– Porque lo sé. Porque he vivido siempre aquí. No podemos subir y bajar montañas en plena noche, cosa que haríamos si fuéramos en dirección oeste. Hemos de rodearlas.
– Pero…
Nick aplastó el cigarrillo contra la suela del zapato. Se puso en pie de un salto.
– Vamos. -Subió al muro y extendió la mano hacia ella, que le imitó-. Hemos de guardar silencio. Habrá perros.
Atravesaron el prado casi en silencio. El único ruido procedía de las suelas de sus zapatos, que crujían sobre el suelo cubierto de escarcha. Al llegar al último muro, Nick se puso de puntillas, asomó la cabeza lentamente y examinó la zona. Maggie le miró desde abajo, pegada al muro y cogiéndose las rodillas.
– El establo está al otro lado del patio -dijo Nick-. Parece de mierda sólida, sin embargo. Nos vamos a poner perdidos. Cógete a mí con fuerza.
– ¿Algún perro?
– No veo, pero habrá.
– Nick, si ladran o nos persiguen, ¿qué vamos a…?
– No te preocupes. Vamos.
Trepó. Ella le siguió, se arañó la rodilla con la última piedra y notó el correspondiente tirón en el muslo. Lanzó un tenue maullido cuando sintió el fugaz calor de la erosión en su piel, pero aquello era cosa de niños, llegados a aquel punto. No se permitió el menor renqueo cuando saltó al suelo. Estaba erizado de helechos a lo largo del borde del muro, pero sembrado de surcos y estiércol a medida que se acercaban a la granja. En cuanto abandonaron la protección de los helechos, cada paso que daba emitía sonidos de succión. Maggie notó que sus pies se hundían en el estiércol, sintió que el estiércol rebasaba los lados de sus zapatos. Se estremeció.
– Nick, se me hunden los pies -susurró, justo cuando los perros aparecieron.
Primero, anunciaron su presencia mediante gañidos. Después, tres perros pastores salieron corriendo de los edificios anexos. Ladraban a pleno pulmón y enseñaban los dientes. Nick protegió con el cuerpo a Maggie. Los perros se detuvieron a menos de dos metros, entrechocaron las mandíbulas y gruñeron, dispuestos a saltar.
Nick extendió una mano.
– ¡No, Nick! -susurró Maggie, y observó la granja con temor, a la espera de que una puerta se abriera y el granjero saliera hecho una furia. Gritaría, con el rostro congestionado y muy irritado. Telefonearía a la policía. Al fin y al cabo, habían violado una propiedad privada.
Los perros empezaron a aullar.
– ¡Nick!
Nick se acuclilló.
– Eho, venid, perritos -dijo-. No me dais miedo. Lanzó un silbido suave.
Ocurrió como por arte de magia. Los perros se tranquilizaron, avanzaron, olfatearon su mano y, al cabo de unos instantes, ya eran amigos. Nick los acarició, rió en voz baja, tiró de sus orejas.
– No nos haréis daños, ¿verdad, perritos?
En respuesta, menearon la cola, y uno de ellos lamió la cara de Nick. Cuando este se levantó, le rodearon alegremente para escoltarles hasta el patio.
Maggie contempló a los perros maravillada, mientras avanzaba con cautela sobre el barro.
– ¡Nick! ¿Cómo lo has hecho?
El cogió su mano.
– Solo son perros, Mag.
El viejo establo de piedra formaba parte de un edificio alargado, y se alzaba al otro lado del patio, frente a la casa. Lindaba con una estrecha casita, de cuyo primer piso salía luz por una ventana encortinada. Habría sido, probablemente, la granja primitiva, un granero con un cobertizo para los carros debajo. El granero había sido reconvertido en algún momento del pasado para alojar a un trabajador y su familia, y se accedía a las dependencias mediante una escalera que ascendía hacia una puerta roja agrietada, sobre la cual brillaba una sola bombilla. Debajo, quedaba el cobertizo, con su única ventana sin cristal y el arco bostezante de una puerta.
Nick miró hacia el establo. Era enorme, una antigua vaquería que se estaba cayendo a pedazos. La luz de la luna iluminó su tejado hundido, su hilera irregular de ojos inclinados en el piso superior, sus grandes puertas de madera, combadas y llenas de boquetes. Mientras los perros olfateaban alrededor de sus pies y Maggie se encogía para protegerse del frío, a la espera de las instrucciones de Nick, el muchacho pareció sopesar sus posibilidades, y por fin se encaminó hacia el cobertizo, pisoteando una gruesa capa de estiércol.
– ¿No habrá gente ahí arriba? -susurró Maggie, y señaló hacia las dependencias.
– Supongo. Tendremos que ser muy silenciosos. Ahí dentro se estará caliente. El establo es demasiado grande, y está de cara al viento. Vamos.
La guió hacia la puerta arqueada que daba acceso al cobertizo, debajo de la escalera. En el interior, la luz procedente de la puerta principal del trabajador, situada en lo alto de la escalera, proporcionaba una escasísima iluminación, como la de una cerilla, a través de la única ventana del cobertizo. Los perros les siguieron, paseando por lo que debían ser sus dominios, a juzgar por varias mantas mordidas amontonadas en una esquina del suelo de piedra, y a donde se dirigieron los perros por fin, no sin antes olfatear y patear, hasta dejarse caer sobre la áspera lana.
Daba la impresión de que las paredes y el suelo de piedra del cobertizo intensificaban el frío. Maggie intentó consolarse con la idea de que era un lugar parecido al que había sido testigo del nacimiento del Niño Jesús, solo que aquel no albergaba perros, por lo que podía recordar de sus limitados conocimientos acerca de las historias navideñas; las profundas bolsas de oscuridad concentradas en las esquinas la pusieron nerviosa.
Observó que el cobertizo se utilizaba para guardar cosas. Había grandes sacos de arpillera amontonados a lo largo de una pared, cubos sucios, herramientas que no reconoció, una bicicleta, una mecedora de madera a la que faltaba el asiento de mimbre, y un retrete tirado a su lado. Un polvoriento tocador estaba apoyado contra la pared opuesta, y Nick se acercó al mueble. Abrió el cajón superior.
– Mira esto, Mag -dijo, con cierto entusiasmo en la voz-. Hemos tenido suerte.
Maggie se abrió paso entre los restos que sembraban el suelo. Nick sacó una manta, la dobló para que sirviera de colchón y aislamiento contra el frío, y le indicó por señas que se acercara. Envolvió a ambos con la segunda.
– De momento, será suficiente -dijo-. ¿Tienes más calor?
La atrajo hacia él.
Maggie se sintió más caliente al instante, aunque toqueteó la manta y olió el fresco aroma a espliego con cierta suspicacia.
– ¿Por qué guardan las mantas aquí? -preguntó-. Se les van a estropear, ¿no? ¿No se pudrirán o algo por el estilo?
– ¿Qué más da? Nosotros salimos ganando y ellos pierden, ¿no? Ven, acuéstate. Se está bien, ¿verdad? ¿Tienes más calor, Maggie?
Los susurros que se repetían a lo largo de las paredes parecían más fuertes, ahora que estaba al nivel del suelo. Algún chirrido ocasional los acompañaba. Se acercó más a Nick.
– ¿Qué es ese ruido? -preguntó.
– Ya te lo he dicho, la tele.
– Me refiero al otro… allí. ¿No lo has oído?
– Ah, eso. Ratas de establo, supongo.
Maggie se incorporó al instante.
– ¡Ratas! ¡No, Nick! No puedo… Por favor… Tengo miedo de… ¡Nick!
– Sssh. No te molestarán. Vamos, acuéstate.
– ¡Pero son ratas! ¡Si te muerden, mueres! Yo…
– Somos más grandes que ellas. Están mucho más asustadas que nosotros. Ni siquiera saldrán de su escondite.
– Pero mi pelo… Una vez leí que les gusta arrancar cabello para construir sus nidos.
– Yo las mantendré alejadas. -La obligó a tenderse a su lado-. Utiliza mi brazo como almohada. No subirán a mi brazo para morderte. Joder, Mag, estás temblando. Acércate más. Te sentirás mejor.
– ¿Nos quedaremos mucho rato?
– Solo para descansar.
– ¿Me lo prometes?
– Sí, te lo prometo. Ven, hace frío. -Bajó la cremallera de la chaqueta y la abrió-. Métete aquí. Calor doble.