Cuando hubieron terminado la botella de vino, Vito dijo a Clemenza y a Tessio:
– Si os parece ¿por qué no me dais doscientos dólares cada uno? Yo me cuidaré de pagar a Fanucci. Os garantizo que aceptará esa suma. Dejadlo todo por mi cuenta. Arreglaré este problema a vuestra entera satisfacción.
Clemenza se puso en guardia de inmediato. Sospechaba.
– Soy incapaz de mentir a mis amigos -dijo Vito en tono gélido-. Habla mañana con Fanucci y deja que te pida el dinero. Pero no le pagues. Y, sobre todo, no discutas con él. Dile que no llevas dinero encima y que se lo entregarás por intermedio de mí. Dale a entender que estás dispuesto a pagar lo que pide. No regatees. El precio ya lo discutiré yo con él. Si es tan peligroso como decís, no tiene objeto hacerle enfadar.
Clemenza y Tessio se mostraron de acuerdo. Al día siguiente, Clemenza habló con Fanucci para asegurarse de que Vito no le jugara una mala pasada. Luego fue al piso de Vito y le dio los doscientos dólares. Miró inquisitivamente a Vito Corleone y dijo:
– Fanucci no se mostró dispuesto a aceptar menos de trescientos dólares. ¿Cómo vas a arreglártelas para conseguir que se conforme con doscientos?
– Eso es algo que no te concierne. Sólo recuerda que te he hecho un favor.
Tessio se retrasó un poco. Era más reservado que Clemenza, más astuto y más inteligente, pero no tenía tanta personalidad ni tanta fuerza. Sentía que algo no estaba perfectamente claro. Estaba un poco preocupado. Dirigiéndose a Vito Corleone, dijo:
– Ten cuidado con ese cerdo de Fanucci. Pertenece a la Mano Negra. Es más marrullero que un cura. ¿Quieres que yo esté a tu lado cuando entregues el dinero?
Vito Corleone negó con la cabeza, sin molestarse en contestar. Al cabo de un momento, dijo a Tessio:
– Comunícale a Fanucci que le pagaré aquí, en mi casa, esta noche a las nueve. Tengo que ofrecerle a nuestro hombre un vaso de vino y, naturalmente, charlar un poco con él. Debo convencerlo de que acepte sólo doscientos dólares de cada uno de nosotros.
– No tendrás esa suerte. Fanucci nunca da el brazo a torcer -comentó Tessio.
– Razonaré con él -replicó Vito Corleone. Esta frase se haría famosa en los próximos años. Se convertiría en el último aviso, en el anuncio de sangrientas batallas. Cuando, convertido ya en Don, pedía a sus oponentes que razonaran con él, éstos sabían que ello significaba la última oportunidad de resolver un asunto sin derramamiento de sangre.
Aquel día, después de cenar, Vito Corleone dijo a su esposa que llevara a los dos niños, Sonny y Fredo, a la calle, y le ordenó que por nada del mundo los dejara subir al piso hasta que él lo dijera. Ella debería permanecer en la escalera, junto a la puerta del apartamento, vigilando. Tenía que resolver un asunto con Fanucci, y no quería que nadie los interrumpiera.
Al ver la expresión de miedo de su mujer, dijo para tranquilizarla:
– ¿Crees que te has casado con un loco? Ella no respondió. No respondió porque tenía miedo, pero no miedo de Fanucci, sino de su propio marido. Le veía cambiar de día en día, de hora en hora. Cada vez más, Vito irradiaba una especie de fuerza peligrosa. Siempre había sido un hombre tranquilo, parco pero amable, y, algo extraordinario en un siciliano, razonable. La mujer asistía a un cambio radical de su marido. Se daba cuenta de que Vito se estaba quitando su disfraz de hombre inofensivo. Tenía veinticinco años y se disponía a comenzar una nueva vida, su verdadera vida.
Vito Corleone había decidido matar a Fanucci. Al hacerlo ganaba setecientos dólares: los trescientos que hubiera tenido que pagar al terrorista de la Mano Negra, más los doscientos de Clemenza y los doscientos de Tessio. Si no lo hacía tendría que pagar quinientos dólares de su bolsillo. Además, para él Fanucci no valía, vivo, setecientos dólares; por lo tanto no estaba dispuesto a pagar setecientos dólares para que siguiera con vida. Si Fanucci hubiese necesitado setecientos dólares para una operación quirúrgica, no se los habría dado por la sencilla razón de que no le debía favor alguno, de que no había ningún lazo de sangre que los uniese. No, no estimaba a Fanucci. ¿Por qué, entonces, tenía que darle setecientos dólares?
Más aún. Si Fanucci quería quitarle setecientos dólares por la fuerza ¿qué razón se oponía a que Vito Corleone lo matara? El mundo seguiría marchando sin Fanucci.
Naturalmente, existían algunas razones de orden práctico que podían hacerle desistir. Era posible que Fanucci tuviera amigos poderosos, quienes, con toda seguridad, intentarían vengarse. Y el mismo Fanucci era un hombre peligroso, y no resultaría fácil mandarlo al otro mundo. Además, había que contar con la policía y con la silla eléctrica. Pero Vito Corleone había vivido con una sentencia de muerte pendiendo sobre su cabeza desde el asesinato de su padre. A los doce años había cruzado el océano huyendo de sus verdugos para ir a vivir a un país extraño y había cambiado de nombre. Y los años lo habían convencido de que poseía más inteligencia y valor que la mayoría de los hombres, aunque no había tenido oportunidad de emplearlos.
Con todo, Vito Corleone dudaba de dar ese primer paso hacia su destino. Incluso hizo un paquete con los setecientos dólares y se lo metió en un bolsillo del pantalón, concretamente el izquierdo. En el derecho llevaba la pistola que le había dado Clemenza en ocasión del asalto al camión cargado de vestidos de seda.
Fanucci llegó a las nueve en punto de la noche. Vito Corleone puso encima de la mesa una jarra de vino hecho por Clemenza. El visitante dejó el sombrero encima de la mesa, junto a la jarra de vino, y se aflojó el nudo de la floreada corbata. La noche era cálida; la luz, débil. En el piso no se oía ni una voz, ni un ruido, pero Vito Corleone se mostraba frío como el hielo. Para hacer patente su buena fe, entregó el paquete con el dinero y vio cómo Fanucci, después de contarlo, lo guardaba dentro de una cartera de cuero. A continuación, Fanucci bebió un trago de vino y dijo, con el rostro totalmente inexpresivo:
– Todavía me debes doscientos dólares.
Vito Corleone, en un tono gélido y razonable, repuso:
– Voy un poco corto de dinero. He estado sin trabajo. Déme unas semanas de tiempo, se lo ruego.
Era una petición sensata. Fanucci tenía la mayor parte del dinero y no podía importarle esperar. Incluso era probable que se dejara convencer y se conformara con los setecientos dólares o, en el peor de los casos, que esperara un poco más. Terminó de beber su vino, y dijo:
– Eres un joven inteligente. ¿Cómo es posible que no me haya fijado en ti antes? Pero eres demasiado tranquilo, y eso no te conviene. Podría proporcionarte un buen trabajo. Ganarías bastante dinero, te lo aseguro.
Vito Corleone aparentó mostrarse interesado, y llenó nuevamente el vaso de Fanucci. Pero éste, en vez de seguir hablando, como parecía ser su intención, se levantó y estrechó la mano de Vito.
– Buenas noches -dijo-, y nada de resentimientos ¿eh? Si alguna vez puedo hacer algo por ti, házmelo saber. Esta noche te has prestado un buen servicio a ti mismo.