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– ¿Telefoneaba?

Polly meditó la respuesta. St. James se dedicaba a examinar un fajo de papeles y una pila de folletos.

– Una vez. Casi a la hora de cenar. Maggie seguía aquí. La señora Spence quería que volviera a casa.

– ¿Estaba enfadada?

– Hablamos muy poco, así que no sé decirle. Solo preguntó si Maggie estaba aquí, con cierta brusquedad. Dije que sí y fui a buscarla. Maggie habló por teléfono, sí, mamá, no, mamá, y escucha, por favor, mamá. Después, se fue a casa.

– ¿Disgustada?

– Un poco compungida y arrastrando los pies, como si la hubieran sorprendido haciendo algo que no debía. Apreciaba mucho al vicario, y él a ella, pero a su mamá no le gustaba, de modo que Maggie le veía a escondidas.

– Y su madre lo descubrió. ¿Cómo?

– La gente ve cosas. Habla. No existen secretos en un pueblo como Winslough.

A Lynley se le antojó una afirmación precipitada. Por lo que había podido observar, Winslough albergaba montones de secretos, y casi todos estaban relacionados con el vicario, Maggie, el agente de policía y Juliet Spence.

– ¿Es esto lo que andamos buscando? -preguntó St. James, y Lynley vio que sostenía una pequeña agenda de plástico y lomo en espiral. St. James se la dio y continuó registrando la caja que había abierto.

– Les dejaré solos -dijo Polly, y salió. Al cabo de un momento, oyeron que abría el grifo de la cocina.

Lynley se caló las gafas y pasó las páginas de la agenda, desde diciembre hacia atrás. Observó, en primer lugar, que si bien el veintitrés contenía la referencia a la boda de los Townley-Young, y la mañana del veintidós tenía garrapateado «Power/Townley-Young» a las diez y media, no había referencias en el mismo día a la cena con Juliet Spence. No obstante, vio una anotación en el día anterior, el apellido «Yanapapoulis» escrito en diagonal sobre las líneas.

– ¿Cuándo le conoció Deborah? -preguntó Lynley.

– Cuando tú y yo estábamos en Cambridge. En noviembre. Un martes. ¿Un veintipico, tal vez?

Lynley pasó las páginas hacia atrás. Estaban plagadas de anotaciones sobre la vida del vicario. Reuniones con los fieles, visitas a los enfermos, la asamblea del club juvenil, bautismo, tres funerales, dos bodas, sesiones que parecían de asesoramiento matrimonial, presentaciones ante el consejo eclesiástico, dos reuniones sacerdotales en Bradford.

Encontró lo que buscaba el martes dieciséis, «SS», al lado de la una del mediodía. La pista se enfriaba a partir de aquel momento. Más atrás, había nombres apuntados junto a horas, hasta la llegada del vicario a Winslough. Nombres propios, y también apellidos. Era imposible deducir si pertenecían a feligreses o a conocidos de Sage en Londres. Lynley levantó la vista.

– SS -dijo a St. James-. ¿Te sugiere algo?

– Las iniciales de alguien.

– Tal vez, solo que no emplea iniciales en ningún otro sitio. Siempre apellidos, excepto esta vez. ¿Qué te sugiere?

– ¿Una organización? -St. James adoptó un aire pensativo-. Me vienen los nazis a la mente.

– ¿Robin Sage, un neonazi? ¿Un skinhead camuflado?

– ¿Servicio Secreto, tal vez?

– ¿Robin Sage, el James Bond particular de Winslough?

– No, en ese caso pondría MI5 o 6, ¿verdad? O SIS. -St. James empezó a devolver objetos a la caja-. Poca cosa más, a excepción de la agenda. Papel de carta, tarjetas, incluida la suya, parte de un sermón sobre los lirios del valle, tinta, plumas, lápices, guías agrícolas, dos paquetes de semillas de tomate, un archivo de correspondencia con cartas de despedida, cartas de solicitud de empleo, cartas de aceptación. Una solicitud para…

St. James frunció el ceño.

– ¿Qué?

– Cambridge. Llenada en parte. Doctor en teología.

– ¿Y?

– No es eso. Es la solicitud, cualquier solicitud. Llenada en parte. Me recuerda lo que Deborah y yo hemos… Da igual. Me trae a la mente SS. ¿Qué te parece Servicios Sociales?

Lynley captó la relación que su amigo había establecido con su vida.

– ¿Quería adoptar un niño?

– ¿O colocar a un niño?

– Joder. ¿Maggie?

– Quizá consideraba a Juliet Spence una madre inepta.

– Eso pudo empujarla a la violencia. -Buena idea.

– Pero nadie lo ha insinuado en ningún momento.

– Suele pasar, cuando la situación es extremada. Ya sabes cómo es. El niño tiene miedo de hablar, no confía en nadie. Cuando por fin encuentra a alguien en quien puede confiar…

St. James bajó las tapas de la caja y apretó el celo para volver a pegarlo.

– Puede que hayamos examinado a Robin Sage desde un punto de vista equivocado -dijo Lynley-. Todos esos encuentros con Maggie a solas. En lugar de seducirla, quizá intentaba llegar al corazón de la verdad. -Lynley se sentó en la silla del escritorio y dejó la agenda sobre él-. Esto no son más que especulaciones gratuitas. No sabemos lo suficiente. Ni siquiera sabemos cuándo iba a Londres, porque la agenda no nos dice dónde estaba. Hay listas de nombres y horas, montones de citas, pero aparte de Bradford, no se menciona ningún otro lugar.

– Guardaba las facturas -anunció Polly Yarkin desde la puerta. Sujetaba una bandeja sobre la que había amontonado una tetera, dos tazas con sus platillos y un paquete medio aplastado de galletas de chocolate. Depositó la bandeja sobre el escritorio-. Facturas de hoteles. Las guardaba. Pueden compararlas con las fechas.

Encontraron las facturas de hotel de Robin Sage en la tercera caja que probaron. Daban cuenta de cinco visitas a Londres, que empezaban en octubre y terminaban justo dos días antes de su fallecimiento, el 21 de diciembre, donde estaba escrito «Yanapapoulis». Lynley comparó las fechas de las facturas con la agenda, pero solo obtuvo tres datos más que se le antojaron algo prometedores: el nombre «Kate» al lado de las doce del mediodía, el 11 de octubre, fecha de la primera visita de Sage a Londres; un número de teléfono en la segunda, y «SS» de nuevo en la tercera.

Lynley marcó el número. Era una central telefónica de Londres.

– Servicios Sociales -anunció una voz exhausta, después de una larga jornada de trabajo.

Lynley sonrió y alzó un pulgar en dirección a St. James. Sin embargo, no obtuvo nada productivo de la conversación. No hubo manera de averiguar el propósito de cualquier llamada a Servicios Sociales que Robin Sage pudo efectuar. Nadie apellidado Yanapapoulis trabajaba en la institución, ni tampoco fue posible seguir el rastro del funcionario con quien Robin Sage había hablado cuando llamó, si es que llegó a telefonear. Para colmo, si visitó Servicios Sociales durante uno de sus desplazamientos a Londres, se había llevado el secreto a la tumba. Al menos, ya tenían algo con qué trabajar, por mínimo que fuera.

– ¿Le mencionó alguna vez el señor Sage Servicios Sociales, Polly? -preguntó Lynley-. ¿Alguna vez le telefonearon de Servicios Sociales?

– ¿Servicios Sociales? ¿Se refiere a los que se ocupan de ancianos y así?

– Por cualquier motivo. -La mujer meneó la cabeza-. ¿Dijo Sage que se proponía visitar Servicios Sociales cuando iba a Londres? ¿Alguna vez trajo consigo documentos o papeles?

– Quizá haya algo en cosas sueltas.

– ¿Cómo?

– Si trajo algo y lo guardó en el estudio, estará en la caja de cosas sueltas.

Cuando lo abrió, Lynley descubrió que la caja de cosas sueltas era como una muestra dispersa de la vida de Robin Sage. Contenía de todo, desde planos del metro de Londres anteriores a la línea del Jubileo, hasta una colección amarillenta del tipo de folletos históricos que se puede comprar por diez peniques en iglesias rurales. Una pila de críticas literarias recortadas del Times parecían lo bastante frágiles para sugerir que habían sido coleccionadas a lo largo de muchos años, y su examen reveló que los gustos del vicario tendían hacia las biografías, la filosofía y lo que hubiera sido nominado para el premio Booker en un año determinado. Lynley pasó un montón de papeles a St. James y se hundió en la silla del escritorio para examinar otro. Polly deambuló con cautela a su alrededor, reordenó unas cajas, comprobó el celo de otras. Lynley sintió que su mirada se posaba en él repetidas veces, para luego desviarse.