Olió la vieja chaqueta de cuero antes de asimilar el hecho de que era la voz de Nick. Pensó en absurda pero rápida sucesión cómo llevaba siempre la chaqueta embutida en la mochila durante las horas de clase, mientras tenía que utilizar el uniforme, cómo la sacaba siempre durante la comida para «airearla», cómo se la ponía en cuanto le era posible, antes y después de la escuela. Era extraño pensar que había reconocido su olor antes que su voz. Aferró su rodilla.
– Os marchasteis. Josie y tú.
– ¿Que nos marchamos? ¿Adonde?
– Dijeron que os habíais marchado. Estabas con… Josie y tú. Lo dijeron.
– Estábamos en el autobús, como siempre. Te vimos salir corriendo. Parecías trastornada, de modo que te seguí.
Maggie alzó la cabeza. Había perdido en algún momento el prendedor. Su cabello colgaba alrededor de la cara e impedía en parte que le viera.
Nick sonrió.
– Estás hecha polvo, Mag. -Introdujo la mano en la chaqueta y sacó los cigarrillos-. Ni que te hubiera perseguido un fantasma.
– No volveré.
Nick inclinó la cabeza para proteger el cigarrillo y la llama, y tiró la cerilla usada a la calle.
– Eso, seguro. -Inhaló con la profunda satisfacción de alguien a quien un repentino cambio de circunstancias ha permitido fumar antes de lo que imaginaba-. El autobús ya se ha marchado.
– Me refiero a la escuela. A clase. No volveré nunca más.
Nick la miró y se apartó el pelo de las mejillas.
– ¿Es por lo de ese tío de Londres, Mag, el del cochazo que revolucionó a todo el mundo?
– Dirás que lo olvide. Dirás que no les haga caso, pero no me dejarán en paz. Nunca volveré.
– ¿Por qué? ¿Qué más te da lo que piensen esos imbéciles?
Maggie retorció la correa de la mochila alrededor de sus dedos, hasta que sus uñas se tiñeron de un tono azul.
– ¿Qué más da lo que digan? Tú sabes la verdad. Es lo único que cuenta.
Maggie cerró los ojos a la verdad y apretó los labios para evitar anunciarla. Notó que brotaban más lágrimas de sus ojos, y se detestó por el sollozo que intentó disfrazar de tos.
– Mag, tú sabes la verdad, ¿vale? Lo que digan esos mongólicos en el patio de la escuela no vale una puta mierda, ¿vale? No es importante. Solo vale lo que tú sabes.
– No sé. -La admisión brotó de ella como una enfermedad incontenible-. La verdad. Lo que ella… No sé, no sé.
Más lágrimas. Aplastó la cara contra las rodillas.
Nick silbó entre dientes.
– Nunca lo habías dicho.
– Siempre cambiamos de domicilio. Cada dos años. Solo que esta vez yo quería quedarme. Dije que sería buena, que se sentiría orgullosa de mí, que me aplicaría en la escuela, con tal de quedarnos. Esta vez. Quedarnos. Y ella dijo sí, y después te conocí a ti, luego al vicario y… después de lo que hicimos y del comportamiento odioso de mamá y de lo mal que me sentí. Me hizo sentir mejor y… ella se enfureció.
Sollozó.
Nick tiró el cigarrillo a la calle y la enlazó con el otro brazo.
– Él me encontró. Eso es lo que pasa, Nick. Por fin me encontró. Ella no lo deseaba. Por eso siempre huíamos, pero esta vez no lo hicimos y él tuvo tiempo. Vino, como siempre supe que haría.
Nick guardó silencio un momento. Oyó que Maggie exhalaba un suspiro.
– Maggie, ¿crees que el vicario era tu papá?
– Ella no quería que le viera, pero no le hice caso. -Levantó la cabeza y agarró la chaqueta de Nick-. Y ahora no quiere que te vea, de modo que no volveré. No lo haré. No puedes obligarme. Nadie puede. Si lo intentas…
– ¿Algún problema, muchachos?
Los dos se encogieron al oír la voz. Se volvieron. Una mujer policía delgada como un junco se erguía sobre ellos, muy protegida del frío y con la gorra ladeada. Sujetaba una libreta de notas en una mano y una taza de plástico humeante en la otra. Bebió mientras aguardaba la respuesta.
– Una pelea en la escuela -dijo Nick-. Nada importante.
– ¿Necesitáis ayuda?
– No. Cosas de chicas. Se pondrá bien.
La policía estudió a Maggie con más curiosidad que simpatía. Desvió su atención hacia Nick. Les miró por encima de la taza, cuyo humo empañó sus gafas, mientras bebía otro sorbo de lo que fuera. Después, asintió.
– Será mejor que os vayáis a casa -dijo, sin moverse.
– Sí, vale. -Nick levantó a Maggie-. Nos vamos.
– ¿Vivís por aquí? -preguntó la agente.
– Cerca de la parte alta.
– No os había visto nunca.
– ¿No? Yo la he visto muchas veces. Tiene un perro, ¿verdad?
– Un gales, sí.
– ¿Lo ve, agente? Lo sabía. La he visto ir de paseo. -Nick se dio un golpecito en la sien con el índice, a modo de saludo-. Buenas tardes.
Rodeó con el brazo a Maggie y la condujo hacia la calle principal. Ninguno se volvió para ver si la policía les seguía mirando.
Doblaron a la derecha en la primera esquina. Al cabo de unos pasos torcieron de nuevo a la derecha por un callejón que corría entre la parte posterior de los edificios públicos y los jardines traseros de una hilera de viviendas municipales. Descendieron una vez más la pendiente. Antes de cinco minutos desembocaron en el aparcamiento de Clitheroe. A aquella hora, casi no había coches.
– ¿Cómo sabías lo de su perro? -preguntó Maggie.
– Fue un tiro al azar. Tuvimos suerte.
– Qué listo eres. Y bueno. Te quiero, Nick. Te preocupas mucho por mí.
Se detuvieron al abrigo de los retretes públicos. Nick sopló sobre sus manos y las encajó bajo los brazos.
– Esta noche hará frío -dijo. Miró en dirección a la ciudad, donde brotaba humo de las chimeneas hasta perderse en el cielo-. ¿Tienes hambre, Maggie?
Maggie leyó el deseo oculto bajo las palabras.
– Puedes irte a casa.
– No, a menos que tú…
– Yo no iré.
– Entonces, yo tampoco.
Se encontraban en un atolladero. El viento de la noche empezó a soplar y no tardó en alcanzarles. Barrió el aparcamiento, sin que ninguna barrera se lo impidiera, y diseminó restos de basura entre sus pies. Una bolsa verde de Moment se aplastó contra la pierna de Maggie. Utilizó el pie para alejarla, y dejó una franja marrón en el azul marino de sus mallas.
Nick extrajo un puñado de monedas del bolsillo. Las contó.
– Dos libras y sesenta y siete peniques. ¿Qué llevas tú?
Maggie bajó la vista.
– Nada. -Se apresuró a levantar los ojos. Intentó imprimir orgullo a su voz-. No tienes por qué quedarte. Vete. Me las arreglaré.
– Ya he dicho…
– Si ella te encuentra conmigo, será mucho peor para ambos. Vete a casa.
– Ni hablar. He dicho que me quedo.
– No. No quiero ser culpable de otra cosa. Ya he… a causa del señor Sage…
Se secó la cara con la manga del abrigo. Estaba agotada y quería dormir. Pensó en probar la puerta del retrete. Estaba cerrada con llave. Suspiró.
– Vete -repitió-. Ya sabes lo que pasará si no me haces caso.
Nick se reunió con ella en la puerta del lavabo de mujeres. Estaba adentrada unos quince centímetros, de modo que les proporcionó algo más de protección contra el frío.
– ¿Crees eso, Maggie?
La muchacha hundió la cabeza. Notaba que la aflicción de su certeza pesaba sobre sus hombros, como sacos de arena.
– ¿Crees que ella le mató porque era tu papá?
– Nunca habla de mi papá.
Nick tocó su cabeza con la mano. Sus dedos intentaron acariciarla, pero el pelo enmarañado frustró su intención.
– No creo que fuera tu papá, Mag.
– Seguro, porque…
– No. Escucha. -Se acercó un paso más. La rodeó con los brazos. Habló contra su cabello-. Sus ojos eran castaños, Mag, como los de tu mamá.
– ¿Y?
– Que no puede ser tu papá. Por las probabilidades. -Maggie intentó hablar, pero él continuó-. Es como las ovejas. Mi papá me lo explicó. Todas son blancas, ¿verdad? Bueno, más o menos blancas, pero de vez en cuando sale una negra. ¿Nunca te has preguntado por qué? Es un gen recesivo. Algo que se hereda. La mamá y el papá de la oveja tenían un gen negro en algún sitio, y cuando se acoplaron salió un cordero negro en lugar de uno blanco, aunque ellos fueran blancos, pero las probabilidades están en contra de que ocurra. Por eso, la mayoría de las ovejas son blancas.