– Me parece que no quiero hacer retratos de estudio convencionales -estaba diciendo Deborah-. No quiero gente que pose para sus fotos de aniversario. No me importaría que me solicitaran para algo especial, pero quiero trabajar sobre todo en la calle y en sitios públicos. Quiero descubrir rostros interesantes, y desarrollar mi arte a partir de ahí.
Entonces, Ben Wragg anunció desde la puerta trasera del hostal que el inspector Lynley deseaba hablar con el señor St. James.
El resultado de aquella conversación -Lynley gritaba para imponerse al ruido de unas obras en la carretera, que al parecer incluían explosivos de escasa potencia- fue una excursión a la catedral de Bradford.
– Buscamos una relación entre ellos -dijo Lynley-. Quizá el obispo nos la pueda proporcionar.
– ¿Y tú?
– Tengo una cita con el DIC de Clitheroe. Después, con el patólogo forense. Formalidades, sobre todo, pero hay que hacerlo.
– ¿Viste a la señora Spence?
– Y a la hija también.
– ¿Y?
– No sé. Estoy inquieto. No me caben demasiadas dudas de que la Spence lo hizo y sabía lo que estaba haciendo. Dudo mucho más que se trate de un asesinato convencional. Hemos de saber más sobre Sage. Hemos de descubrir el motivo de que abandonara Cornualles.
– ¿Alguna corazonada?
Oyó el suspiro de Lynley.
– En este caso, espero que no, St. James.
Y así, con Deborah al volante del coche alquilado y tras una llamada telefónica para confirmar que serían recibidos, recorrieron la considerable distancia hasta Bradford, después de bordear Pendle Hill y desviarse hacia el norte de Keighley Moor.
El secretario del obispo de Bradford les recibió en la residencia oficial, no lejos de la catedral del siglo quince que era la sede de su ministerio. Era un joven dentudo que llevaba una agenda encuadernada en cuero marrón bajo el brazo y pasaba continuamente las páginas de borde dorado, como para recordarles que el obispo tenía el tiempo limitado y la suerte de que les hubiera concedido una entrevista de media hora. No les condujo a un estudio, biblioteca o sala de conferencias, sino hasta una escalera trasera que descendía a un pequeño gimnasio privado. Además de un espejo que abarcaba una pared, la sala albergaba una bicicleta de ejercicios, una máquina de remar y un complicado artefacto para levantar pesas. También albergaba a Robert Glennaven, obispo de Bradford, que estaba ocupado en empujar, forcejear, trepar y, por lo demás, atormentar su cuerpo en una cuarta máquina, consistente en ruedas y bastones móviles.
– Señor obispo -dijo el secretario.
Se encargó de las presentaciones, se volvió en redondo y se sentó en una silla de respaldo recto, al pie de la escalera. Enlazó las manos sobre la agenda, abierta significativamente ahora en la página apropiada, se quitó el reloj de la muñeca, lo colocó sobre su rodilla y posó sus estrechos pies en el suelo.
Glennaven les saludó con un brusco cabeceo y se secó el sudor de su cabeza calva y brillante. Llevaba pantalones gris de chándal y una camiseta negra desteñida, con la inscripción «Décimo maratón de la UNICEF» por encima de la fecha 4 de mayo. Manchas y círculos de sudor aparecían en los pantalones y la camiseta.
– Es la hora de ejercicios de su Gracia -anunció de manera innecesaria el secretario-. Tiene otra cita dentro de una hora, y querrá ducharse antes. Les ruego que lo tengan presente.
No había más asientos en la sala que los proporcionados por los aparatos. St. James se preguntó cuántos invitados inesperados o indeseables se habrían sentido impulsados a limitar sus visitas al obispo después de estar de pie todo el rato.
– El corazón -dijo Glennaven, y señaló su pecho con el pulgar antes de tocar un mando de la máquina. Resoplaba y hacía muecas mientras hablaba. No era un entusiasta del ejercicio, sino un hombre al que no cabía otra opción-. Me queda otro cuarto de hora. Lo siento. No puedo parar, o su efecto benéfico disminuye. Eso me dijo el cardiólogo. A veces, creo que recibe comisión de los sádicos que inventaron estas máquinas infernales. -Saltó, embistió y continuó sudando-. Según el diácono -ladeó la cabeza en dirección al secretario-, Scotland Yard desea información, al estilo habitual de la gente que desea algo en nuestra era moderna. Para ayer, si es posible.
– Muy cierto -dijo St. James.
– No sé si podré decirles algo útil. Dominic -otro movimiento de cabeza hacia la escalera- quizá les diga algo más. Él asistió a la encuesta.
– Atendiendo a su solicitud, si no me equivoco.
El obispo asintió. Gruñó a causa del esfuerzo suplementario. Las venas se destacaban sobre su frente y brazos.
– ¿Su procedimiento habitual es enviar a la encuesta a otra persona?
El obispo sacudió la cabeza.
– Nunca habían envenenado a uno de mis vicarios. Carecía de procedimiento.
– ¿Lo haría de nuevo si otro sacerdote muriera en circunstancias dudosas?
– Dependería del vicario. Si fuera como Sage, sí.
El hecho de que el obispo sacara el tema a colación facilitó el trabajo de St. James. Para celebrarlo, tomó asiento en el banco de la máquina de pesas. Deborah se acomodó sobre la bicicleta de ejercicios. Cuando se movieron, Dominic dirigió una mirada de censura al obispo. Nuestros planes se han frustrado, decía su expresión. Tabaleó sobre el reloj, como para asegurarse de que todavía funcionaba.
– Se refiere a un hombre proclive a ser envenenado de manera deliberada -dijo St. James.
– Queremos clérigos que se dediquen a su ministerio -respondió el obispo entre gruñidos-, sobre todo en parroquias donde las recompensas terrenales sean mínimas, en el mejor de los casos, pero el celo acarrea consecuencias negativas. La gente lo considera ofensivo. Los fanáticos esgrimen espejos y piden a los feligreses que miren su reflejo.
– ¿Sage era un fanático?
– En opinión de algunos.
– ¿De usted?
– Sí, pero hasta cierto punto. Soy muy tolerante con el activismo religioso, incluso cuando no es políticamente aconsejable. Era un tipo decente. Tenía una buena mente. Quería utilizarla, pero el celo causa problemas. Así que envié a Dominic a la encuesta.
– Según tengo entendido, quedó satisfecho con lo que oyó -dijo St. James al diácono.
– Ningún testimonio recogido por la parte declarante indicó que el ministerio del señor Sage fuera deficiente.
El tono sosegado y neutro del diácono debía serle de mucha utilidad en los círculos político-religiosos en que se movía. Sin embargo, no añadió gran cosa a lo que ya sabían.
– ¿Y en lo concerniente al propio señor Sage? -preguntó St. James.
El diácono pasó la lengua sobre sus dientes salidos y eliminó un hilo de la solapa de su chaqueta negra.
– ¿Sí?
– ¿Era deficiente?
– En lo que concierne a la parroquia, y por la información que reuní debido a mi asistencia a la encuesta…
– En su opinión, quiero decir. Debía conocerle bastante bien.