– Y ella murió. Aquella misma noche. Muy conveniente.
– ¡No!
– Durante la luna de la cosecha, mientras rezabas en Cotes Fell. Antes de que rezaras, le llevaste una sopa, ¿te acuerdas? La llamaste tu sopa especial. Recomendaste que se la tomara toda.
– Era de verduras, para los dos. ¿Qué te piensas? Yo también tomé. No estaba…
– ¿Sabías que las plantas son más potentes en luna llena? Eso dice el libro. Hay que recolectarlas en ese período, incluida la raíz.
– Yo no uso las plantas de esa manera. Ningún adepto al Arte lo hace. No es magia negra, ya lo sabes. Quizá buscamos hierbas para el incienso, sí, pero eso es todo. Incienso. Es una parte del ritual.
– Todo está en el libro. Lo que se debe utilizar para la venganza, para alterar la mente, para envenenar. Lo he leído.
– ¡No!
– El libro estaba detrás de la cisterna, donde lo habías escondido… ¿desde cuándo?
– No estaba escondido. Si estaba allí, es porque se cayó. Había montones de cosas sobre la cisterna, ¿no? Una pila de libros y revistas. Yo no escondí este… -Lo tocó con los dedos de los pies y retrocedió otro centímetro-. Yo no escondí nada.
– ¿Qué me dices de Capricornio, Polly?
La joven se quedó petrificada. Repitió la palabra sin emitir el menor sonido. Colin observó que el pánico empezaba a apoderarse de ella, a medida que se acercaba más y más a la verdad. Era como un perro vagabundo acorralado. Intuyó la rigidez de su espalda, la debilidad de sus piernas.
– La cicuta es potente en Capricornio -prosiguió.
Polly pasó la lengua sobre el labio inferior. El miedo era como un olor en ella, agrio y fuerte.
– El veintidós de diciembre -dijo Colin.
– ¿Qué?
– Ya lo sabes.
– No, Colin. No.
– ¿Qué puedes decirme del primer día de Capricornio? La noche en que el vicario murió.
– Eso es…
– Y algo más. Había luna llena aquella noche, y la anterior. Todo encaja. Sabías las instrucciones y el método del asesinato gracias al libro: extrae la raíz cuando la planta duerme; es más fuerte en Capricornio; es un veneno mortal; es más eficaz en luna llena. ¿Quieres que te lo lea, o prefieres leerlo tú misma? Busca la C en el índice. La C de cicuta.
– ¡No! La señora Spence te dio la idea, ¿verdad? Lo leo en tu cara. Dijo, ve a ver a Polly, pregúntale lo que sabe, pregúntale dónde estuvo. Dejó que tú imaginaras el resto. Fue así, ¿verdad, Colin?
– No te atrevas a pronunciar su nombre.
– Oh, ya lo creo que sí. Eso, y mucho más. -Se agachó y recogió el libro del suelo-. Sí, es mío. Sí, yo lo compré. También lo utilicé. Y ella lo sabe, maldita sea, porque una vez fui lo bastante tonta, hace más de dos años, cuando llegó a Winslough, para pedirle que me enseñara a hacer una solución de brionia. Tan imbécil fui, que hasta le expliqué para qué. -Agitó el libro en su dirección-. Amor, Colin Shepherd. La brionia es para el amor. Y también la manzana es un amuleto. ¿Quieres verlo? -Sacó una cadena de plata de debajo del jersey. Un pequeño globo colgaba de ella, con la superficie afiligranada. Se lo arrancó del cuello y lo tiró al suelo. Rebotó contra los pies de Colin, quien vio pedazos de fruta seca en su interior-. Y áloe para los saquitos perfumados y benjuí para el perfume, cincoenrama para una poción que ni siquiera querrías beber. Todo está en el libro, junto con lo demás, pero tú solo ves lo que quieres ver, ¿verdad? Así son las cosas, y así eran, incluso con Annie.
– No pienso hablar de Annie contigo.
– Ah, ¿no? AnnieAnnieAnnie con un halo alrededor de la cabeza. Hablaré de ella lo que me dé la gana, porque sé cómo eran las cosas. Yo la conocía tanto como tú, y no era una santa. No era una noble paciente que sufría en silencio contigo al lado, mientras le ponías paños calientes sobre la frente. No fue así.
Colin avanzó un paso, pero ella no se movió.
– Annie dijo, adelante, Col, preocúpate de ti, mi precioso amor. Y nunca permitió que lo olvidaras cuando lo hiciste.
– Nunca dijo…
– No era necesario. ¿Es que no lo comprendes? Estaba tendida en la cama con todas las luces apagadas. Decía, estoy demasiado débil para llegar a la lámpara. Decía, hoy pensé que iba a morir, Col, pero ahora ya estoy bien porque tú estás en casa y no debes preocuparte para nada por mí. Decía, comprendo que necesites una mujer, mi amor, haz lo que debas y no pienses en mí en esta casa, en esta habitación, en esta cama. Sin ti.
– No fue así.
– Y cuando el dolor aumentaba, no se comportaba como una mártir. ¿No te acuerdas? Chillaba, te maldecía, maldecía a los médicos, tiraba cosas contra las paredes. Cuando empeoró, dijo, ha sido culpa tuya, me estoy pudriendo por tu culpa, y voy a morir y te odio, te odio, ojalá estuvieras en mi lugar.
Colin no contestó. Tenía la sensación de que una sirena sonaba en su cabeza. Polly estaba muy cerca, a escasos centímetros, pero era como si hablara desde detrás de un velo rojo.
– Por eso recé en la cumbre de Cotes Fell. Al principio, por su salud, y después por… Y después por ti, cuando ella murió, con la esperanza de que comprendieras… de que te dieras cuenta… Sí, compré este libro -lo agitó de nuevo-, pero porque te quería y deseaba que tú me correspondieras y deseaba hacer cualquier cosa por llenarte. Porque Annie no te llenaba. Su muerte fue una bendición para ti, pero no quieres admitirlo, porque entonces también deberías admitir lo que fue vivir con ella. No fue perfecto, porque nada lo es.
– No sabes nada sobre la agonía de Annie.
– Que vaciabas los orinales y solo de pensarlo te estremecías. ¿No sé eso? Que le secabas el culo con el estómago revuelto. ¿No lo sé? Que cuando más necesitabas huir de casa para respirar un poco, ella lo intuía y gritaba y empeoraba, y tú siempre te sentías culpable porque no estabas enfermo, ¿verdad? No tenías cáncer. No ibas a morir.
– Ella era mi vida. Yo la quería.
– ¿Al final? No me hagas reír. Al final solo había amargura y rabia, porque nadie vive sin alegría durante tanto tiempo y siente otra cosa al final.
– Puta de mierda.
– Sí, claro. Eso y más, si quieres, pero yo planto cara a la verdad, Colin. No la enmascaro con corazones y flores como tú.
– Entonces, demos otro paso hacia la verdad, ¿eh?
Redujo la distancia que les separaba en unos cuantos centímetros más cuando apartó de una patada el amuleto. Chocó contra la pared y se abrió, y su contenido se diseminó sobre la alfombra. Los trozos de manzana parecían piel reseca. Piel humana. No le importaba nada su contenido. No le importaba nada de Polly Yarkin.
– No rezaste para que viviera, sino para que muriera. Como no sucedió enseguida, echaste una mano, y cuando su agonía no dio lo que querías en el momento que lo querías… ¿Cuándo fue, Polly? ¿Pensabas que iba a follarte el día del funeral? Probaste con pociones y encantamientos. Después, apareció Juliet. Echó tus planes por tierra. Intentaste utilizarla, y fue muy inteligente por tu parte informarla de que yo no estaba muy disponible, por si a ella se le despertaba el interés y se interponía en tu camino. No obstante, Juliet y yo nos encontramos, y tú no pudiste soportarlo. Annie había muerto. La última barrera que se interponía entre la felicidad y tú estaba enterrada en el cementerio, cuando de repente aparecía otra. Comprendiste lo que pasaba entre nosotros, ¿verdad? La única solución era enterrarla a ella también.
– No.
– Sabías dónde encontrar la cicuta. Pasabas junto al estanque cada vez que ibas a Cotes Fell. La desenterraste, la colocaste en el sótano y esperaste a que Juliet la comiera y muriera. Y si Maggie moría también, habría sido una pena, pero es sacrificable, ¿no? Todo el mundo lo es. No contaste con la presencia del vicario. Fue una desgracia. Imagino que pasaste unos días intranquilos cuando resultó envenenado, mientras esperabas a que las culpas recayeran sobre Juliet.