– Yo… Sí. Esperaré. No me marcharé. -Alzó la mano de Colin y la apretó contra sus labios. Luego, arrugó la frente. Le condujo hacia la luz de la entrada-. Te has herido -dijo-. Colin, ¿qué te has hecho en la cara?
– Nada por lo que debas preocuparte. Jamás.
Volvió a besarla.
Cuando le vio alejarse, cuando el ruido del motor del Rover se desvaneció y fue sustituido por el viento de la noche que gemía entre los árboles, Juliet dejó caer de los hombros la chaqueta y la dejó junto a la puerta principal. Tiró la bufanda encima. Conservó los guantes.
Los examinó. Eran de cuero viejo bordeado de piel de conejo, suave como una pluma después de tantos años de utilizarlos. Un hilo colgaba de la muñeca derecha. Los apretó contra sus mejillas. La piel estaba fría, pero no notó la temperatura de su cara a través de los guantes, y tuvo la sensación de que alguien la tocaba, como si rodeara su cara de ternura, amor, alegría o cualquier otra cosa relacionada remotamente con un vínculo sentimental.
Por culpa de aquello había empezado todo: su necesidad de un hombre. Había logrado evitar la necesidad durante años, gracias a su permanente aislamiento, solo mamá y Maggie, que soportaban a la raza humana en un lugar u otro del país. Había reprimido el anhelo interior y el dolor sordo del deseo concentrando todas sus energías en Maggie, porque Maggie era toda su vida.
Juliet sabía que había pagado por aquella noche de angustia con una moneda acuñada de una parte de la máscara que jamás traicionaba su aflicción. Desear un hombre, morir de ganas por tocar los duros ángulos de su cuerpo, anhelar yacer a su lado, a horcajadas o arrodillada, experimentar aquel momento de placer en que los cuerpos se unían… Aquellas eran las lagunas que la habían empujado hacia el desastre actual. Complacer aquel deseo físico, que jamás había conseguido erradicar por completo, pese a los años que se negó a reconocerlo, era el desencadenante de la pérdida de Maggie.
Había docenas de motivos que ladraban en su cabeza, pero se aferró a uno de ellos porque, si bien deseaba hacerlo, ya no podía mentirse acerca de su importancia. Debía aceptar que su relación con Colin había sido el desencadenante de lo sucedido con Maggie.
Polly le había hablado de él mucho antes de que le viera en persona. Se sintió a salvo en la creencia de que, como Polly estaba enamorada del hombre, como era mucho más joven que ella, como apenas le veía -como apenas veía a nadie, ahora que habían encontrado lo que parecía el lugar ideal para reemprender sus vidas-, gozaba de pocas oportunidades de relacionarse o intimar. Ni siquiera cuando acudió aquel día a la casa por un asunto oficial y le vio aparcado en la pista, leyó la patente desesperación en su cara y recordó que Polly le había contado la historia de su mujer, incluso cuando notó los primeros síntomas de que el hielo de su compostura se fundía al ver su aflicción y por primera vez en años reconocía el dolor de un extraño, no creyó que representara ningún peligro para la debilidad que creía haber dominado.
Solo notó una agitación en el corazón cuando él entró en la casa y le vio contemplar los sencillos accesorios de la cocina con una añoranza muy mal disimulada. Al principio, mientras se disponía a llenar dos vasos de vino hecho en casa, paseó la vista a su alrededor para intentar descifrar qué le había conmovido. Sabía que no podían ser los muebles -cocina, mesa, sillas, alacenas- y se preguntó si el resto le había emocionado de alguna manera. ¿Era posible que un hombre se sintiera conmovido por una hilera de especias, violetas africanas en la ventana, tarros sobre la encimera, dos hogazas de pan dejadas a enfriar, una fila de platos lavados, un paño de cocina que colgaba a secar de un cajón? ¿O se trataba del dibujo pegado con Blu-Tack a la pared, encima de la cocina, dos figuras ahusadas con faldas, una de ellas con unos pechos que parecían trozos de carbón, rodeadas por flores tan altas como ellas y coronadas por las palabras «Te quiero, mamá», escritas por una mano de cinco años? Él lo miró, la miró a ella, desvió la vista y, al final, ya no supo adonde mirar.
Pobre hombre, había pensado. Fue el principio del fin. Sabía lo de su mujer, empezó a hablar y no había sido capaz de retroceder desde aquel momento. En algún momento de la conversación había pensado: «Solo esta vez oh Dios tener a un hombre así solo esta vez una vez más sufre tanto y si yo lo controlo si solo yo actúo si solo él recibe placer sin pensar en mí no puede ser tan malo», y cuando él le preguntó sobre la escopeta y por qué la había usado y cómo, ella le había mirado a los ojos. Contestó con brevedad y concisión. Y cuando él se iba a marchar, después de haber reunido toda la información, y gracias, señora, por concederme su tiempo, decidió enseñarle la pistola para impedir que se fuera. Disparó y aguardó su reacción, a que se la quitara, para tocar su mano cuando lo hiciera, pero él no lo hizo, mantuvo las distancias, y Juliet comprendió de repente con asombro que él estaba pensando las mismas palabras. «Solo esta vez oh Dios solo esta vez.»
No sería amor, decidió, porque le llevaba aquellos feos y desmesurados diez años, porque no se conocían y no habían hablado hasta entonces, porque la religión a la que había renunciado mucho tiempo atrás afirmaba que el amor no surgía de permitir a las necesidades de la carne dominar las necesidades del alma.
Retuvo aquellos pensamientos a medida que transcurría su primera tarde juntos, creyéndose a salvo del amor. Solo se trataba de puro placer, y después lo olvidarían.
Tendría que haber sido consciente del enorme peligro que él representaba cuando miró el reloj de la mesilla de noche y comprobó que habían pasado más de cuatro horas y ni siquiera había pensado en Maggie. Tendría que haberlo terminado en ese momento, la culpabilidad en sustitución de la paz amodorrada que acompañaba a sus orgasmos. Tendría que haber clausurado su corazón y expulsarle de su vida con algo brusco y ofensivo como «para ser un poli, follas bastante bien». En cambio, dijo:
– Oh, Dios mío.
Él comprendió.
– He sido egoísta -dijo-. Estabas preocupada por tu hija. Me voy a ir. Te he entretenido demasiado rato. Yo…
Cuando paró de hablar, Juliet no miró en su dirección, pero notó que su mano le acariciaba el brazo.
– No sé cómo definir lo que he sentido -siguió Colin-, o lo que siento, pero estar contigo ha sido como… No ha sido suficiente. Ni siquiera lo es ahora. No sé qué significa eso.
Ella tendría que haber contestado con sequedad: «Significa que ibas caliente, agente. Los dos. Aún lo estamos, de hecho», pero no lo hizo. Escuchó sus movimientos cuando se vistió, y trató de pensar en alguna frase breve y cortante para despedirle.
Cuando Colin se sentó en el borde de la cama y la volvió hacia él, con una expresión a caballo entre el asombro y el miedo, tuvo la oportunidad de cruzar la línea. Pero no lo hizo. En cambio, le oyó decir:
– ¿Es posible que te ame con tal rapidez, Juliet Spence? ¿Así de sencillo? ¿En una tarde? ¿Es posible que mi vida cambie tanto?
Y como ella sabía que la vida puede cambiar irrevocablemente en el instante que uno comprende su capricho malicioso, contestó:
– Sí, pero no lo hagas.
– ¿Qué?
– Amarme, o permitir que tu vida cambie.
Colin no comprendió. En realidad, no podía. Pensó que, quizá, estaba coqueteando.
– Nadie puede controlar eso -dijo, y cuando recorrió poco a poco su cuerpo con las manos, y su cuerpo le recibió contra su voluntad, supo que tenía razón.
La llamó aquella noche, bastante después de las doce.
– No sé qué pasa -dijo-. No sé cómo explicarme. Pensé que si oía tu voz… Es que nunca había sentido… Bueno, es lo que dicen todos los hombres, ¿no? Nunca me había sentido así, de modo que deja que te baje las bragas y lo pruebe una o dos veces más. Y se trata de eso, no quiero mentir, pero hay algo más y no sé qué es.