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– Eso mismo pensaba Michael. Detestaba perderle, pero le dejó ir a petición de Sage. Su primer destino fue Boscastle.

– ¿Por qué?

El obispo se secó las manos en el paño y lo dobló.

– Quizá había estado de vacaciones en el pueblo.

– Pero ¿a qué vino ese cambio tan súbito, el deseo de pasar de un puesto poderoso e influyente a otro de relativa oscuridad? No es lo normal. Ni para un sacerdote, diría yo.

– Recorrió su propio camino de Damasco poco antes. Perdió a su mujer.

– ¿Su mujer?

– Murió en un accidente náutico. Según Michael, Sage no volvió a ser el mismo. Consideró que Dios le había castigado por sus intereses terrenales, y decidió desecharlos.

St. James miró a Deborah. Adivinó que ella estaba pensando lo mismo. Todos habían llegado a una misma conclusión, basada en información limitada. Habían supuesto que el vicario era soltero porque nadie había hablado en Winslough de que existiera una esposa. Intuyó, por la expresión pensativa de Deborah, que estaba pensando en aquel día de noviembre, cuando había mantenido su única conversación con el hombre.

– Supongo que sustituyó su ansia de éxito por un ansia de purificar su pasado -dijo St. James al obispo.

– El problema fue que la nueva ansia no se tradujo tan bien como la primera. Pasó por nueve destinos distintos.

– ¿En qué período de tiempo?

El obispo miró a su secretario.

– Entre diez y quince años, ¿no?

Dominic asintió.

– ¿Sin éxito en ninguno? ¿Un hombre de su talento?

– Como ya he dicho, el ansia no se tradujo bien. Se convirtió en el fanático de que hablábamos antes, vehemente en todos los temas, desde la disminución de la asistencia a la iglesia hasta lo que él llamaba la secularización del clero. Vivía el Sermón de la Montaña, y no aceptaba que otro sacerdote, o incluso un feligrés, fuera distinto. Si esto no era suficiente para causarle problemas, creía firmemente que Dios manifiesta Su voluntad mediante lo que ocurre en la vida de la gente. Con franqueza, es una medicina difícil de tragar para alguien que haya sido víctima de una tragedia absurda.

– Como él.

– Y que creía bien merecida.

– «Era egoísta», decía -recitó el diácono-. «Solo me importaba mi necesidad de gloria. La mano de Dios se movió para cambiarme. Vosotros también podéis cambiar.»

– Por desgracia, pese a que sus palabras pudieran ser ciertas, no constituyeron la receta del éxito -dijo el obispo.

– Cuando se enteró de que había muerto, ¿pensó que existía una relación?

– No pude por menos que pensarlo. Por eso Dominic fue a la encuesta.

– El hombre tenía demonios interiores -dijo Dominic-. Se decantó por luchar contra ellos en público. La única manera de expiar su espíritu mundano era castigar a toda persona conocida por el suyo. ¿No es suficiente motivo para asesinarle?

Cerró con un golpe seco la agenda del obispo. Estaba claro que la entrevista había concluido.

– Supongo que depende de cómo se reacciona ante un hombre que, al parecer, pensaba que aquella era la única forma correcta de vivir.

– Nunca ha sido mi fuerte, Simon, ya lo sabes.

Habían parado a descansar por fin en Downham, al otro lado del bosque de Pendle. Aparcaron junto a la oficina de correos y bajaron por el camino empinado. Rodearon un roble alcanzado por un rayo, que había quedado reducido al tronco y unas cuantas ramas truncadas, y regresaron hacia el estrecho puente de piedra que acababan de atravesar en coche. Las laderas verde-grisáceas de Pendle Hill se cernían a lo lejos. Dedos de escarcha resbalaban desde la cumbre, pero no tenían la intención de pasear hasta la montaña. En cambio, habían observado un pequeño prado en el lado más cercano al puente, donde un río describía una curva a lo largo del sendero y corría detrás de una pulcra hilera de casas. Un banco destartalado estaba apoyado contra un muro de piedra seca, y unas dos docenas de patos silvestres graznaban alegremente sobre la hierba, exploraban la cuneta y chapoteaban en el agua.

– No te preocupes. No estás en un concurso. Recuerda lo que puedas. El resto ya llegará.

– ¿Por qué eres tan poco exigente?

St. James sonrió.

– Siempre he pensado que era parte de mi encanto.

Los patos salieron a recibirles con la esperanza de comida en sus mentes. Graznaron y se dedicaron a examinar su calzado; investigaron y rechazaron las botas de Deborah, y luego se desplazaron a los cordones de los zapatos de St. James, que despertaron cierto interés, al igual que la pieza metálica de su abrazadera. Sin embargo, como no obtuvieron de ello ni un triste bocado, los patos se esponjaron y devolvieron las plumas a su sitio con aire de reproche. Desde aquel momento, exhibieron una disgustada hosquedad hacia toda presencia humana.

Deborah se sentó en el banco. Saludó con la cabeza a una mujer ataviada con una parka y botas de agua rojas, que pasó a su lado con un vivaz terrier negro sujeto a una correa. St. James tocó con los dedos la loma que Deborah había formado entre sus cejas.

– Estoy pensando -dijo ella-. Trato de recordar.

– Ya me he dado cuenta. -St. James se subió el cuello del abrigo-. Solo me preguntaba si es necesario llevar a cabo el proceso a una temperatura mínima de diez grados bajo cero.

– Qué infantil eres. No hace tanto frío.

– Díselo a tus labios. Se están poniendo azulados.

– Bah. Ni siquiera tiemblo.

– No me sorprende. Ya has sobrepasado el límite. Estás en las fases terminales de la hipotermia, y ni siquiera lo sabes. Vamos a aquel pub. Sale humo por la chimenea.

– Demasiadas distracciones.

– Deborah, hace frío. ¿No te apetece un coñac?

– Estoy pensando.

St. James hundió las manos en los bolsillos del abrigo y concentró su helada atención en los patos. Parecían indiferentes al frío. Claro que tenían todo el verano y el otoño para engordar con el fin de protegerse. Por otra parte, contaban con el aislamiento natural del plumón, ¿no? Pequeños demonios afortunados.

– San José -anunció por fin Deborah-. Ya me acuerdo. Era devoto de san José, Simon.

St. James enarcó una ceja con aire escéptico y se encogió más en el abrigo.

– Algo es algo, supongo.

Intentó inyectar aliento en sus palabras.

– No, de veras. Es importante. Tiene que serlo. -Deborah explicó a continuación su encuentro con el vicario en la sala 7 de la Galería Nacional-. Yo estaba admirando el Da Vinci… Simon, ¿por qué no me has llevado nunca?

– Porque odias los museos. Lo intenté cuando tenías nueve años. ¿No te acuerdas? Preferiste ir a remar al lago Serpentine, y te enfadaste mucho cuando, en cambio, te llevé al Museo Británico.

– Pero es que eran momias, Simon, querías que viera las momias. Tuve pesadillas durante semanas seguidas.

– Y yo.

– Bien, no debiste permitir que una pequeña demostración de temperamento te derrotara con tanta facilidad.

– No lo olvidaré, de cara al futuro. Volvamos a Sage.

Deborah introdujo las manos en las mangas del abrigo.

– Dijo que en el cuadro de Da Vinci no estaba san José. Dijo que san José casi nunca salía en los cuadros de la Virgen, y que era muy triste. Bueno, algo por el estilo.

– José solo era el que trabajaba para dar de comer a la familia, al fin y al cabo. El hombre bueno, el elemento indispensable.

– Pero Sage parecía tan… tan triste por eso. Como si se lo tomara como algo personal.

St. James asintió.

– Es el síndrome de la fuente de ingresos. Los hombres prefieren pensar que son algo más que eso en el programa general de la vida de sus mujeres. ¿Qué más recuerdas?

– No quería estar allí -dijo Deborah hundiendo la barbilla en el pecho.

– ¿En Londres?

– En la Galería. Se dirigía a otro sitio… ¿tal vez Hyde Park?, cuando empezó a llover. Le gustaba la naturaleza. Le gustaba el campo. Dijo que le ayudaba a pensar.