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– Murió hace unos diez o quince años. Un accidente náutico en Cornualles.

– ¿De qué tipo?

– Glennaven, el obispo de Bradford, no lo sabía. Telefoneé a Truro, pero no conseguí hablar con el obispo. El secretario no nos proporcionó otra cosa que el dato básico: un accidente náutico. Dijo que no podía dar información por teléfono. Qué clase de embarcación era, cuáles fueron las circunstancias, dónde ocurrió el accidente, qué tiempo hacía, si Sage la acompañaba cuando sucedió… Nada de nada.

– ¿Protegía a uno de los suyos?

– Al fin y al cabo, no sabía quién era yo. Y aunque lo supiera, no se puede decir que yo tuviera derecho a la información. No soy de ningún DIC. Y aunque lo fuera, no se trata de una misión oficial.

– ¿Qué opinas?

– ¿Sobre la idea de que estaba protegiendo a Sage?

– Y de paso la reputación de la Iglesia.

– Es una posibilidad. Es difícil desechar la relación con la mujer sorprendida en adulterio, ¿verdad?

– Si él la mató… -musitó Lynley.

– Quizá alguien esperó la oportunidad de vengarse.

– Dos personas solas en un velero. Un día tormentoso. Una ráfaga repentina. El viento agita la botavara, que golpea a la mujer en la cabeza, y cae por la borda al instante.

– ¿Podría fingirse ese tipo de muerte? -preguntó St. James.

– ¿Te refieres a un asesinato disfrazado de accidente? ¿Un golpe en la cabeza, en lugar de la botavara? Por supuesto.

– Un caso perfecto de justicia poética -apuntó Deborah-. Un segundo asesinato disfrazado de accidente. Simétrico, ¿no?

– La venganza perfecta -admitió Lynley-. Es cierto.

– Entonces, ¿quién es la señora Spence? -preguntó Deborah.

St. James enumeró las posibilidades.

– Una antigua ama de llaves que conocía la verdad, una vecina, una antigua amiga de la mujer.

– La hermana de la mujer -dijo Deborah-. La hermana de Sage.

– ¿Azuzada a volver a la Iglesia, aquí en Winslough, descubre que Sage es un hipócrita insufrible?

– Tal vez una prima, Simon, o alguien que también trabajaba para el obispo de Truro.

– ¿Alguien que estuviera liada con Sage? El adulterio puede afectar a los dos cónyuges, ¿no?

– Mató a su mujer para estar con la señora Spence, pero cuando ella descubrió la verdad, huyó.

– Las posibilidades son infinitas. El pasado de la señora Spence es la clave.

Lynley dio vueltas a la pinta sobre la mesa con aire pensativo. Anillos concéntricos de humedad indicaban cada posición. Había estado escuchando, pero se sentía inclinado a desechar todas sus conjeturas anteriores.

– ¿Algo peculiar en el pasado de Sage, St. James? -preguntó-. ¿Alcohol, drogas, un interés desmesurado en algo vergonzoso, inmoral o ilegal?

– Tenía pasión por las Sagradas Escrituras, pero eso es normal en un clérigo. ¿Qué andas buscando?

– ¿Algo sobre niños?

– ¿Pedofilia? -Lynley asintió-. Ni la menor insinuación.

– ¿Y si la Iglesia le estuviera protegiendo para salvar su reputación? ¿Te imaginas al obispo admitiendo que Robin Sage tenía debilidad por los niños del coro, que tuvieron que trasladarle…?

– Se trasladaba de un sitio a otro continuamente, según el obispo de Bradford -apuntó Deborah.

– ¿… porque no podía tener las manos quietas? Le prestaron ayuda, insistieron en ello. ¿Admitirían la verdad en público?

– Supongo que es tan probable como cualquier otra cosa, pero se me antoja la menos plausible de las explicaciones. ¿Quiénes son los niños del coro en este caso?

– Quizá no eran chicos.

– Estás pensando en Maggie, y en que la señora Spence le mató para poner fin a… ¿qué? ¿Abusos? ¿Seducción? Si ese es el caso, ¿por qué no lo dijo?

– Sigue siendo asesinato, St. James. Es la única pariente de la muchacha. ¿Se atrevería a confiar en que un jurado comprendiera su punto de vista, la absolviera y permitiera que siguiera al cuidado de una niña que depende de ella? ¿Correría ese riesgo? ¿Lo correría alguien? ¿Lo correrías tú?

– ¿Por qué no le denunció a la policía, o a la Iglesia?

– Es su palabra contra la de él.

– Pero la palabra de la hija…

– ¿Y si Maggie decidió proteger al hombre? ¿Si fue ella quien alentó la relación? ¿Y si se imaginaba enamorada de él, o a él enamorado de ella?

St. James se masajeó la nuca. Deborah hundió la barbilla en la palma de la mano. Ambos suspiraron.

– Me siento como la Reina Roja de Alicia -dijo Deborah-. Necesitamos correr dos veces más deprisa, y me he quedado sin aliento.

– Tiene mal aspecto -admitió St. James-. Hemos de saber más, y a ellos les basta con callar y dejarnos a oscuras de manera permanente.

– No necesariamente -dijo Lynley-. Aún hay que pensar en Truro. Nos permite un amplio margen de maniobra. Hay que investigar la muerte de la mujer, así como el pasado de Robin Sage.

– Dios, menuda excursión. ¿Irás tú, Tommy?

– No.

– Entonces, ¿quién?

Lynley sonrió.

– Alguien que esté de vacaciones. Como dos que yo me sé.

En Acton, la sargento detective Barbara Havers encendió la radio montada sobre la nevera e interrumpió a Sting en mitad de la canción sobre las manos de su padre.

– Sí, nene -dijo-. Canta, cariño.

Rió para sí. Le gustaba escuchar a Sting. Lynley afirmaba que su interés se basaba exclusivamente en el hecho de que Sting parecía afeitarse cada quince días, en una exhibición de supuesta virilidad cuyo objetivo era atraer a un buen número de seguidoras. Barbara se burlaba de la teoría. Aducía que Lynley era un esnob en lo tocante a la música, que no exponía sus aristocráticos oídos a cualquier pieza compuesta durante los últimos ochenta años. Barbara no tenía predilección auténtica por el rock, pero dadas sus preferencias, siempre se decantaba por clásica, jazz, blues o lo que el agente Nkata definía como «las canciones de la abuelita», por lo general algo de los cuarenta interpretado por una gran orquesta que ponía especial énfasis en los violines. Nkata era un devoto del blues, aunque Havers sabía que vendería su alma, por no mencionar su creciente colección de compactos, por cinco minutos a solas con Tina Turner.

– Da igual que sea lo bastante vieja para ser mi mamá -decía a sus compañeros-. Con una mamá así, nunca me habría ido de casa.

Barbara subió el volumen y abrió la nevera. Confiaba en que algo de lo que viera dentro estimulara su apetito. En cambio, el olor de una bandeja de cinco días de antigüedad la obligó a retroceder hacia el otro extremo de la cocina.

– Por los clavos de Cristo -murmuró con cierta reverencia, mientras pensaba en cómo deshacerse del paquete de pescado sin necesidad de tocarlo.

Se preguntó cuántas sorpresas malolientes más descubriría, envueltas en papel de plata, guardadas en recipientes de plástico o traídas a casa en cajas de cartón con la intención de comerlas a toda prisa, para luego olvidarlas. Desde su refugio, espió algo verde que trepaba por los bordes de un recipiente. Quiso creer que se trataba de guisantes abandonados. El color parecía correcto, pero la consistencia fibrosa sugería moho. Al lado, una nueva forma de vida parecía evolucionar de lo que había sido un plato de espaguetis. De hecho, toda la nevera recordaba a un desagradable experimento, dirigido por Alexander Fleming con la vista puesta en otro viaje a Estocolmo.

Con la mirada clavada en aquel desastre y el dedo índice apretado contra la nariz para respirar lo menos posible, Barbara se encaminó al fregadero. Rebuscó entre productos de limpieza, salvauñas, cepillos y unas masas informes apelmazadas que en otro tiempo habían sido paños de cocina. Desenterró una caja de bolsas de basura. Armada con una bolsa y una espátula, se encaminó a la batalla. Lo primero que fue a parar a la bolsa fue la bandeja, que chocó contra el suelo y envió un olor que provocó escalofríos a Barbara. Los guisantes cum antibiótico vinieron a continuación, seguidos de los espaguetis, un trozo de Gloucester que parecía haber desarrollado una interesante barba, un plato de salchichas con puré petrificadas y una caja de pizza que no tuvo valor para abrir. Un chow mein olvidado se unió a sus compañeros de desgracia, así como los restos esponjosos de medio tomate, tres gajos de pomelo y un cartón de leche que, como recordaba muy bien, había comprado en junio del año anterior.