– Bien, pero sólo un ratito. Luego tendrá que marcharse. Son las normas ¿comprende?
Michael volvió a entrar en la habitación de su padre. Descolgó el teléfono y rogó a la operadora del hospital que le pusiera con la casa de Long Beach, concretamente con el número del despacho. Sonny respondió a la llamada.
– Sonny, estoy en el hospital -dijo Michael, en voz apenas audible-. Aquí no hay nadie. No hay ni rastro de los hombres de Tessio ni de los policías. Nuestro padre no cuenta con protección de ninguna clase.
Tras un largo silencio, Sonny respondió con voz lenta y fatalista.
– Ésta es la jugada de Sollozzo de la que tú hablabas.
– Eso es lo que he pensado yo también -comentó Michael-. Pero ¿cómo consiguió que los policías echaran a todo el mundo? ¿Y adonde han ido los agentes de paisano? ¿Qué ha sucedido con los hombres de Tessio? ¿Será posible que ese hijo de puta de Sollozzo tenga en el bolsillo a toda la policía de Nueva York?
– Tómatelo con calma, muchacho -dijo Sonny con serenidad-. Ha sido una suerte que hayas ido al hospital tan tarde. No te muevas de la habitación y cierra la puerta por dentro. Nuestros hombres no tardarán ni un cuarto de hora. Ahora voy a llamarles. Tú quédate en la habitación y no te dejes dominar por el pánico. ¿De acuerdo, muchacho?
– No tengo miedo -dijo Michael.
Por vez primera desde que había empezado todo, Michael sentía que en su espíritu se estaba formando un torrente de odio hacia los enemigos de su padre.
Una vez hubo colgado el auricular, pulsó el timbre para llamar a la enfermera. Decidió seguir su propio criterio y prescindir de las indicaciones de Sonny. Cuando llegó la enfermera, Michael le dijo:
– No quiero que se asuste, pero tenemos que trasladar a mi padre enseguida a otra habitación o a otro piso. ¿Puede usted desconectar todos estos tubos, de modo que podamos sacar la cama?
– Pero eso es ridículo -balbuceó la enfermera-. Necesitamos el permiso del médico.
Michael habló con gran rapidez:
– Seguramente habrá leído lo que los periódicos dicen de mi padre. Como ve, aquí no hay nadie para protegerle. Pues bien, acaban de avisarme que no tardarán en venir al hospital varios hombres para asesinarle. Créame y ayúdeme.
Cuando le interesaba, Michael sabía ser extraordinariamente persuasivo.
– No será preciso desconectar los tubos -dijo enfermera-. Podremos trasladarlo todo junto.
– ¿Hay alguna habitación vacía? -susurró Michael.
– Sí, una al final del pasillo.
El traslado se efectuó en pocos minutos.
– No se mueva de su lado hasta que llegue ayuda -ordenó Michael-. Y no se aleje si no quiere resultar herida.
En aquel momento, Michael oyó la voz de su padre cansada pero fuerte, como siempre.
– ¿Eres tú, Michael? ¿Qué ocurre?
Michael se inclinó sobre la cama. Tomó entre la suyas una de las manos de su padre.
– Soy Mike. No temas. Ahora escucha: no hagas menor ruido ni digas nada, sobre todo si alguien pronuncia tu nombre. Quieren matarte ¿comprendes? Pero no te preocupes; yo estoy aquí.
Don Corleone, que todavía no era plenamente consciente de lo que había sucedido el día anterior, padecía terribles dolores. Sin embargo, dirigió una complacida sonrisa a su hijo, como si de ese modo quisiera decirle: «¿Por qué debería tener miedo ahora? Han querido matarme desde que tenía doce años».
10
El hospital era pequeño y tenía solamente una entrada. Michael miró a la calle a través de la ventana. Alrededor del edificio había un patio, atravesado por un único camino que conducía desde el exterior hasta la puerta de entrada. Quien quisiera entrar en el hospital debía pasar forzosamente por el sendero del patio. Sabía que no disponía de mucho tiempo, por lo que salió de la habitación y bajó los cuatro pisos corriendo, dirigiéndose sin pérdida de tiempo a la entrada del edificio. En uno de los lados vio el lugar destinado a las ambulancias, aunque no había ningún vehículo estacionado allí.
Michael permanecía de pie en la acera y encendió un cigarrillo. Se desabrochó la chaqueta y se situó debajo de un farol, de modo que pudiera ser visto desde lejos. Un joven caminaba rápidamente por la Novena Avenida, con un paquete bajo el brazo. Su rostro le resultó conocido, pero no conseguía recordar quién era. El joven se paró delante de él y le dijo, con acento siciliano:
– Don Michael ¿es que no me recuerda? Soy Enzo, el ayudante del panadero Nazorine, el Paniterra; ahora soy su yerno. Su padre me salvó la vida al conseguir que el Gobierno me dejara permanecer en América.
Michael hizo un gesto de asentimiento. Ya se acordaba de él.
– He venido a hacer una visita de cortesía a su padre -prosiguió Enzo-. ¿Cree usted que me dejarán entrar a estas horas?
– No, pero gracias de todos modos -contestó Michael con una sonrisa-. Le diré al Don que ha venido usted.
Por la calle llegaba un coche a toda velocidad. Michael se puso en guardia inmediatamente.
– Aléjese ahora mismo -advirtió al muchacho-. Puede haber problemas. No le interesa en modo alguno tener líos con la policía. En su situación…
Vio el temor reflejado en el rostro del joven italiano. Al mínimo desliz, Enzo corría el peligro de ser deportado.
– Si hay problemas, quiero estar aquí para ayudar -replicó el joven con voz firme-. El Padrino se lo merece todo.
Michael se emocionó. Estaba a punto de decir nuevamente al joven que se marchara, cuando cambió de idea y decidió permitirle que se quedara. Dos hombres en la puerta del hospital tal vez bastaran para desanimar a un posible atacante, mientras que uno solo sería insuficiente. Dio un cigarrillo a Enzo y se lo encendió. Ambos permanecieron bajo del farol en la fría noche de diciembre. El verde de la hierba del jardín y los multicolores adornos navideños se reflejaban en ellos. Casi habían terminado sus cigarrillos cuando un largo coche negro, procedente de la Novena Avenida, entró en la calle Treinta y se dirigió a toda velocidad hacia donde estaban ellos. El automóvil aminoró la marcha y Michael se esforzó por ver el rostro de sus ocupantes echando, como sin querer, el cuerpo hacia adelante. Cuando parecía que iba a detenerse por completo, el coche salió disparado; alguien debía haberlo reconocido. Michael dio a Enzo otro cigarrillo y reparó en que las manos del panadero estaban temblando. Lo más sorprendente fue comprobar que las suyas seguían firmes.
Siguieron fumando hasta que, pasados unos diez minutos, el silencio de la noche fue roto por la estridente sirena de un coche de la policía. Desde la Novena Avenida, un coche patrulla entró a toda velocidad por el sendero del hospital. Otros dos vehículos seguían al primero. De pronto, la entrada del hospital se llenó de policías de uniforme y agentes de paisano. Michael lanzó un suspiro de alivio. El buen Sonny había actuado bien. Michael se acercó a saludar a los recién llegados.
Dos corpulentos agentes le agarraron los brazos, mientras otro le registraba rápidamente. Acto seguido, un corpulento capitán de la policía, con una placa dorada en la gorra, se acercó. Sus subordinados se apartaban respetuosamente para dejarle paso. Era un hombre ágil, muy ágil teniendo en cuenta su corpulencia y su edad. Tenía las sienes plateadas y el rostro rubicundo. Se acercó a Michael y le increpó ásperamente.