– Lo siento -dijo-. Ha sido una caída tonta. Me di un buen golpe. Torpe vaca vieja.
Se echó hacia delante en la silla con lentitud y se incorporó cuando llegó al borde.
Lynley la contempló con el ceño fruncido, observó la extraña manera de sujetar el jersey por delante con ambas manos. No se mantuvo recta. Cuando anduvo, se apoyó sobre la pierna derecha.
– ¿Quién ha venido a verla hoy, Polly? -preguntó con brusquedad.
Ella se detuvo con la misma brusquedad.
– Nadie. Que yo recuerde, al menos. -Fingió que meditaba sobre la pregunta, arrugó el entrecejo y se concentró en la alfombra, como si contuviera la respuesta-. No. Nadie en absoluto.
– No la creo. No se cayó, ¿verdad?
– Sí, ahí atrás.
– ¿Quién fue? ¿Ha venido a verla Townley-Young? ¿Quería hablar con usted sobre las gamberradas de Cotes Hall?
Polly aparentó auténtica sorpresa.
– ¿La mansión? No.
– ¿Sobre lo de anoche en el pub, entonces, sobre el hombre que la acompañaba? Era su yerno, ¿verdad?
– No. Quiero decir, sí. Era Brendan, cierto, pero el señor Townley-Young no ha venido.
– En ese caso, ¿quién…?
– Me caí. Me di un buen golpe. Eso me enseñará a ser más precavida.
Salió de la sala.
Lynley se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí, se acercó a la librería. Volvió otra vez a la ventana. Un radiador de pared siseaba al pie, insistente e irritante. Intentó girar el mando. Parecía atorado. Lo agarró, forcejeó con él, se quemó la mano y maldijo.
– Tommy.
Se volvió hacia St. James, que no se había movido del sofá.
– ¿Quién? -preguntó.
– Quizá sea más importante ¿por qué?
– ¿Por qué? Por el amor de Dios…
St. James habló con voz pausada.
– Considera la situación. Scotland Yard llega y empieza a hacer preguntas. Todo el mundo piensa ceñirse a la línea establecida. Tal vez Polly no quiere. Tal vez alguien lo sabe.
– Joder, St. James, esa no es la cuestión. Alguien la pegó, alguien que anda por ahí, alguien…
– Estás muy ocupado y ella no quiere hablar. Quizá tenga miedo. Quizá esté protegiendo a alguien. No lo sabemos. Lo más importante es saber si lo que le ha pasado está relacionado con lo ocurrido a Robin Sage.
– Hablas como Barbara Havers.
– Alguien ha de hacerlo.
Polly volvió con una hoja de papel en la mano.
– Hamilton House -dijo-. Aquí tienen el teléfono.
Lynley guardó la hoja en el bolsillo.
– ¿Cuántas veces fue el señor Sage a Londres?
– Cuatro. Tal vez cinco. Puedo mirar en su agenda, si quiere saberlo con seguridad.
– ¿Su agenda sigue aquí?
– Con todas sus cosas. Su testamento decía que todas sus cosas iban a la caridad, pero no aclaraba cuáles. El consejo eclesiástico dijo que lo empaquetara todo hasta decidir dónde lo enviarían. ¿Quieren echar un vistazo?
– Si nos lo permite.
– En el estudio.
Les guió por el pasillo, al otro lado de la escalera. Por lo visto, se había dedicado a limpiar algunas manchas de la alfombra aquel mismo día, porque Lynley reparó en manchas de humedad que no había visto al entrar en la casa, cerca de la puerta, y un rastro irregular hasta la escalera, donde una pared también se veía lavada. Un pedazo de tela multicoloreado asomaba bajo un jarrón sin flores que se erguía frente a la escalera. Mientras Polly continuaba caminando, distraída, Lynley lo recogió. Descubrió que era frágil, similar a la gasa, trenzado con hilos de un dorado metálico. Le recordó los vestidos y faldas indias que solían venderse en los mercadillos. Lo enrolló alrededor de su dedo, pensativo, notó que poseía una rigidez extraña y lo alzó hacia la luz del techo, que Polly había encendido mientras avanzaba hacia la parte delantera de la casa. Una enorme mancha rojiza cubría el fragmento. Estaba deshilachado en los bordes, arrancado de una pieza más grande, pero no cortado con tijeras. Lynley lo examinó con escaso asombro. Lo guardó en el bolsillo y siguió a St. James hasta el estudio.
Polly se paró junto al escritorio. Había encendido la lámpara que descansaba sobre el mueble, de forma que su cabello arrojaba una sombra oblicua sobre su cara. La habitación estaba llena de cajas de cartón, todas etiquetadas. Una de ellas estaba abierta. Contenía prendas de vestir, y de ella debían proceder los pantalones de Polly.
– Tenía muchas posesiones -comentó Lynley.
– Nada importante. Le gustaba guardar cosas. Cuando yo quería tirar algo, lo dejaba sobre su escritorio para que decidiera. Guardaba cosas de Londres, sobre todo. Billetes de entrada a los museos, un pase de metro valedero por un día. Como si fueran recuerdos. Coleccionaba cosas raras. Muchas personas lo hacen.
Lynley paseó entre las cajas y leyó las etiquetas. «Solo libros», «retrete», «asuntos de la parroquia», «sala de estar», «hábitos», «zapatos», «estudio», «escritorio», «dormitorio», «sermones», «revistas», «cosas sueltas»…
– ¿Qué hay ahí dentro? -preguntó por fin.
– Cosas de sus bolsillos, trozos de papel… Programas de teatros, cosas así.
– ¿Dónde encontró la agenda?
Polly señaló las cajas etiquetadas «estudio, escritorio y libros». Lynley empezó a moverlas de sitio para tener el acceso más fácil.
– ¿Quién ha tocado las pertenencias del vicario, aparte de usted? -preguntó.
– Nadie. El consejo eclesiástico ordenó que lo empaquetara todo y lo etiquetara, pero aún no ha examinado las cajas. Supongo que querrá quedarse la de los asuntos parroquiales, ¿verdad?, y quizá deseen dar sus sermones al nuevo vicario. Las ropas puede que le vayan…
– ¿Y antes de que guardara las cosas en cajas? -interrumpió Lynley-. ¿Quién examinó sus pertenencias?
Polly vaciló. Estaba cerca de él. Lynley captó el olor a sudor que impregnaba la lana de su jersey.
– ¿Alguien examinó sus pertenencias -aclaró Lynley- durante la investigación, después de la muerte del vicario?
– El agente.
– ¿Registró las cosas del vicario a solas? ¿Le acompañó usted o su padre?
Polly se humedeció con la lengua el labio superior.
– Le llevaba té cada día. Entraba y salía.
– ¿Trabajó a solas? -Polly asintió-. Entiendo. -Abrió la primera caja, mientras St. James hacía lo propio con otra-. Maggie Spence solía visitar al vicario, según tengo entendido. El vicario la apreciaba mucho.
– Supongo que sí.
– ¿Se encontraban a solas?
– ¿A solas?
Polly se pellizcó un padrino del pulgar.
– El vicario y Maggie. ¿Se encontraban a solas? ¿Aquí? ¿En la sala de estar? ¿En algún otro sitio? ¿Arriba?
Polly paseó la vista por el estudio, como si intentara recuperar la memoria.
– Sobre todo aquí, diría yo.
– ¿A solas?
– Sí.
– ¿La puerta estaba abierta o cerrada?
Polly empezó a abrir una caja.
– Cerrada. Casi siempre. -Continuó, antes de que Lynley pudiera formular otra pregunta-. Les gustaba hablar sobre la Biblia. Les encantaba. Yo les entraba té. El vicario estaba sentado en aquella butaca -señaló una butaca almohadillada sobre la que descansaban tres cajas más-, y Maggie se acomodaba en el taburete, allí, frente al escritorio.
A un discreto metro, observó Lynley. Se preguntó quién la había colocado allí, Sage, Maggie o la propia Polly.
– ¿Se reunía el vicario con otros jóvenes de la parroquia? -preguntó.
– No. Solo con Maggie.
– ¿Lo consideraba usted extraño? Al fin y al cabo, había un club social de adolescentes, según me han dicho. ¿Se reunía alguna vez con ellos?
– Cuando llegó, hubo una asamblea de jóvenes, para fundar el club. Recuerdo que les hice panecillos.
– ¿Solo Maggie venía aquí? ¿Qué pensaba su madre?
– ¿La señora Spence? -Polly removió el contenido de la caja. Fingió que lo examinaba. En apariencia, consistía sobre todo en papeles mecanografiados-. La señora Spence nunca venía.