Acto seguido, Michael se encaró con el hombre que estaba sentado en la mesa, junto a la pared. El individuo no había hecho el menor movimiento, paralizado, y puso las manos encima de la mesa. El camarero miraba a Michael con expresión aterrorizada. Sollozzo estaba todavía en la silla, con el cuerpo apoyado sobre la mesa; el pesado cuerpo de McCluskey, en cambio, yacía en el suelo. Michael dejó que la pistola se deslizara hacia el suelo. Vio que ni el hombre sentado a la mesa ni el camarero se habían dado cuenta de su maniobra, así que se dirigió a la puerta y salió a la calle. El automóvil de Sollozzo seguía aparcado en la esquina, pero el conductor no estaba en su interior. Michael empezó a andar rápidamente hacia la izquierda y dobló la primera esquina. Un coche se paró junto a él con la portezuela abierta y, en cuanto él hubo subido, el vehículo salió disparado. Vio que al volante iba Tessio, cuyas facciones parecían tan duras como el mármol.
– ¿Te has cepillado a Sollozzo? -preguntó.
Por un instante, Michael se sorprendió ante la pregunta de Tessio. En sentido sexual, «cepillarse» a una mujer significaba llevársela a la cama. Era curioso que Tessio empleara esa expresión.
– A los dos -respondió Michael.
– ¿Seguro? -preguntó Tessio.
– Pude ver sus sesos -fue la respuesta de Michael.
En el coche, Michael se cambió de ropa. Veinte minutos más tarde estaba a bordo de un carguero italiano, a punto de emprender el viaje hacia Sicilia. Dos horas más tarde, el barco empezó a moverse, y Michael, desde su camarote, vio las brillantes luces de la ciudad de Nueva York. No pudo reprimir un profundo suspiro de alivio. Estaba fuera de peligro. La sensación no era nueva para él. Recordó el momento en que lo retiraron de la playa de una isla que su división había invadido. La batalla no había terminado, pero una ligera herida motivó que lo trasladaran al buque-hospital. También entonces sintió el mismo alivio que experimentaba en esos momentos. La batalla sería infernal, pero él no estaría allí.
En el transcurso del día que siguió a la muerte de Sollozzo y del capitán McCluskey, todos los capitanes y tenientes de la policía de la ciudad de Nueva York recibieron la misma orden: no habría más juego, la prostitución no sería tolerada ni se efectuarían componendas de ninguna clase mientras el asesino del capitán McCluskey anduviera suelto. Comenzaron a efectuarse impresionantes redadas por la ciudad. Todas las actividades ilegales quedaron absolutamente paralizadas.
Aquel mismo día, un emisario de las Familias de Nueva York preguntó a la familia Corleone si estaban dispuestos a entregar al asesino. Se les contestó que ellos nada habían tenido que ver con el asunto, que no eran ellos los culpables. Aquella noche explotó una bomba en la alameda de la familia Corleone, en Long Beach. La bomba había sido lanzada desde un automóvil que, después de romper la cadena, había huido. Durante la misma noche, dos de los hombres a sueldo de la familia Corleone habían sido asesinados mientras comían tranquilamente en un restaurante italiano de Greenwich Village. Corría el año 1946. La guerra de las Cinco Familias había empezado.
SEGUNDA PARTE
12
Johnny Fontane despidió al sirviente con un ademán.
– Te veré por la mañana, Billy -le dijo.
El criado de color salió del enorme salón con vistas al Pacífico. Era una despedida de amigos, no la que cabía esperar entre patrón y criado. Y si éste se marchaba era porque aquella noche Johnny Fontane esperaba compañía.
La compañía de Johnny era una muchacha llamada Sharon Moore, una chica de Nueva York, de Greenwich Village concretamente, que estaba en Hollywood para tratar de conseguir un pequeño papel en una película producida por un antiguo amigo suyo que había hecho fortuna. Había visitado los estudios cuando Johnny estaba actuando en la película de Woltz. Johnny la había encontrado hermosa, encantadora y ocurrente, y le había pedido que fuera a su casa a cenar. Sus invitaciones para cenar eran apetecidas, por lo que, naturalmente, la chica aceptó.
Evidentemente, Sharon Moore esperaba que Johnny Fontane fuera directo al grano, pero Johnny odiaba este sistema. Nunca se acostaba con una chica a menos que se sintiera realmente atraído por ella. Excepto, claro está, en las ocasiones en que había bebido mucho, cuando por menos de nada se encontraba en la cama con alguna muchacha a la que no recordaba haber visto en su vida. Además, ahora que tenía treinta y cinco años, que estaba divorciado de su primera esposa y separado de la segunda, y que podía escoger entre mil mujeres diferentes, Johnny se había vuelto mucho más selectivo. Sin embargo, Sharon Moore le atraía, aunque no sabía exactamente por qué. Por ello la había invitado a cenar.
El no comía mucho, pero conocía muchachas que pasaban hambre para poder dedicar el dinero a vestir bien. En consecuencia, siempre procuraba que su mesa estuviera bien surtida. Tampoco faltaba la bebida: champán, whisky, coñac y toda clase de licores. Acostumbraba a servir la comida y los combinados ya preparados. Luego, llevaba a la invitada de turno a la sala de estar con vistas al Pacífico. Aquella noche, una vez en el salón con Sharon, puso unos discos de Ella Fitzgerald en el tocadiscos de alta fidelidad y se sentó junto a la muchacha, en el mullido sofá. Charlaron de mil pequeñas cosas: de cómo había pasado la niñez, de si le habían gustado los chicos, de si era o no hogareña, de si poseía un temperamento alegre o triste… A Johnny le gustaba saber estos detalles, pues le proporcionaban la ternura que necesitaba para hacer el amor.
Se deslizaron sobre el sofá. Él la besó en los labios, fríamente, y ante la pasiva reacción de ella sintió una gran ternura; aquella ternura que le permitiría ser un buen amante. Por un instante, Johnny se quedó contemplando el fragmento azul y oscuro de Pacífico que le ofrecía el ventanal abierto a la noche. Sharon interrumpió su éxtasis.
– ¿Por qué no pones un disco tuyo? -le preguntó.
El tono de la chica era implorante. Johnny le dirigió una amable sonrisa.
– No soy de ésos -respondió.
– Te lo ruego, pon un disco tuyo -insistió la muchacha-. O mejor aún, cántame una canción. Me echaré en tus brazos, igual que lo hacen tus compañeras femeninas en la pantalla.
Johnny rió con ganas. Años atrás, cuando era más joven, había hecho esas cosas, y el resultado siempre había sido el mismo: las chicas adoptaban un aire fascinador, como si estuvieran delante de una cámara. Hacía tiempo que había abandonado la costumbre de cantar para una chica; de hecho, hacía meses que no cantaba en absoluto, pues no confiaba en su voz. Además, la gente no sabía hasta qué punto los profesionales dependen de la técnica, sin la cual la voz pierde gran parte de su calidad. Evidentemente hubiera podido poner un disco suyo, pero el escuchar su voz le producía la misma vergüenza que siente un hombre gordo cuando muestra fotografías en las que aparece joven y delgado.
– Mi voz no está afinada -objetó-. Además, para serte sincero, estoy cansado de oírme.