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Desde donde estaba podía ver la escalera, y empezó a arrastrarse hacia ella, con la única idea de alejarse de la corriente, ponerse a salvo en la oscuridad, pero cuando apoyó la cabeza sobre el peldaño inferior, levantó la vista y pensó que la luz era más brillante arriba. Brillo significa calor, pensó, mejor que oscuridad. Se estaba haciendo tarde, pero el sol saldría por última vez. Sería un sol invernal, lechoso y lejano, pero si caía sobre la alfombra de algún dormitorio, se refugiaría entre sus fronteras doradas y continuaría su agonía.

Empezó a subir. Descubrió que sus piernas no respondían, de modo que se impulsó con las manos sobre la barandilla. Sus rodillas tropezaban con los peldaños. Cuando se apoyó en un costado y su cadera golpeó contra la pared, vio la sangre. Interrumpió su ascensión para mirarla con curiosidad, tocó con un dedo la mancha carmesí, se maravilló de la rapidez con que se secaba, cómo se ennegrecía al contacto con el aire. Vio que fluía de entre sus piernas, y que había manado durante el tiempo suficiente para dibujar configuraciones en la parte interna de sus muslos y riachuelos serpenteantes sobre una pierna.

Sucia, pensó. Tendría que bañarse.

La idea tomó cuerpo en su mente y expulsó las escenas de pesadilla. Se aferró a la idea del agua y su calor, llegó a lo alto de la escalera y se arrastró hacia el baño. Cerró la puerta y se sentó sobre el suelo blanco y frío, con la cabeza apoyada contra la pared, las rodillas alzadas, mientras la sangre mojaba el puño que apretaba entre las piernas.

Al cabo de un momento, apretó los hombros contra la pared, se impulsó medio metro y llegó a la bañera. Asomó la cabeza por un lado y extendió la mano hacia el grifo. Sus dedos lucharon por hacerlo girar, fracasaron y luego resbalaron.

Sabía que se recuperaría si conseguía lavarse. Si conseguía eliminar el olor de él y el roce de sus manos, si el jabón limpiaba el interior de su boca. Mientras pensara en lavarse, en la sensación, en el agua que caería sobre sus pechos, en el rato que pasaría en la bañera, solo dedicada a soñar, no tendría que pensar en otras cosas. Si podía girar el grifo.

Extendió la mano de nuevo, y volvió a fallar. Lo hacía al tacto, porque no quería abrir los ojos y tener que verse en el espejo, que colgaba en la puerta del cuarto de baño. Si veía el espejo, tendría que pensar, y estaba decidida a no volver a pensar. Excepto en lavarse.

Se metería en la bañera y no saldría nunca más, dejaría que el agua subiera y bajara. Contemplaría sus burbujas, escucharía el sonido. La sentiría deslizarse entre los dedos de sus pies y manos. La mimaría, conservaría, bendeciría. Eso haría.

Solo que nada duraba eternamente, ni siquiera el lavado, y cuando terminara se vería obligada a sentir, lo único que no deseaba hacer, soportar o vivir. Porque aquello significaba la muerte, por más que fingiera, el fin de todo. Resultaba extraño pensar que siempre la había imaginado en su vejez, tendida en una cama de sábanas blancas como la nieve, rodeada de nietos, con la mano estrechada por alguien que la amaba, para que no se marchara sola. Ahora, comprendía que vivir significaba estar sola. Y si vivir significaba estar sola, la muerte no sería diferente.

Soportaría morir sola, pero solo en aquel preciso momento. Porque después, todo terminaría. No tendría que incorporarse, meterse en el agua, eliminar los vestigios de él y salir por la puerta. Nunca tendría que volver a casa (oh, Diosa, aquel largo paseo) y enfrentarse a su madre. Más aún, no tendría que verle nunca más, mirarle a los ojos y recordar una y otra vez, como una película que se proyectara en su cerebro, el momento en que adivinó sus intenciones.

No sé lo que significa amar a alguien, comprendió. Pensaba que era bueno, el deseo de compartir. Pensaba que era como cuando extiendes la mano y alguien la coge, la aprieta y te salva del río. Hablas. Le cuentas cosas de tu vida. Dices, esto es lo que me hace daño, y se lo das, y él lo coge, y te da a cambio lo que le hace daño, y tú lo coges, y así se aprende a querer. Te apoyas en su fortaleza. El se apoya en su fortaleza. Se forja un vínculo. Pero no es así, no como ha sido hoy, aquí, en esta casa, no es así.

Aquello era lo peor, la suciedad de amarle, que nada podría lavar. Pese al terror, incluso en el instante que adivinó sus intenciones, incluso cuando suplicó sin éxito, cuando la golpeó, arrancó la piel y la dejó tirada en el suelo como un trapo usado, lo peor era que se trataba del hombre al que amaba. Y si el hombre al que amaba sabía que ella le amaba, era capaz de hacerle aquello, gruñir de placer cuando le demostró quién dominaba y quién se sometía, entonces, lo que ella creía amor no era nada. Porque, en su opinión, si amas a alguien y la persona sabe que la amas, procurará no hacerte daño. Aunque no te quiera tanto como tú, tendrá en consideración tus sentimientos, los guardará en su corazón y experimentará cierta ternura. Así se comporta la gente.

Pero si aquella no era la verdad de la vida, ya no quería vivir. Se metería en el baño y dejaría que el agua se la llevara. Que la lavara, matara y disolviera.

19

– Echa un vistazo a estas.

Lynley pasó la carpeta de fotografías a St. James. Cogió su pinta de Guinness y pensó en enderezar Los comedores de patatas, o en quitar el polvo del marco y el cristal de La catedral de Ruán, para comprobar si estaba en realidad «a pleno sol», tal como parecía. Dio la impresión de que Deborah había leído su mente, al menos en parte.

– Me está volviendo loca -murmuró, y se encargó de la reproducción de Van Gogh antes de dejarse caer en el sofá, al lado de su marido.

– Dios te bendiga, hija mía -dijo Lynley, y esperó la reacción de St. James al material reunido por el equipo encargado de investigar el escenario del crimen, y que había traído con él de Clitheroe.

Dora Wragg había tenido la amabilidad de servirles en el salón de los huéspedes. Como el pub ya estaba cerrado para la última parte de la tarde, dos mujeres de edad avanzada, ataviadas con gruesas ropas de tweed y botas de excursión, continuaban sentadas junto a los restos del fuego cuando Lynley regresó de sus visitas a Maggie, la policía y el médico forense. Si bien las dos mujeres estaban enzarzadas en una sombría pero entusiástica discusión acerca de «la ciática de Hilda… ¿No te parece que es una mártir, querida?», y daba la impresión de que no escuchaba otra conversación que no estuviera relacionada con las caderas de Hilda, Lynley escrutó sus rostros ansiosos y astutos, y decidió que la discreción era la mejor virtud a la hora de hablar con franqueza sobre la muerte de alguien.

Aguardó a que Dora depositara una Guinness, una Harp y un zumo de naranja sobre la mesita de café del salón y se alejara hacia las regiones interiores del albergue, antes de tender la carpeta a su amigo. St. James estudió primero las fotografías. Deborah les dedicó una mirada, sufrió un escalofrío y apartó al instante la vista. Lynley no la culpó.

Las fotografías de esta muerte concreta parecían más inquietantes que muchas otras vistas a lo largo de su carrera, y al principio no comprendió por qué. Al fin y al cabo, estaba familiarizado con las numerosas formas que adopta la muerte inesperada. Estaba acostumbrado al desenlace de los estrangulamientos: el rostro cianótico, los ojos saltones, la espuma sanguinolenta en la boca. Había visto una buena cantidad de golpes en la cabeza. Había examinado infinidad de cuchilladas, desde gargantas cortadas hasta un virtual destripamiento, muy similar al de Mary Kelly, en Whitechapel. Había visto víctimas de bombardeos y tiroteos, los miembros arrancados y los cuerpos mutilados. Pero existía algo horripilante en aquella muerte, y no sabía concretarlo. Deborah lo hizo por él.