– Si fue así, ¿qué conseguí? El juez de instrucción dijo que fue un accidente, Colin. Juliet está libre, y desde entonces la has protegido como un granjero encargado de vigilar las ovejas de su padre. ¿Qué he ganado?
– Lo que esperabas y anhelabas desde que el vicario murió por error: la policía de Londres. La reapertura del caso, con todas las pruebas apuntando a Juliet. -Arrebató el libro de sus dedos-. Excepto esto, Polly. Lo olvidaste. -Ella extendió la mano hacia el libro. Colin lo tiró a un rincón de la habitación y agarró su brazo-. Cuando Juliet haya sido encerrada, obtendrás lo que deseas, lo que intentaste conseguir cuando Annie vivía, lo que suplicabas cuando rezabas por su muerte, el motivo de que prepararas pociones y llevaras amuletos, lo que has perseguido durante años.
Se acercó un paso más. Ella intentó soltarse. Colin experimentó un cosquilleo de placer al pensar en su miedo. Descendió por sus piernas. Provocó un efecto inesperado en sus ingles.
– Me estás haciendo daño en el brazo.
– Esto no tiene nada que ver con el amor. Nunca lo ha tenido.
– ¡Colin!
– El amor no tiene nada que ver con lo que has perseguido desde aquel día…
– ¡No!
– Te acuerdas, ¿verdad? ¿Verdad, Polly?
– Suéltame.
Se retorció bajo su presa. Jadeaba como una niña. Era tan fácil de dominar como una niña. Se retorcía y contorsionaba. Lágrimas en sus ojos. Sabía lo que se avecinaba. Le gustó que lo supiera.
– En el suelo del establo. Como animales. ¿Te acuerdas?
Polly se soltó y dio media vuelta para huir. Colin atrapó su falda al vuelo. Tiró hacia él. La tela se rasgó. La enrolló alrededor de su mano y tiró con más fuerza. Polly se tambaleó, pero no cayó.
– Con mi polla dentro y gimiendo como una puerca. Te acuerdas, ¿no?
– No, por favor.
Polly empezó a llorar y la visión de aquellas lágrimas inflamó a Colin más que su miedo. Era una pecadora penitente. Él era el dios de la venganza. Su castigo sería justicia divina.
Tiró con furia de la falda, y oyó el ruido placentero de la tela al romperse. Otro tirón. Otro. Cada vez que Polly intentaba escapar, la falda se rasgaba más.
– Como aquel día en el establo. Justo lo que tú deseas.
– No. Así no, Col, por favor.
El nombre. El nombre. Lanzó las manos hacia delante y arrancó el resto de la falda. Polly aprovechó aquel momento para soltarse y huir. Se encaminó al pasillo. Estaba cerca de la puerta. Un metro más y escaparía.
Colin saltó y la apresó cuando su mano forcejeaba con el pomo de la puerta interior. Cayeron al suelo. Polly empezó a abofetearle, sin hablar, agitando las piernas y los brazos, el cuerpo tembloroso.
Colin luchó por inmovilizar sus brazos.
– Te… voy a… follar… bien -gruñó.
– ¡Colin, no! -gritó Polly, pero él la calló con la boca.
Introdujo la lengua entre sus labios, mientras una mano apretaba su cuello y la otra desgarraba su ropa interior. Utilizó la rodilla para separar sus piernas. Las manos de Polly arañaron su cara. Encontró sus gafas y se las quitó de un manotazo. Buscó sus ojos, pero Colin aplastó la cara contra la suya, llenó su boca con la lengua, y después escupió, escupió y se inflamó cada vez más con el deseo de demostrar, dominar, castigar. Ella se retorció y suplicó. Pidió clemencia. Invocó a su Diosa. Pero él era su dios.
– Puta -gruñó Colin contra su boca-. Pendón, vaca.
Se quitó los pantalones mientras ella forcejeaba, chillaba y pataleaba. Lanzó la rodilla hacia delante y erró sus testículos por un centímetro. El la abofeteó. Le gustó la sensación de vida y poder que comunicaba a su mano. La golpeó de nuevo, con más fuerza. Usó los nudillos y admiró el tono rojo que proporcionaba a su piel.
Polly lloraba, muy fea de repente. Tenía la boca abierta, los ojos cerrados. Brotaban mocos de su nariz. Le gustó lo que veía. Quería que llorara. Su terror era como una droga. Separó sus piernas con fuerza y se tendió sobre ella. Celebró su castigo como el dios que era.
Es como morir, pensó ella. Seguía tendida como él la había dejado, con una pierna doblada y la otra extendida, el jersey subido hasta las axilas, el sujetador roto, con un pecho al descubierto, donde aún sentía sus mordiscos como un hierro al rojo vivo. Un pedazo de nailon bordeado de encaje («Veo que te has comprado algunos antojos», había reído Rita. «¿Es para algún tipo que le gusta bien envuelto?»), enredado alrededor de su tobillo. Una tira de su falda sobre el cuello.
Miró hacia arriba y siguió el surco de una grieta que empezaba sobre la puerta y se extendía como venas sobre la piel del techo. En algún lugar de la casa se oía un ruido metálico, seguido de un zumbido persistente y bajo. La caldera, pensó. Se preguntó por qué estaba calentando agua, si no recordaba haberla utilizado en todo el día. Repasó todo lo que había hecho en la vicaría, todas las actividades de una en una, pues se le antojaba muy importante saber por qué la caldera estaba calentando agua. Al fin y al cabo, no podía saber lo sucia que se sentía. Era una simple máquina. Las máquinas no intuyen las necesidades corporales.
Hizo una lista. Primero, los periódicos. Los había atado como se había prometido y tirado al cubo de la basura. Había telefoneado para cancelar las suscripciones. A continuación, las macetas. Solo había cuatro, pero tenían mal aspecto y una había perdido casi todas las hojas. Las había regado religiosamente cada día, y no podía comprender por qué se estaban poniendo amarillas. Las había trasladado al porche del jardín trasero, pensando que tal vez querrían un poco de sol, si alguna vez se decidía a salir. Después, las camas. Había cambiado las sábanas de todas las camas, dos sencillas, una de matrimonio, como hacía cada semana desde que había empezado a trabajar. Daba igual que nadie utilizara las camas. Había que cambiarlas para que no se estropearan, pero no había hecho ninguna lavadora, de modo que el calentador no tenía por qué funcionar. ¿Cuál era el motivo?
Trató de recordar todos sus movimientos del día. Intentó que se materializaran entre las grietas del techo. Periódicos. Teléfono. Macetas. Y después… Le costaba mucho pensar en aquel después. ¿Por qué? ¿Por el agua? ¿La asustaba el agua? ¿Había ocurrido algo relacionado con el agua? No, qué tontería. Piensa en habitaciones llenas de agua.
Recordó. Sonrió, pero sintió dolor, porque notaba la piel como cola seca, y se apresuró a pasar de los dormitorios a la cocina. Porque era eso. Había lavado todos los platos, vasos, ollas y sartenes. También había limpiado los aparadores. Por eso el calentador estaba funcionando. En cualquier caso, ¿no funcionaban siempre los calentadores? ¿No se encendían por sí solos cuando notaban que el agua de su interior empezaba a enfriarse? Nadie los conectaba. Funcionaban, simplemente. Como por arte de magia.
Magia. El libro. No. No debía pensar en esas cosas. Reproducían escenas de pesadilla en su mente. No quería verlas.
La cocina, la cocina, pensó. Lavar platos y aparadores, y luego a la sala de estar, que ya estaba limpia y ordenada, pero sacó brillo a los muebles, porque no podía decidirse a abandonar aquella casa, encontrar otra manera de vivir, y luego apareció él. Había una expresión extraña en su cara. Tenía la espalda demasiado rígida. Sus brazos no colgaban, se limitaban a esperar.
Polly rodó de costado, elevó las piernas y trató de mecerse. Duele, pensó. Era como si le hubieran arrancado las piernas del cuerpo. Un martillo repiqueteaba donde él la había golpeado una y otra vez. Y en su interior, el ácido quemaba su piel. Se sentía dolorida y lacerada. No era nada.
Fue tomando conciencia poco a poco del frío, una leve corriente de aire que chocaba con insistencia contra su piel desnuda. Se estremeció. Se dio cuenta de que él había dejado la puerta interior abierta después de marcharse, y la puerta exterior no estaba bien encajada. Sus dedos tiraron sin éxito del jersey, intentó bajarlo como una sábana, pero se rindió cuando llegó por debajo de sus pechos. La lana abrasaba su piel.