Выбрать главу

Se sentía cada vez más desazonado. No le cabía la menor duda de cuál iba a ser el servicio que el Don le pediría. Hacía meses que la familia Corleone estaba en guerra contra las cinco grandes Familias de la Mafia neoyorquina, y los periódicos se habían hecho eco de ella. Habían muerto muchos hombres de ambos bandos, y estaba seguro de que los Corleone habían liquidado a alguien muy importante y deseaban ocultar el cadáver o hacerlo desaparecer. En tal caso ¿había mejor solución que hacerlo enterrar por un empresario de pompas fúnebres? Amerigo Bonasera sabía que se convertiría en cómplice de un asesinato, y que si lo descubrían pasaría varios años en la cárcel. Arruinaría la vida de su hija y de su esposa, y su buen nombre quedaría para siempre manchado por el fango de la sangrienta guerra de la Mafia.

Encendió otro Camel y un nuevo pensamiento, todavía más terrible, acudió a su mente. Cuando las otras Familias supieran que había ayudado a los Corleone lo considerarían un enemigo y lo matarían. Maldijo el día en que había pedido a Don Corleone que vengara la afrenta infligida a su hija. Maldijo el día en que su esposa y la esposa del Don se habían hecho amigas. Maldijo a su hija, a América, a su éxito en los negocios… Pero, por fortuna, recuperó el optimismo casi de inmediato.

Quizá todo fuese bien. Don Corleone era un hombre muy listo. Lo más seguro era que hubiese tomado las medidas necesarias para que nada se supiese. Lo único que debía procurar era no dejarse dominar por los nervios, porque, naturalmente, lo peor, lo irremediable, sería ganarse la enemistad del Don.

Oyó el ruido de neumáticos sobre la grava y se dio cuenta de que un coche acababa de atravesar el callejón que conducía, desde la calle, a la parte trasera del edificio. Abrió la puerta. El primero que entró fue el corpulento Clemenza, seguido de dos jóvenes de aspecto muy duro. Inspeccionaron las diferentes estancias, sin pronunciar una sola palabra, y luego Clemenza salió. Bonasera quedó a solas con los dos jóvenes.

Momentos después, Bonasera reconoció el sonido de una ambulancia avanzando por el callejón, y seguidamente volvió a aparecer Clemenza, esta vez seguido de dos hombres que llevaban una camilla. Los temores de Amerigo Bonasera se habían convertido en realidad. En la camilla había un cuerpo envuelto en una sábana gris. Los pies, descalzos, quedaban al descubierto.

Clemenza acompañó a los camilleros a la habitación destinada a los embalsamamientos, el llamado «laboratorio» y luego, desde la oscuridad del patio, otro hombre entró en el bien iluminado despacho. Era Don Corleone. El Don había perdido peso durante su estancia en el hospital. Se movía con cierto envaramiento, llevaba el sombrero en la mano y parecía más viejo, más encogido que la última vez que Bonasera lo había visto, el día de la boda de Connie. Pero todavía daba la impresión de ser un hombre poderoso. Con el sombrero a la altura de su pecho, dijo a Bonasera:

– Bien, viejo amigo ¿estás dispuesto a hacerme este servicio?

Bonasera respondió que sí y siguió al Don, que se dirigió hacia el laboratorio. El cadáver ya estaba encima de una de las mesas acanaladas. Don Corleone movió casi imperceptiblemente su sombrero, y los otros hombres salieron de la habitación.

– ¿Qué desea usted que haga? -preguntó Bonasera.

– Tienes que hacer un trabajo en el que quiero que pongas tus cinco sentidos, toda tu habilidad -respondió Don Corleone con la vista fija en el cadáver-. Hazlo por mí. No quiero que su madre lo vea como está ahora.

Don Corleone se acercó a la mesa y apartó la sábana gris. Amerigo Bonasera, contra su voluntad y a pesar de sus muchos años de experiencia, a despecho de los miles de cadáveres que había visto en el ejercicio de su profesión, no pudo reprimir un grito de horror. Encima de la mesa, con la cara destrozada por numerosos balazos, se hallaba el cadáver de Sonny Corleone. Las mejillas, el caballete de la nariz, el rostro todo del hijo mayor del Don era una masa informe de carne tumefacta.

Durante una fracción de segundo, el Don se asió del brazo de Bonasera; pareció a punto de desplomarse, pero logró rehacerse.

– Mira cómo han destrozado a mi hijo -dijo.

19

Quizá fue lo desesperado de la situación lo que impulsó a Sonny Corleone a embarcarse en la sangrienta acción de desgaste que terminó en su propia muerte. Quizá la culpa la tuvo su naturaleza violenta. Lo cierto es que durante aquella primavera y aquel verano emprendió una serie de acciones absurdas contra elementos de tercera o cuarta fila de las bandas rivales. En Harlem, varios proxenetas a sueldo de los Tattaglia resultaron asesinados, y la misma suerte corrieron algunos matones infiltrados en el sindicato de obreros portuarios. Los jefes de las organizaciones sindicales que estaban del lado de las Cinco Familias fueron conminados a permanecer neutrales, y cuando los corredores de apuestas y los usureros de la familia Corleone fueron barridos de la zona portuaria, Sonny envió a Clemenza y su «regime» a efectuar una batida mortal en los muelles.

Esa matanza carecía de sentido, porque en nada podía influir en el resultado de la guerra. Sonny era un táctico brillante, que conseguía brillantes triunfos. Pero lo que la Familia necesitaba era el genio estratégico de Don Corleone. El asunto degeneró en una sangrienta guerra de guerrillas, extremadamente costosa para todos y que nada decidía. Finalmente, la familia Corleone se vio obligada a cerrar algunos de los más productivos centros clandestinos de apuestas, entre ellos el de Carlo Rizzi. Éste se dio a la bebida y a las mujeres de vida alegre, y Connie era la que pagaba las consecuencias. De todos modos, desde la paliza que le había propinado Sonny Corleone, Carlo no se había atrevido a pegar a su esposa, aunque no dormía con ella. Connie le había rogado de todas las formas posibles que reanudaran su vida normal, pero él no se había dignado prestar oídos a sus súplicas.

– Ve y dile a tu hermano que no quiero follar contigo -le espetó, burlón-. Tal vez consiga ponerme cachondo a puñetazos.

Carlo tenía mucho miedo de Sonny, aun cuando ambos se trataban con distante cortesía. Sabía que su cuñado era capaz de asesinarlo, igual que a cualquier hombre, con una frialdad pasmosa, mientras que él se sentía incapaz de matar a nadie. Sin embargo, a Carlo Rizzi no se le ocurría pensar que era mejor que Sonny Corleone. En realidad, envidiaba la salvaje naturaleza de éste, cuya crueldad se estaba convirtiendo en legendaria.

Tom Hagen, en su calidad de _consigliere_, no se mostraba de acuerdo con la táctica de Sonny, pero no se lo mencionó al Don, pues veía que los resultados eran, hasta cierto punto, buenos. Finalmente, las Cinco Familias parecieron acobardarse; sus contragolpes se hicieron más débiles, hasta que, por fin, cesaron por completo. Al principio, Hagen desconfió de aquella victoria aparente, pero Sonny estaba radiante de alegría.

– Esos hijos de puta se arrastrarán a nuestros pies, Tom. Ya lo verás.