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El jardín trasero era una pesadilla. El jardín delantero no existía. Y la casa necesitaba una dedicación intensiva. Había que reparar tuberías, pintar maderas, limpiar ventanas y completar una puerta delantera. Pese a que sus ingresos disminuían rápidamente y tenía el tiempo limitado a causa del trabajo, su plan original avanzaba con lentitud. Si no hacía algo por enlentecer todo el proyecto, que en un principio consideraba la garantía de que tendría fondos suficientes para mantener a su madre en Hawthorn Lodge por tiempo indefinido, el momento de mudarse a su propia casa se precipitaría sobre ella.

Barbara deseaba aquella independencia, y no paraba de repetírselo. Tenía treinta y tres años, nunca había vivido sola, ligada a su familia y sus infinitas necesidades. El que ahora pudiera hacerlo debería ser motivo de júbilo, pero no era así, y no lo había sido desde aquella mañana en que había trasladado a su madre a Greenford para que iniciara una nueva vida con la señora Fio.

La señora Fio había preparado un recibimiento que evitara toda preocupación. Un letrero de bienvenida sobre el pasamanos de la estrecha escalera y flores en la entrada. En la habitación de su madre, un tiovivo de porcelana giraba lentamente a los alegres acordes de The Entertainer.

– ¡Oh, Barbie! ¡Mira, mira! -había exclamado con voz entrecortada su madre. Apoyó la barbilla sobre el tocador y contempló los diminutos caballos que subían y bajaban.

También había flores en el dormitorio, lirios en un jarrón alto.

– Pensaba que necesitaría una acogida especial -dijo la señora Fio, mientras pasaba las manos sobre el corpiño de su blusa camisera a rayas-. Tratarla con dulzura para que sepa que queremos darle la bienvenida. He preparado café y pastelillos de simiente de amapola. Un poco pronto para el refrigerio, pero he pensado que usted tendría que marcharse enseguida.

Barbara asintió.

– Estoy trabajando en un caso en Cambridge. -Paseó la vista por la habitación. Estaba muy limpia y pulcra, recalentada por el sol que caía sobre la alfombra con dibujos de margaritas-. Gracias.

No se estaba refiriendo al café y las pastas.

La señora Fio palmeó su mano.

– No se preocupe por mamá. La cuidaremos bien, Barbie. ¿Puedo llamarla Barbie?

Barbara quiso decirle que solo sus padres habían utilizado aquel nombre, que la hacía sentir como una niña, necesitada de cuidados. Estaba a punto de corregirla con un «Barbara, por favor», cuando comprendió que significaría romper la ilusión de que aquella casa era un hogar, y de que aquellas mujeres -su madre, la señora Fio, la señora Salkild y la señora Pendlebury, una de las cuales era ciega y la otra víctima de la demencia- constituían una familia, en la cual se le ofrecía ingresar si le apetecía. Y así lo hizo.

Por lo tanto, no era la perspectiva de abandonar de forma permanente a su madre el motivo de que Barbara removiera los pies de vez en cuando, a medida que alumbraba la comprensión de que su sueño de vivir sola estaba a punto de convertirse en realidad. Era la perspectiva de su propio abandono.

Desde hacía dos meses, volvía cada día a una casa desierta, algo que había anhelado durante los años que su padre había pasado enfermo, algo que consideró indispensable cuando se dedicó a la tarea de cargar con su madre, una vez muerto su padre. Durante lo que se le antojaban años había buscado una solución para el problema de su madre, y ahora que había aparecido una como diseñada en el cielo (Dios, ¿existiría otra señora Fio en algún lugar de la tierra?), el objetivo de sus planes había pasado de cargar con su madre a cargar con la casa. Y como la casa no le ofrecía nada más con qué cargar, debía enfrentarse a la realidad de cargar con ella misma.

Sola, tendría que empezar a pensar en el aislamiento. Cuando sus compañeros marchaban del King's Arms por la noche -cuando MacPherson volvía a casa con su mujer y sus cinco hijos, cuando Hale se dirigía a librar una batalla cada vez más dudosa con el abogado que se encargaba de su divorcio, cuando Lynley desaparecía como un rayo para cenar con Helen, y Nkata iba en busca de alguna de sus seis novias para llevarla a la cama-, caminaba con parsimonia hacia la estación de St. James's Park, propinando patadas a la basura que se cruzaba en su camino. Viajaba hasta Waterloo, cambiaba a la línea del Norte y se acurrucaba en un asiento con un ejemplar del Times, fingiendo interés por los acontecimientos nacionales y mundiales para disimular su creciente pánico a la soledad.

No es un crimen sentirse así, se decía. Has estado dominada por alguien durante treinta y tres años. ¿Qué otra cosa esperabas sentir, cuando la presión desapareciera? ¿Qué sienten los prisioneros cuando abandonan la cárcel? Pues sentirme liberada, se contestaba, bailar por las calles, ir a uno de esos peluqueros elegantes de Knightsbridge, que cubren las ventanas con cortinas negras para exhibir instantáneas de mujeres sensuales cuyos peinados geométricos nunca se enmarañan o son alterados por el viento.

Cualquier otra persona en su situación, decidió, haría miles de planes, trabajaría febrilmente para poner a punto su casa, con el fin de venderla y empezar una nueva vida, que sin duda se iniciaría con un cambio de ropa, una modificación del cuerpo cortesía de un preparador parecido a Arnold Schwarzenegger, pero con mejor dentadura, un repentino interés por el maquillaje y un contestador automático para no perderse ni una llamada de los cientos de admiradores deseosos de compartir la vida con ella.

Pero Barbara siempre había sido un poco más práctica. Sabía que, si los cambios se presentaban, eran de forma lenta. Ahora, el traslado a Chalk Farm solo representaba tiendas desconocidas a las que acostumbrarse, calles desconocidas que recorrer, vecinos desconocidos que conocer. Todo debería hacerlo sola, sin oír otra voz que la suya por las mañanas, sin los ruidos amigables de alguien que trasteara cerca y, sobre todo, sin algún compañero comprensivo que estuviera dispuesto a escuchar ansioso cómo le había ido el día.

Claro que nunca había tenido un compañero comprensivo en su vida anterior, solo sus padres, que la esperaban por la noche, no para entablar una amena conversación, sino para devorar la cena y reintegrarse a la tele, donde contemplaban una sucesión de melodramas norteamericanos.

Aun así, sus padres habían constituido una presencia humana a lo largo de treinta y tres largos y continuados años. Si bien no habían llenado su vida de alegría, con la sensación de que el futuro era una pizarra virgen, habían estado a su lado, la habían necesitado. Y ahora, nadie la necesitaba.

Comprendió que no tenía tanto miedo de la soledad como de convertirse en uno de los seres invisibles de la nación, una mujer cuya presencia en la vida de cualquiera carecía de una importancia especial. La casa de Acton, sobre todo si su madre regresaba, eliminaría la posibilidad de descubrir que era un elemento innecesario en el mundo, que comía, dormía, se bañaba y excretaba como el resto de la humanidad, pero sacrificable, por lo demás. Cerrar la puerta con llave, entregar la llave al agente inmobiliario y seguir su camino significaba arriesgarse a descubrir su íntima importancia. Deseaba evitarlo tanto tiempo como pudiera.

Aplastó su cigarrillo, se puso en pie y estiró los miembros. Ir a un restaurante griego sonaba mejor que fregar y encerar el suelo de la cocina. Cordero souvlakia con arroz, dolmades y beber media botella de vino de Aristides, que se podía soportar, más o menos. Pero antes, la bolsa de basura.

Estaba donde la había dejado, junto a la puerta posterior. Barbara se alegró de comprobar que su contenido no había logrado salvar el estadio evolucionario que separaba el moho y las algas de algo con patas. La levantó y caminó por el sendero invadido de malas hierbas hasta los cubos de basura. Justo cuando introducía la bolsa en su interior, sonó el teléfono.