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Tom Hagen había llevado a cabo todos los preparativos para que Michael abandonara el país. Había cuidado de su pasaporte falso, de su embarque en un carguero italiano que recalaría en un puerto siciliano, etcétera. El mismo día, un emisario viajó a Sicilia en avión para preparar con un jefe de la Mafia la estancia del joven Corleone.

Sonny, por su parte, había dispuesto lo necesario para que un coche y un conductor de absoluta confianza esperaran a Michael cuando éste saliera del restaurante donde se celebraría la entrevista con Sollozzo. El conductor sería Tessio en persona, que se había ofrecido para realizar el trabajo. Y el automóvil sería vulgar, pero con un motor muy potente. Además, llevaría una matrícula falsa, para que no fuera posible identificarlo. Michael pasó el día con Clemenza, practicando con la pistola que el _caporegime_ había escogido. Era del calibre 22 y dejaba en el blanco unos agujeros bastante mayores de lo normal. Su precisión era suficiente para asegurar el blanco a una distancia de cinco pasos. Más lejos, las balas irían a cualquier parte. El gatillo estaba muy duro, pero Clemenza lo suavizó. Decidieron no hacer nada para amortiguar el ruido, a fin de eliminar la posibilidad de que algún despistado ajeno a la situación interfiriera. El ruido de los disparos hablaría por sí solo de lo que estaba sucediendo.

Clemenza fue dando instrucciones a Michael.

– Tira la pistola tan pronto como la hayas utilizado, pero hazlo con cuidado. Te pones la mano en un costado y dejas caer el arma, así nadie se dará cuenta y todos pensarán que todavía tienes la pistola en la mano. Todos te mirarán a la cara. Abandona rápidamente el lugar, pero no corras. No mires fijamente a nadie, pero tampoco rehuyas las miradas. Recuerda que todos te tendrán miedo; todos, no lo olvides. Nadie intentará detenerte. Una vez fuera del local, Tessio te estará esperando en el coche. Entra en el vehículo y no te preocupes de nada más. No temas ningún accidente… Te sorprenderás al ver lo fácil que resulta todo. Ahora ponte este sombrero, a ver qué tal te sienta.

Tessio le puso un sombrero de fieltro. Michael, que en su vida había llevado sombrero, sonrió incómodo.

– Es sólo para que resultes más difícil de identificar -le tranquilizó Tessio-. Así los testigos tienen una buena excusa para no comprometerse. Recuerda, Mike, que no debes preocuparte por las huellas digitales. La culata y el gatillo han sido tratados debidamente; no quedará impresa huella alguna. Pero no toques ninguna otra parte del arma.

– ¿Ha averiguado Sonny dónde va a llevarme Sollozzo? -preguntó Michael.

– Todavía no -respondió Clemenza-. Sollozzo es un hombre muy cauteloso. Pero no te preocupes, no intentará hacerte ningún daño. El negociador estará en nuestras manos hasta que regreses sano y salvo. Si algo te sucediera, el negociador lo pagaría con su vida.

– ¿Y por qué arriesga su vida? -preguntó Michael.

– Porque le pagan bien. Una pequeña fortuna, en realidad. Además, es un miembro importante dentro de las Familias. Sabe que Sollozzo no permitirá que le ocurra nada. Para Sollozzo, tu vida no vale tanto como la del negociador, ni más ni menos. Tu seguridad está garantizada. Y luego seremos nosotros los que empezaremos a golpear a diestro y siniestro.

– ¿Qué va a pasar? -quiso saber Michael.

– Se desatará una guerra sin cuartel entre la familia Tattaglia y la familia Corleone. La mayoría de los demás se aliarán con los Tattaglia. El Departamento de Sanidad tendrá que recoger muchos cadáveres este invierno. Estas cosas suelen suceder cada diez o doce años. Sirven para eliminar la fruta podrida. Por otra parte, si cedemos en detalles de poca monta, pronto nos obligarían a ceder en cuestiones de importancia. Es preciso desanimarles desde un principio. Igual debía haber hecho Europa con Hitler; nunca debieron haberle permitido ir tan lejos. En ciertas ocasiones, la permisividad es una auténtica fuente de graves problemas.

Michael había oído decir lo mismo a su padre. Concretamente, recordaba que lo había dicho en 1939, poco antes de que estallara la guerra. Si el Departamento de Estado hubiese estado a cargo de las Familias, la Segunda Guerra Mundial no hubiera tenido lugar, pensó Michael.

Michael y Clemenza regresaron a la casa del Don, donde Sonny había instalado su cuartel general provisional. Michael se preguntaba por cuánto tiempo podría Sonny permanecer en el seguro refugio de la alameda. Llegaría el momento en que tendría que decidirse a salir.

Cuando llegaron, Sonny estaba haciendo la siesta. Encima de la mesita había las sobras de su comida, trozos de carne y de pan, además de una botella de whisky medio vacía.

El siempre limpio y ordenado despacho de su padre comenzaba a parecer una pocilga. Michael despertó a su hermano.

– ¿Por qué no dejas de vivir como un borrachín y dejas que arreglen un poco el despacho?

– ¿Quién diablos crees que eres, un inspector? -preguntó Sonny, pasándose la mano por los ojos-. Mike, todavía no sabemos dónde piensan llevarte esos bastardos de Sollozzo y McCluskey. Si no podemos averiguarlo ¿cómo podremos pasarte la pistola?

– ¿Es que no puedo llevarla yo encima? -preguntó Michael-. Tal vez no me registren, y si lo hacen, tal vez no encuentren el arma, si somos lo bastante listos. Y en el supuesto de que la encuentren, tampoco va a ocurrir nada. Me la quitarán, y en paz. Sonny negó con la cabeza.

– Ni hablar. El golpe contra Sollozzo no puede fallar. Recuerda que primero debes disparar contra él. McCluskey es más lento y pesado. ¿Te ha dicho Clemenza que debes tirar el arma?

– Un millón de veces -contestó Michael.

Sonny se levantó del sofá.

– ¿Cómo va tu mandíbula? -preguntó a su hermano menor, después de desperezarse.

– Mal.

Le dolía aún toda la parte izquierda de la cara. Michael bebió un trago de whisky directamente de la botella y el dolor remitió.

– Cuidado, Mike -advirtió Sonny-. Es preciso que tengas la cabeza muy clara.

– Deja ya de jugar al hermano mayor, Sonny. He luchado contra enemigos más peligrosos que Sollozzo, y en peores condiciones. ¿Dónde tiene el Turco sus morteros? ¿Y su aviación? ¿Y su artillería pesada? ¿Ha minado el terreno? Sollozzo no es más que un listo hijo de puta, apoyado por un policía tan hijo de puta como él. Una vez tomada la decisión de liquidarlos, el problema desaparece. Lo que cuesta es decidirse. No tendrán tiempo ni de darse cuenta de dónde les viene el golpe.

Tom Hagen entró en la estancia. Después de saludarlos con un ademán, fue directamente al teléfono registrado con número falso. Hizo algunas llamadas.

– Nada -dijo al cabo-. Sollozzo quiere mantener secreto el lugar de la entrevista mientras le sea posible.

Sonó el teléfono y Sonny se puso al aparato al tiempo que pedía silencio con un gesto. Realizó algunas anotaciones en una hoja de papel, dijo: «Muy bien, estará allí», y colgó el auricular. Sonny rió con ganas.