, que versaban sobre bebés de dos cabezas, cadáveres que daban a luz en el interior de ataúdes, niños lobo de los circos y el relato verídico de visitantes extraterrestres en un convento de Southend-on-Sea. Tiró del único cajón y se encontró investigando pequeños pedazos de madera. Reconoció el olor a cedro y pino. Una hoja seguía sujeta al laurel. Le habría costado identificar los demás, pero no sucedería lo mismo a Polly y su madre. Los reconocerían por el color, la densidad y el aroma.
Subió la escalera a toda prisa, sabiendo que Rita pondría fin a su búsqueda en cuanto descubriera el límite de la diversión que le proporcionaba. Miró a derecha e izquierda, calculó las posibilidades que ofrecían un baño y dos dormitorios. Frente a él se alzaba un arcón forrado de piel, sobre el cual descansaba una estatua de bronce rechoncha y carente de todo atractivo, que plasmaba a un ser masculino erecto y cornudo. Al otro lado del pasillo bostezaba un aparador, del que sobresalían mantelerías y diversos objetos. Decimocuarto trabajo de Hércules, pensó. Se dirigía hacia el primer dormitorio cuando Rita le llamó.
No hizo caso, llegó a la puerta y blasfemó. La mujer era una perezosa. Llevaba en el pabellón más de un mes y aún no había deshecho del todo su gigantesca maleta. Lo que no se derramaba de ella estaba tirado en el suelo, sobre el respaldo de dos sillas y al pie de la cama revuelta. Un tocador cercano a la ventana tenía todo el aspecto de haber sido el decorado de una investigación policial. Cosméticos y un muestrario circular de laca para las uñas invadían su superficie, con una impresionante pátina de polvo de tocador extendida sobre todo, como polvo para tomar huellas dactilares. Del pomo de la puerta colgaban collares, y también de los postes de la cama. Varias bufandas serpenteaban sobre el suelo entre zapatos descartados. Cada centímetro de la habitación parecía desprender el olor de Rita: fruta madura a punto de pudrirse, en parte, y mujer de edad necesitada de un baño, por otra.
Llevó a cabo una inspección superficial del tocador. Siguió con el ropero, y después se arrodilló para mirar debajo de la cama. Su único descubrimiento fue que allí se almacenaban rollos de lana, un gato negro de peluche con el lomo arqueado y el pelaje erizado, y «Rita sabe y ve», impreso en una pancarta sujeta a la cola.
Fue al baño. Rita le llamó por segunda vez. Colin no contestó. Revolvió una pila de toallas que descansaba sobre un estante, junto con productos de limpieza, trapos de fregar, dos clases de desinfectantes, la reproducción medio rota de alguna lady Godiva erguida sobre una concha de almeja (se cubría las partes pudendas y su aspecto era tímido) y un sapo de cerámica.
Tenía que haber algo en alguna parte del pabellón. Lo presentía con tanta solidez como poseía el suelo de linóleo verde que pisaba. Si no eran herramientas, sería otra cosa y comprendería su significado.
Abrió el cristal del botiquín y rebuscó entre aspirinas, enjuagues, pasta de dientes y laxantes. Investigó los bolsillos de un albornoz que colgaba detrás de la puerta. Alzó un montón de libros en rústica abandonados sobre la cisterna del retrete, los ojeó y los dejó en el borde de la bañera. Entonces, lo encontró.
Primero, fue el color lo que llamó su atención: una franja color espliego que destacaba contra la pared amarilla del cuarto de baño, encajada detrás de la cisterna para ocultarla a la vista. Un libro, no muy grande, de unos doce por veintidós centímetros, y delgado, con el título borrado del lomo. Utilizó un cepillo de dientes cogido del botiquín para empujar el libro hacia arriba. Cayó al suelo, junto a un trapo de franela enrollado, y por un momento se limitó a leer el título, saboreando la sensación de que sus sospechas se hubieran confirmado.
Magia alquímica: hierbas, especias y plantas.
¿Por qué habría pensado que la prueba sería un desplantador, un extirpador de tres púas o una caja de herramientas? Si ella las hubiera utilizado, si las hubiera tenido, para empezar, habría sido muy sencillo deshacerse de ellas. Enterrarlas en algún lugar de la propiedad, quemarlas en el bosque. Sin embargo, aquel delgado volumen de incriminación revelaba la verdad de lo ocurrido.
Abrió el libro al azar, leyó los títulos de los capítulos, cada vez más seguro. «El potencial mágico de la cosecha», «Planetas y plantas», «Cualidades y aplicaciones de la magia». Sus ojos cayeron sobre las instrucciones de uso. También leyó las advertencias añadidas.
– «Cicuta, cicuta» -murmuraba mientras pasaba las páginas.
Su ansia de información aumentó, y los datos sobre la cicuta aparecieron como si hubieran estado esperando la oportunidad de saciarle. Leyó. Volvió más páginas, leyó de nuevo. Las palabras saltaban a sus ojos, y brillaban como un fluorescente en el cielo nocturno. Por fin, la frase «cuando la luna está llena» le detuvo.
La miró, indefenso ante los recuerdos, y pensó no, no, no. Experimentó rabia, dolor y una opresión en el pecho.