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– Duró y duró -murmuró-. Tardó un rato, ¿verdad? Pobre hombre.

Había dado en el clavo. La muerte de Robin Sage no había sido instantánea, un momento de violencia perpetrado por una pistola, un cuchillo o el garrote vil, seguido de la inconsciencia. Había tardado lo bastante para que Sage comprendiera lo que ocurría y para que sus sufrimientos físicos fueran agudos. Las fotografías así lo desvelaban.

La policía de Clitheroe las había tomado en color, pero lo que captaban era, fundamentalmente, en blanco y negro. Lo primero consistía en unos quince centímetros de nieve recién caída que cubría la tierra y empolvaba la pared junto a la que yacía el cadáver. Lo segundo era el cadáver en sí, vestido con atuendo clerical bajo un abrigo negro que se veía abultado alrededor de la cintura, como si el vicario hubiera intentado quitárselo. El negro, ni siquiera en este caso, lograba imponerse por completo al blanco, puesto que el cuerpo, como el muro hacia el que extendía las manos, estaba cubierto por una fina pero sólida membrana de nieve. Así lo documentaban siete fotos, antes de que los especialistas hubieran introducido la nieve del cuerpo en los tarros que, más tarde, serían considerados irrelevantes, considerando las circunstancias de la muerte. En cuanto el cuerpo quedó libre de nieve, el fotógrafo se puso a trabajar de nuevo.

Las demás fotos desvelaban la naturaleza de la agonía y muerte de Robin Sage. Docenas de profundas depresiones en el suelo, una gruesa capa de barro en sus talones, tierra y rastros de hierba debajo de las uñas daban cuenta de la forma en que había intentado escapar de las convulsiones. Sangre en la sien izquierda, tres surcos en la mejilla, un globo ocular destrozado y una piedra ensangrentada bajo su cabeza sugerían la violencia de aquellas convulsiones y lo poco que había podido hacer para dominarlas, una vez comprendió que no había escapatoria. La posición de su cabeza y cuello, tan echados hacia atrás que parecía inconcebible que las vértebras no se hubieran roto, indicaban una frenética lucha en busca de aire. Y la lengua, una masa hinchada casi partida en dos, sobresalía de la boca en una elocuente demostración de los últimos minutos del hombre.

St. James repasó las fotografías dos veces. Apartó dos, un primer plano de la cara y un segundo de una mano.

– Con suerte, ataque al corazón -dijo-. De lo contrario, asfixia. Pobre bastardo. Tuvo tanta mala suerte como el demonio.

Lynley no necesitó examinar las fotografías que St. James había elegido para darle la razón. Había visto el tono azulino de los labios y las orejas. Había notado lo mismo en las uñas. El ojo sano sobresalía. La lividez se había extendido bastante. Todas las señales indicaban paro respiratorio.

– ¿Cuánto crees que tardó en morir? -preguntó Deborah.

– Demasiado. -St. James miró a Lynley por encima del informe de la autopsia-. ¿Hablaste con el patólogo?

– Todo coincidía con envenenamiento por cicuta. No existían lesiones específicas en la membrana mucosa del estómago. Irritación gástrica y edema pulmonar. La muerte tuvo lugar entre las diez de aquella noche y las dos de la madrugada.

– ¿Qué dijo el sargento Hawkins? ¿Por qué aceptó con tanta rapidez el DIC de Clitheroe la conclusión de envenenamiento accidental, y se retiró de la investigación? ¿Por qué permitieron que Shepherd la condujera solo?

– El DIC se había presentado en el lugar de los hechos cuando el cuerpo de Sage aún estaba allí. Quedó claro que, dejando aparte las heridas externas que se había hecho en la cara, la muerte había sido provocada por algún tipo de ataque. No sabían cuál. El detective que vio el cadáver pensó que era epilepsia cuando observó la lengua…

– Santo Dios -murmuró St. James.

Lynley asintió en señal de acuerdo.

– Después de tomar las fotografías, dejaron que Shepherd reuniera los detalles relativos a la muerte de Sage. Él lo pidió. En aquel momento, ni siquiera sabían que Sage había pasado toda la noche en la nieve, pues nadie informó de su desaparición hasta que no acudió a celebrar la boda de la Townley-Young.

– Pero ¿por qué no intervinieron cuando averiguaron que había ido a cenar a la casa?

– Según Hawkins, que se mostró bastante más cooperador cuando me presenté ante él, tarjeta de identificación en mano, que cuando hablamos por teléfono, tres factores influyeron en la decisión: la implicación del padre de Shepherd en la investigación, la visita de Shepherd a la casa la noche que murió Sage, pura coincidencia en opinión de Hawkins, y ciertos datos del forense.

– ¿La visita no fue una coincidencia? -preguntó St. James-. ¿Shepherd no estaba haciendo la ronda?

– La señora Spence le telefoneó para que acudiera a su lado -explicó Lynley-. Me dijo que quiso revelarlo en la encuesta, pero Shepherd insistió en declarar que había pasado durante la ronda. La Spence dijo que él había mentido porque quería protegerla de las habladurías y especulaciones gratuitas del pueblo después del veredicto.

– Da la impresión de que le salió el tiro por la culata, a juzgar por lo que pasó la otra noche en el pub.

– En efecto, pero eso es lo que me intriga, St. James. Cuando hablé con ella esta mañana, admitió que había telefoneado a Shepherd. ¿Qué necesidad tenía? ¿Por qué no se ciñó a la historia que habían acordado, una historia aceptada y creída, aunque a los lugareños no les guste?

– Quizá no estuvo de acuerdo con la historia de Shepherd desde el primer momento -sugirió St. James-. Si testificó antes que ella en la encuesta, dudo que se hubiera plegado a dejarle como un perjuro al decir la verdad.

– ¿Por qué no se ciñó a la historia? Su hija no estaba en casa. Si solo Shepherd y ella sabían que le había telefoneado, ¿qué motivo pudo tener para contarme algo diferente, aunque sea la verdad? Admitir eso equivale a condenarse.

– Tú no pensarás que soy culpable si admito que lo soy -murmuró Deborah.

– Pero eso es muy peligroso, joder.

– Funcionó con Shepherd -dijo St. James-. ¿Por qué no contigo? La Spence grabó en su mente la imagen de ella vomitando. La creyó y se puso de su parte.

– Ese fue el tercer factor que influyó en la decisión de Hawkins de llamar de vuelta al DIC. La indisposición. Según el forense… -Lynley dejó el vaso sobre la mesa, se caló las gafas y cogió el informe. Examinó la primera página, la segunda, y encontró lo que buscaba en la tercera-. Ah, ya lo tengo. «El envenenamiento por cicuta tiene buen pronóstico cuando la víctima logra vomitar.» El hecho de que ella se encontrara mal apoya la declaración de Shepherd de que ingirió algo de cicuta accidentalmente.

– A propósito. O no la tomó, lo más probable. -St. James cogió su pinta de Harp-. «Logra» es la palabra clave, Tommy. Indica que el vómito no es una consecuencia natural de la investigación. Ha de ser provocado. Debió tomar algún purgante, lo cual implica que sabía lo del veneno. Si ese es el caso, ¿por qué no telefoneó a Sage para avisarle, o envió a alguien en su busca?

– ¿Pudo darse cuenta de que le pasaba algo, pero no lo relacionó con cicuta? ¿Pudo suponer que era otra cosa? ¿Leche o carne en mal estado?

– Si es inocente, pudo suponer cualquier cosa. Hay que tener en cuenta esa posibilidad.

Lynley dejó el informe sobre la mesa, se quitó las gafas y pasó la mano por su pelo.

– Bien, no hemos avanzado ni un milímetro. Es un caso de sí-lo-hiciste, no-yo-no, a menos que descubramos algún móvil. ¿Te proporcionó alguno el obispo de Bradford?

– Robin Sage estaba casado -dijo St. James.

– Quería hablar con sus compañeros de sacerdocio sobre la mujer sorprendida en adulterio -añadió Deborah.

Lynley se inclinó hacia delante.

– Nadie dijo…

– Lo cual parece significar que nadie lo sabía.

– ¿Qué le pasó a su mujer? ¿Sage estaba divorciado? Una circunstancia muy extraña en un clérigo.