Ya he hablado de Siraj, nuestro especialista en casas encantadas. Siraj, amén de su asma, su complexión débil y su salud enfermiza, poseía una memoria enciclopédica, especialmente en lo tocante a historias tenebrosas de la ciudad (y las había a cientos). En los relatos fantasmales que adornaban nuestras veladas señaladas, Siraj era el documen-talista y Ben, el fabulador. Desde el fantasma cabalgante de Hastings House al espectro del líder revolucionario del motín de 1857, pasando por el horripilante suceso del llamado agujero negro de Calcuta (donde murieron más de cien hombres asfixiados tras ser apresados en un asedio al antiguo Fort William), no había cuento ni episodio macabro de la historia de la ciudad que escapase al control, análisis y archivo de Siraj. Huelga decir que para los demás, su pasión era motivo de regocijo y celebración. Para su desgracia, sin embargo, Siraj sentía una adoración por Isobel rayana en lo enfermizo. No pasaban seis meses sin que sus propuestas de matrimonio futuro (invariablemente declinadas) fueran causa de tormenta romántica en el grupo y agudizasen el asma del pobre amante ignorado.
Los afectos de Isobel eran competencia exclusiva de Michael, un muchacho alto, delgado y taciturno que se entregaba a largas melancolías sin motivo aparente y que tenía el dudoso privilegio de haber llegado a conocer y recordar a sus padres, muertos en unas inundaciones en el delta del Ganges al volcar una barcaza sobreocupada. Michael hablaba poco y sabía escuchar. Sólo existía un modo de llegar a conocer sus pensamientos: observar las decenas de dibujos que hacía durante el día. Ben solía decir que, si hubiese más de un Michael en el mundo, él invertiría su fortuna (por ganar todavía) en acciones de compañías papeleras.
El mejor amigo de Michael era Seth, un muchacho bengalí, fuerte y de semblante severo que sonreía unas seis veces al año y aun así con reparos. Seth era un estudioso de cuanto se pusiera en su línea de tiro, devorador incansable de los clásicos de Mr. Carter y aficionado a la Astronomía. Cuando no estaba con nosotros, dedicaba todos sus empeños a la construcción de un extraño telescopio con el que Ben solía decir que no llegaría a verse ni la punta de los pies. Seth nunca apreció el sentido del humor vagamente cáustico de Ben.
Tan sólo me queda Ben y, aunque le he dejado para el final, me resulta muy difícil hablar de él. Había un Ben diferente para cada día. Su humor cambiaba a la media hora y pasaba de largos silencios con el rostro triste a períodos de hiperactividad que acababan por agotarnos a todos. Un día quería ser escritor; al siguiente, inventor y matemático; al otro, navegante o buceador; y el resto, todo junto y algunas cosas más. Ben inventaba teorías matemáticas que ni él mismo conseguía recordar y escribía historias de aventuras tan disparatadas que acababa por destruirlas a la semana de terminarlas, avergonzado de haberlas firmado. Ametrallaba constantemente a todos cuantos le rodeábamos con ocu-rrencias extravagantes y con enrevesados juegos de palabras que siempre se negaba a repetir. Ben era como un baúl sin fondo, lleno de sorpresas y también de misterios, de luces y sombras. Ben era, y supongo que sigue siéndolo, aunque haga décadas que no nos vemos, mí mejor amigo.
En cuanto a mí, hay poco que contar. Llamadme simplemente Ian. Sólo tuve un sueño, un sueño modesto: estudiar Medicina y llegar a ejercer como Médico. La fortuna fue amable conmigo y me lo concedió. Como escribió una vez Ben en una de sus cartas, «Yo pasaba por allí y vi lo que estaba sucediendo».
Recuerdo que en los últimos días de aquel mes de mayo de 1932, los siete miembros de la Chowbar Society íbamos a cumplir los dieciséis años. Aquélla era una edad fatídica, temida y a la vez esperada con ansia por todos.
A los dieciséis años, el St. Patricks nos devolvía, según rezaban sus estatutos, a la sociedad, para que creciéramos como hombres y mujeres y nos convirtiésemos en adultos responsables. Aquella fecha tenía otro significado que todos comprendíamos muy bien: significaba la disolución definitiva de la Chowbar Society. A partir de aquel verano, nuestros caminos se separaban y pese a nuestras promesas y a las amables mentiras que nos habíamos llegado a vender a nosotros mismos, sabíamos que el vínculo que nos había unido no tardaría en desvanecerse como un castillo de arena a la orilla del mar.
Son tantos los recuerdos que conservo de aquellos años en el St. Patricks, que incluso hoy me sorprendo a mí mismo sonriendo ante las ocurrencias de Ben y las fantásticas historias que compartimos en el Palacio de la Medianoche. Pero quizá, de todas aquellas imágenes que se resisten a perderse en la corriente del tiempo, la que siempre he recordado con más intensidad era la de aquella figura que tantas veces creí ver al anochecer en el dormitorio que compartíamos casi todos los chicos del St. Patricks, una larga estancia, oscura y de techos altos y arqueados que hacía pensar en la sala de un hospital. Supongo que, una vez más, el insomnio que siempre padecí hasta pasados dos años de mi viaje a Europa me convirtió en espectador de cuanto sucedía a mí alrededor mientras los demás dormían plácidamente.
Fue allí, en aquella sala desangelada, donde tantas veces me pareció ver aquella pálida luz cruzar la habitación. Sin saber cómo reaccionar trataba de incorporarme y seguir el reflejo hasta el extremo de la estancia y en aquel momento la observaba de nuevo, del modo en que había soñado con verla en tantas otras ocasiones. La silueta evanescente de una mujer envuelta en mantos de luz espectral se inclinaba lentamente sobre la cama en la que Ben dormía profundamente. Yo luchaba por mantener los ojos abiertos y creía ver a la dama de luz acariciar maternalmente a mi amigo. Contemplaba su rostro ovalado y transparente envuelto en un halo brillante y vaporoso. La dama alzaba los ojos y me miraba. Lejos de sentir miedo, yo me perdía en el pozo de aquella mirada triste y herida. La princesa de luz me sonreía y luego, tras acariciar de nuevo el rostro de Ben, su silueta se desvanecía en el aire en una lluvia de lágrimas de plata.
Siempre mantuve la fantasía de que aquella visión encarnaba la sombra de una madre que Ben nunca llegó a conocer y en algún lugar de mi corazón, albergaba la esperanza infantil de que, si algún día lograba rendirme al sueño, una aparición como aquélla velara también por mí. Aquél fue el único secreto que nunca compartí con nadie, ni siquiera con Ben.
La última noche de la Chowbar Society
Calcuta, 25 de mayo de 1932.
En todos los años que Thomas Carter había estado al frente del St. Patricks, había impartido clases de Literatura, Historia y Aritmética con la destreza altanera del experto en nada y entendido en todo. La única materia en la que nunca fue capaz de preparar a sus alumnos fue en la de decir adiós. Año tras año, desfilaban ante él los rostros entre ilusionados y aterrados de aquéllos a quienes la ley pronto pondría lejos de su influencia y de la protección de la institución que dirigía. Al verlos cruzar las puertas del St. Patricks, Thomas Carter solía comparar a aquellos jóvenes con libros en blanco, en cuyas páginas él era el encargado de escribir los primeros capítulos de una historia que nunca se le permitiría acabar.
Bajo su semblante adusto y severo, poco proclive a los despliegues emotivos y a los discursos efectistas, nadie temía más que Thomas Carter la fecha fatídica en que aquellos libros escapaban para siempre de su escritorio. Pronto pasarían a manos desconocidas y plumas poco escrupulosas a la hora de escribir epílogos sombríos y alejados de los sueños y expectativas con que sus pupilos alzaban el vuelo en solitario por las calles de Calcuta.
La experiencia le había forzado a renunciar a su deseo de conocer los pasos que sus alumnos emprendían una vez que a su mano ya no se le permitía guiarlos. Para Thomas Carter, el adiós solía venir acompañado del sabor amargo de la decepción, al comprobar, tarde o temprano, que cuando la vida había privado de pasado a aquellos muchachos, parecía haberles robado también su futuro.
Aquella calurosa noche de mayo, mientras escuchaba las voces de los chicos en la modesta fiesta organizada en el patio delantero del edificio, Thomas Carter contempló desde la oscuridad de su despacho las luces de la ciudad brillando bajo la bóveda de estrellas y las bandadas de nubes negras que se escapaban hacia el horizonte, manchas de tinta en una copa de agua cristalina.
Una vez más, había declinado la invitación a acudir a la fiesta y había permanecido en silencio postrado en su butaca, sin más lumbre que los reflejos multicolores de los faroles de velas y papel con que Vendela y los chicos habían decorado los árboles del patio y la fachada del St. Patricks al modo de un buque engalanado para su botadura.
Tiempo habría de pronunciar sus palabras de despedida en los días que restaban para el cumplimiento de la ordenanza oficial de devolver a los chicos a las calles de las que los había rescatado.
Tal como venía siendo costumbre en los últimos tiempos, Vendela no tardó en llamar a su puerta. Por una vez, entró sin esperar respuesta y cerró la puerta a sus espaldas. Carter observó el rostro excepcionalmente risueño de la enfermera jefe y sonrió en la penumbra.
– Nos hacemos viejos, Vendela -dijo el director del orfanato.
– Usted se hace viejo, Thomas -corrigió Vendela-. Yo maduro. ¿No piensa bajar a la fiesta? A los chicos les gustaría verle. Les he dicho que no era usted exactamente el alma de una fiesta… Pero si no me han escuchado en todos estos años, no iban a empezar a hacerlo hoy.