Entró en el coche e introdujo la llave de encendido. El motor rugió. Los faros se encendieron. Puso la marcha atrás.
Lynley se apoyó en el coche para decir unas últimas palabras, que St. James no pudo oír, a excepción de «… esto con usted…», mientras apretaba algo en la mano de Shepherd. El coche descendió hacia la calle, las marchas gimieron otra vez y el agente se alejó.
Lynley le siguió con la mirada. St. James miró a Lynley. Tenía el rostro sombrío.
– No soy lo bastante parecido a mi padre -murmuró-. Le habría sacado a rastras del coche, pisoteado la cara y roto unos seis u ocho dedos. Una vez lo hizo, frente a un pub de St. Just. Tenía veintidós años. Alguien se había burlado de los sentimientos de Augusta, y él se hizo cargo de la situación. «Nadie rompe el corazón de mi hermana», dijo.
– No es la mejor solución.
– No -suspiró Lynley-, pero siempre he pensado que debe de ser fantástico.
– Cualquier reacción atávica lo es, en su momento. Lo que sigue es el causante de las complicaciones.
Volvieron al camino particular, donde Lynley recogió la caja de cosas diversas. A eso de medio kilómetro, en la carretera, vieron las luces posteriores del Land Rover. Shepherd había parado en la cuneta por algún motivo. Sus faros iluminaban la forma mellada de un seto. Observaron un momento, para ver si continuaba su camino. Como no lo hizo, empezaron a caminar hacia el hostal.
– ¿Y ahora? -preguntó St. James.
– Londres. Es la única dirección que se me ocurre en este momento, puesto que los sospechosos de peso no parecen llevarnos a ningún sitio.
– ¿Utilizarás a Havers?
– Hablando de peso -rió Lynley-. No, me encargaré yo mismo. Como la he enviado a Truro a cuenta de mis tarjetas de crédito, no creo que vaya y vuelva en las veinticuatro horas prescritas en el cuerpo. Yo diría unos tres días… con hoteles de primera clase, sin duda. Por lo tanto, yo me ocuparé de Londres.
– ¿Qué podemos hacer para ayudarte?
– Disfrutar de las vacaciones. Lleva a Deborah de excursión. A Cumbria, por ejemplo.
– ¿Los lagos?
– Es una idea, pero tengo entendido que Aspatria es muy bonito en enero. St. James sonrió.
– Menudo viaje de un día nos vamos a pegar. Tendremos que levantarnos a las cinco. Me las pagarás. Y si no descubrimos nada sobre la Spence allí, me las pagarás dos veces.
– Como siempre.
Un gato negro salió de entre dos edificios delante de ellos, con algo gris y flácido entre sus fauces. El animal lo depositó sobre la calzada y empezó a palmearlo suavemente, con la crueldad indiferente de todos los gatos, a la espera de atormentarlo un poco más antes de acabar de un zarpazo con las infructuosas esperanzas del cautivo. Cuando se acercaron, el animal se quedó petrificado, se inclinó sobre su presa y erizó el pelaje. St. James vio que una rata parpadeaba indefensa entre las garras del gato. Pensó en ahuyentar al gato. Aquel juego era innecesariamente despiadado, pero sabía que las ratas eran portadoras de enfermedades. Era mejor, y más piadoso, dejar que el gato continuara.
– ¿Qué habrías hecho si Polly hubiera nombrado a Shepherd?
– Arrestar a ese bastardo. Entregarle al DIC de Clitheroe. Despedirle de su cargo.
– ¿Y cómo no le nombró?
– Tendré que enfocarlo desde otra dirección.
– ¿Para pisotearle?
– De una forma metafórica. Soy hijo de mi padre en deseos, ya que no en hechos. No me siento orgulloso de ello, pero eso es lo que hay.
– ¿Qué le diste a Shepherd antes de que se fuera?
Lynley ajustó la caja bajo el brazo.
– Algo en qué pensar.
Colin recordaba con perfecta claridad la última vez que su padre le había pegado. Tenía dieciséis años. Alocado, demasiado enfurecido para pensar en las consecuencias de su desafío, se había levantado como una furia para defender a su madre. Apartó su silla de la mesa (aún recordaba el arañazo sobre el suelo y el golpe que dio al chocar contra la pared) y gritó: «¡Déjala en paz, papá!». Agarró a su padre del brazo para impedir que la abofeteara otra vez.
La cólera de papá siempre se desataba por algo sin importancia, y como nunca sabían cuándo su cólera daría paso a la violencia, era mucho más aterrador. Cualquier cosa podía encenderle: el estado de un filete en la cena, un botón de la camisa extraviado, una solicitud de dinero para pagar la factura del gas, un comentario sobre la hora en que había llegado a casa la noche anterior. Aquella noche en particular fue una llamada telefónica del profesor de biología de Colin. Otro examen suspendido, retrasos en clase, ¿había algún problema en casa?, había preguntado el señor Tranville.
Su madre lo había comentado durante la cena, vacilante, como si intentara telegrafiar a su marido un mensaje que no deseaba decir delante de su hijo.
– El profesor de Colin preguntó si había problemas en casa, Ken. Dijo que un poco de asesoramiento…
Hasta ahí pudo llegar.
– ¿Asesoramiento? -dijo papá-. ¿He oído bien? ¿Asesoramiento?
Su tono fue suficiente para advertir a la mujer que lo mejor habría sido cenar en silencio y guardarse la llamada para ella. En cambio, prosiguió:
– El chico no puede estudiar, Ken, si todo está hecho un caos. Lo entiendes, ¿verdad?
Su voz suplicaba comprensión, pero solo consiguió traicionar su miedo.
Papá se complacía en el miedo. Adoraba azuzarlo con un poco de intimidación. Primero, dejó el cuchillo sobre la mesa, y después el tenedor. Empujó la silla hacia atrás.
– Háblame de ese caos, Clare -dijo. Cuando ella comprendió sus intenciones y dijo que no era nada, en realidad, su padre continuó-. No, dímelo. Quiero saberlo. -Como ella no colaboró, se levantó-. Contesta, Clare.
– Nada. Come, Ken.
Entonces, papá se abalanzó sobre ella.
Solo había logrado golpearla tres veces (con una mano le retorcía el cabello y con la otra pegaba, cada vez más fuerte cuando ella gritaba), cuando Colin le sujetó. La reacción de su padre fue la misma que cuando Colin era pequeño. Las caras de mujer estaban hechas para machacarlas con la mano abierta. Con los niños, un hombre de verdad utilizaba los puños.
Esta vez, la diferencia fue que Colin era más grande. Si bien tenía miedo de su padre como siempre, estaba muy enfadado. El miedo y la cólera provocaron una descarga de adrenalina. Cuando papá le pegó, Colin le devolvió el golpe por primera vez en su vida. Su padre tardó más de cinco minutos en imponerse, con los puños, el cinturón y los pies. Pero cuando la pelea terminó, el delicado equilibrio de fuerzas había cambiado. Cuando Colin dijo:
– La próxima vez te mataré, asqueroso bastardo. Prueba y verás.
Vio por un instante, reflejado en la cara de su padre, que él también era capaz de inspirar temor.
Fue motivo de orgullo para Colin que su padre no volviera a pegar a su madre, que su madre solicitara el divorcio un mes después y, sobre todo, que se hubieran librado de aquel bastardo gracias a él. Había jurado que nunca sería como su padre. Nunca más pegaría a un ser viviente. Hasta Polly.
Colin, que había aparcado el Land Rover en la cuneta de la carretera que salía de Winslough, restregó entre sus palmas el fragmento de tela de la falda de Polly que el inspector había apretado en su mano. Qué gran placer había experimentado: notar el aguijón de la piel contra su palma, arrancar con tanta facilidad de su cuerpo la tela, saborear el gusto salado de su miedo, oír sus gritos, sus súplicas, y sobre todo sus sollozos entrecortados de dolor -nada de gemidos de excitación sexual, ¿eh, Polly?, ¿no era esto lo que querías, no era esto lo que deseabas que sucediera entre nosotros?-, y aceptar por fin el triunfo de su derrota. La golpeó, la machacó, la dominó, sin dejar de decir puta vaca guarra puerca con la voz de su padre.
Lo hizo arrastrado por una ciega oleada de rabia y desesperación, ansioso por mantener alejados el recuerdo y la verdad de Annie.