Cuando hubo dejado a Hagen en el aeropuerto (Tom había insistido en que no se acercara al avión), Johnny se dirigió a casa de Ginny. Su ex esposa se sorprendió al verlo, pero él deseaba estar en la casa, para tener tiempo de pensar y de hacer sus planes. Sabía que el mensaje que le había transmitido Hagen era muy importante, así como que toda su vida iba a cambiar radicalmente. Había sido una gran estrella, pero ahora, a la temprana edad de treinta y cinco años, estaba ya acabado. No se hacía ilusiones al respecto. Incluso en el caso de que ganara el Osear al mejor actor, la situación no cambiaría gran cosa; no confiaba en recuperar la voz. Sería un astro de segunda fila, sin ningún poder ni influencia. Lo que le había ocurrido con Sharon era una demostración palpable de su decadencia. ¿Se hubiera mostrado tan fría si él hubiese estado en el candelero? Ahora, con el apoyo del Don, podría llegar tan arriba como cualquier otro personaje de Hollywood. Podría ser un rey. Johnny sonrió. Podría llegar a ser un Don.
Sería agradable volver a vivir con Ginny durante unas semanas, o tal vez por más tiempo. Saldrían a pasear cada día con las niñas, quizás haría nuevas amistades. Dejaría la bebida y el tabaco, se cuidaría. Tal vez recuperaría su antigua voz. Si esto sucediera, con ella y con el dinero del Don sería invencible. Sería como un rey o un emperador en versión americana. Y su imperio no se basaría sólo en su voz, sino también en el dinero y en un tipo de poder muy especial y codiciado.
Ginny arregló para él la habitación de los huéspedes. Se daba por sentado que Johnny no dormiría con ella, que no harían vida matrimonial. Nunca podrían volver a hacerla. Y aunque los columnistas de Hollywood y el público en general consideraban que él había sido el principal culpable del divorcio, Johnny y Ginny sabían que no había sido así y que el mayor porcentaje de culpa le correspondía a ella.
Cuando Johnny Fontane se convirtió en el más popular actor cantante del mundo del cine, ni siquiera se le ocurrió la idea de abandonar a su esposa e hijas. Era demasiado italiano, demasiado anticuado. Había cometido infidelidades, naturalmente, pero lo contrario hubiera sido inimaginable, teniendo en cuenta el ambiente y las oportunidades. Y a pesar de que su aspecto era delicado, su potencia no tenía nada que envidiar a la de ningún hombre. Las mujeres, además, eran para él una continua fuente de sorpresas. Salía con una muchacha de rostro suave y expresión virginal, por ejemplo, y se encontraba con que sus senos no correspondían en absoluto con la idea que de ellos se había formado. También le gustaba darse cuenta de que mujeres que tenían un aspecto ciento por ciento sexual y que aparentaban estar de vuelta de todo, en la intimidad eran tímidas como corderillos, cuando no vírgenes.
En Hollywood se reían de su afición por las vírgenes. Le consideraban anticuado. Por otra parte, algunas de las vírgenes de Johnny demostraron luego tener mucho interés en recuperar el tiempo perdido. Johnny Fontane sabía bien cómo enamorar a las chicas jóvenes. Las trataba con exquisita educación, y el premio lo merecía. ¿Es que había algo comparable con la emoción de ser el primer hombre en la vida de una mujer? Ello era un cúmulo de agradables sensaciones sin par. Pechos de distintos tamaños, caderas diferentes, cutis de diversas tonalidades y suavidad. Recordó la noche en que se acostó con aquella muchacha de color, hija de un músico que actuaba en el mismo local que él, en Detroit. Era una buena chica, jamás podría olvidar el placer que le había deparado. Sus carnosos labios sabían a miel, su morena piel era suave como la seda, y su dulzura era algo excepcional. Además, era virgen.
Sus amigos siempre le hablaban de formas extravagantes de hacer el amor, pero a él no le satisfacían. Con su segunda esposa tuvo complicaciones en este sentido. Empezó a burlarse de él y a llamarlo rústico, y luego empezó a decir a quien quisiera oírla que su marido tenía una manera infantil de hacer el amor. Tal vez éste fuera el motivo de que Sharon no quisiera acostarse con él. No importaba. De todos modos, Johnny estaba convencido de que la muchacha no le hubiera proporcionado mucho placer. La mujer que realmente tiene ganas de que le hagan el amor no se anda con remilgos y da rienda suelta a sus instintos. Sobre todo las que hace poco que han dejado de ser vírgenes. Lo que desagradaba especialmente a Johnny eran las chicas que habían comenzado a acostarse con hombres a los doce años y que, luego, a los veinte, cansadas ya de todo, iban a probar fortuna en Hollywood. Con ellas había que tener mucho cuidado ya que, aparte de ser hermosas, se las sabían todas.
Ginny le sirvió el desayuno en su habitación. Johnny le dijo que Hagen iba a ayudarle a conseguir el dinero necesario para producir algunas películas y ella se mostró entusiasmada. Su ex marido volvería a ser importante. Pero Ginny no imaginaba lo importante que era Don Corleone, por lo que no comprendió el significado del viaje de Hagen a California. Johnny le dijo que Hagen le ayudaría también en los detalles de tipo legal.
Terminado el desayuno, Johnny dijo a Ginny que aquella noche tendría mucho trabajo, pues tenía que efectuar varias llamadas telefónicas, además de hacer planes para el futuro.
– La mitad de todo lo pondré a nombre de las niñas -dijo Johnny.
Su antigua esposa le dirigió una sonrisa de agradecimiento y le dio un beso en la mejilla antes de salir de la habitación.
En la mesa de su despacho, Johnny tenía una bandeja llena de sus cigarros favoritos y una caja de cigarros habanos de la mejor calidad. Realizó algunas llamadas telefónicas, mientras en su mente bullían planes e ideas. Llamó al autor del libro, una novela de gran éxito, en que se basaría la película. Era un hombre de su misma edad, que desde la nada se había convertido en una celebridad literaria. Había llegado a Hollywood esperando ser tratado como un señor, pero, como otros muchos autores, se había llevado un tremendo desengaño. Johnny había sido testigo de la humillación sufrida por el escritor una noche en el Brown Derby. Los magnates de Hollywood lo dispusieron todo para que una conocida aspirante a estrella de generosas formas le acompañara a cenar y, evidentemente, también a dormir. Pero mientras cenaban, la muchacha le dejó plantado por un actor cómico de cara ratonil que le había guiñado el ojo. Después de este episodio, el novelista comprendió cuál era su puesto en Hollywood. El hecho de que su libro le hubiera hecho universalmente famoso carecía de importancia. Seguía siendo un cero a la izquierda, y la joven actriz acababa de demostrárselo.
Johnny llamó al escritor, que a la sazón estaba en Nueva York, y le dio las gracias por el papel que le había escrito en el anterior guión. Luego le preguntó qué estaba escribiendo. Encendió un cigarro, mientras el escritor le hablaba de la obra que estaba preparando.
– Me gustaría leerla en cuanto la termine -le dijo Johnny-. ¿Le importaría mandarme una copia? Tal vez podríamos llegar a un acuerdo. Creo que quedaría más satisfecho de mí que de Woltz.