Rita siguió lavando los vasos. Se rompió una uña. Cogió otro vaso.
– Amor y muerte -dijo-. Amor y muerte. Tres veces.
– ¿Qué?
– Su palma. Un único matrimonio, pero amor y muerte tres veces. Muerte. Por todas partes. Usted es un sacerdote de la muerte, señor agente.
– Oh, ya lo creo.
Rita volvió la cabeza, sin dejar de lavar.
– Lo dice su palma, muchachito. Y las líneas no mienten.
16
St. James se había sentido muy desorientado la noche anterior. Tendido en la cama, mientras miraba las estrellas por la claraboya, pensaba en la demencial inutilidad del matrimonio. Conocía bien aquella plasmación cinematográfica de las relaciones, a cámara lenta, la-pareja-corriendo-por-una-playa-desde-lados-opuestos-hasta-encontrarse-en-un-abrazo-apasionado-antes-del-fundido-en-negro, capaz de convencer al romántico oculto en cada persona de que le aguardaba toda una vida de felicidad. También sabía que la realidad demostraba, con despiadada precisión, que si existía algún tipo de felicidad, nunca duraba demasiado, y cuando alguien le abría la puerta, se enfrentaba a la posibilidad de dar paso a la amargura, la irritación, o algún invitado similar que exigiera a gritos sus atenciones. En ocasiones, resultaba muy descorazonador hacer frente a la mezquindad de la vida. Había estado a punto de decidir que la única forma razonable de tratar con una mujer no era en absoluto como cuando Deborah se deslizaba hacia él desde el otro lado de la cama.
– Lo siento -había murmurado su mujer, antes de apoyar la mano sobre su pecho-. Eres mi chico favorito.
Se volvió hacia ella, y Deborah apretó la frente contra su hombro. El posó la mano sobre su nuca y percibió el peso considerable de su cabello, y también la suavidad infantil de su piel.
– Me alegro -susurró a modo de respuesta-, porque tú eres mi chiquilla favorita. Siempre lo has sido, y siempre lo serás.
Oyó que bostezaba.
– Me resulta muy difícil -murmuró Deborah-. Veo el sendero, pero el primer paso me cuesta mucho. Siempre me da problemas.
– La vida es así. Quizá no exista otra forma de aprender.
La acunó. Se dio cuenta de que el sueño se estaba apoderando de ella. Experimentó el deseo de reanimarla, pero besó su frente y la soltó.
No obstante, durante el desayuno, había mantenido la cautela, diciéndole que, aunque era su Deborah, también era una mujer, más veleidosa que la mayoría. En parte, lo que más disfrutaba de su vida en común era lo inesperado. El editorial de un periódico que insinuara la posibilidad de que la policía hubiera inventado una acusación contra un sospechoso de pertenecer al IRA bastaba para que Deborah montara en cólera y decidiera organizar una odisea fotográfica hasta Belfast o Derry para «averiguar la verdad, por Dios». Un reportaje sobre el trato cruel a los animales la arrastraba a la calle para manifestar su repulsa. La discriminación contra los enfermos del sida la disparaba hacia el primer hospital que encontraba donde aceptaban a voluntarios que leyeran, hablaran y ofrecieran amistad a los pacientes. Por ello, St. James nunca estaba seguro de qué humor la encontraría cuando salía del laboratorio y bajaba la escalera para comer o cenar con ella. La única certidumbre de su vida en común con Deborah era que no existía ninguna certidumbre.
Por lo general, aplaudía su naturaleza apasionada. Era la persona más vital que conocía, pero vivir a tope también exigía que ella se sintiera a tope, de manera que si sus puntos álgidos eran delirantes y apasionados, sus depresiones rechazaban toda esperanza. Lo que más le preocupaba eran esos momentos bajos, que le impulsaban a aconsejar cierto control. «Procura no dejarte llevar por tus sentimientos», era el consejo que siempre acudía a su mente. Idéntica receta se autoprescribía, lección aprendida mucho tiempo atrás. Decirle que no sintiera era tan efectivo como decirle que no respirara. Además, se había aficionado al torbellino de sentimientos en que Deborah vivía. Al menos, le impedía aburrirse.
Deborah liquidó los gajos de pomelo y le miró.
– Lo que pasa es que necesito centrarme en algo -anunció-. No me gusta mi forma de fluctuar. He de centrar mi campo de visión. He de adoptar un compromiso y serle fiel.
– Estupendo. Eso es muy importante -contestó St. James, mientras se preguntaba de qué demonios estaba hablando.
Aplicó mantequilla a una tostada triangular. Ella reaccionó a su aprobación con vigorosos asentimientos y, con entusiasmo gastronómico, golpeó el huevo duro con la cuchara. Como no parecía dispuesta a proporcionar más información. St. James prosiguió.
– Fluctuar te hace sentir como si carecieras de base, ¿no crees? -ensayó.
– Simon, has dado en el clavo. Siempre me comprendes.
St. James se palmeó mentalmente en la espalda.
– Una decisión acerca del deseo concreto proporciona una base, ¿verdad?-dijo.
– Desde luego.
Deborah atacó con alegría su tostada. Miraba por la ventana el día gris, la calle mojada, los edificios sucios y tristes. Sus ojos se iluminaron a causa de las oscuras posibilidades que ofrecían el frío reinante y el deprimente entorno.
– Bien -dijo St. James, con el fin de recabar más información-, ¿sobre qué has centrado tu campo de visión?
– Aún no lo he decidido por completo.
– Oh.
Deborah cogió la mermelada de fresa y dejó caer una cucharada sobre el plato.
– Excepto revisar lo que he hecho hasta el momento. Paisajes, bodegones, retratos. Edificios, puentes, interiores de hoteles. He sido el eclecticismo personificado. Es lógico que no me haya granjeado una reputación. -Esparció mermelada sobre la tostada y la agitó hacia él-. La cuestión es que debo tomar una decisión sobre qué clase de fotografías me satisfacen más. He de seguir mi instinto. Se acabó hacer cualquier cosa cuando alguien me ofrece trabajo. No sobresalgo en nada. Nadie lo consigue, en realidad, pero puedo sobresalir en algo. Al principio, cuando iba al colegio, pensé que serían los retratos. Después, me decanté por los paisajes y los bodegones. Ahora, me lanzo a cualquier propuesta comercial que me sale. Eso no es bueno. Ha llegado el momento de adquirir un compromiso.
Durante su paseo matutino al ejido, donde Deborah entregó a los patos los restos de su tostada, y mientras examinaban el monumento conmemorativo de la Primera Guerra Mundial, con su soldado solitario, la cabeza gacha y el rifle extendido, Deborah habló de arte. Los bodegones proporcionaban abundantes posibilidades -¿sabía St. James lo que los norteamericanos estaban haciendo con flores y pintura? ¿Había visto los estudios de metal cortado, calentado y tratado con ácido? ¿Conocía las pinturas de frutas de Yoshida?-, pero por otra parte, resultaban muy distantes, ¿no? Fotografiar un tulipán o una pera no implicaba un excesivo riesgo emocional. Los paisajes eran adorables -qué reto el de ser fotógrafo viajero, trabajar en África u Oriente, ¿a que sería estupendo?-, pero solo exigían buen ojo para la composición, tacto para la iluminación, conocimiento de los filtros y la película, simple técnica. Mientras que los retratos… Bien, existía el factor confianza, que debía establecerse entre artista y modelo. Y la confianza exigía riesgo. Los retratos obligaban a ambas partes a exponer su interior. La fotografía de un cuerpo, si el fotógrafo era bueno, capturaba la personalidad oculta. Cautivar el corazón y la mente del modelo, ganarse su confianza, capturar su autenticidad, eso era plasmar la realidad de la vida.
St. James, siempre algo cínico, no habría invertido dinero en la posibilidad de que la mayoría de la gente poseyera mucha «autenticidad» bajo su superficie exterior, pero se sentía muy satisfecho de la conversación con Deborah. Cuando ella empezó a hablar, intentó calibrar sus palabras, tono y expresión, por si suponían otra maniobra destinada a evitar confrontaciones. Anoche, cuando había invadido su territorio, Deborah se había disgustado. No desearía que se repitiera la situación. Sin embargo, cuanto más hablaba -sopesando esta posibilidad, rechazando aquella, analizando sus motivos en cada ocasión-, más tranquilizado se sentía St. James. Su esposa hacía gala de una energía ausente durante los últimos diez meses. Fueran cuales fuesen sus motivos de hablar sobre su futuro profesional, el estado de ánimo que, al parecer, inspiraba era mucho más agradable que su anterior depresión. De modo que cuando Deborah montó la Hasselblad sobre el trípode, dijo: «Hay buena luz ahora», y quiso que posara en la desierta terraza al aire libre de Crofters Inn, con el fin de poner a prueba su buen ojo para los retratos, permitió que le fotografiara desde todos los ángulos posibles, durante más de una hora a pesar del frío, hasta que recibió la llamada de Lynley.