– ¡Vaya rápido a enterrar eso! -dijo Pedro con mal humor.
Miguel, que esperaba que lo felicitaran, se batió en retirada con algunos gruñidos ininteligibles en portugués. Mientras se alejaba por la alameda, con paso desigual, con los topos balanceándose en el extremo del brazo, Pedro apuró a Federico para que subiera al auto. Durante el corto trayecto hasta la escuela el chico estuvo callado. Sin duda, con su temperamento impresionable, no podría olvidar aquel triste espectáculo de carnicería.
Luego de haberlo visto desaparecer en la multitud de alumnos que entraban, balanceándose, por la puerta, Pedro apretó el embrague y salió hacia París.
Cuando llegó al consultorio, recibió un llamado de Gisele Harteville que lo invitaba a cenar al día siguiente, con algunos amigos. Nicole entre ellos. Esta idea lo enfrió. Ni siquiera fuera de “ La Buissonnerie ” tenía ningunas ganas de verla. Se negó, con el pretexto de que ya tenía un compromiso.
Como de costumbre, el último día del mes, Pedro llamó á Miguel a su escritorio para pagarle. Desde la muerte de María, el jardinero no tenía más que su salario personal, ligeramente mejorado para tener en cuenta “las circunstancias”. Hoy, sin ningún reclamo por parte del interesado, Pedro estimó que aquella remuneración era insuficiente. Miguel, además de su trabajo habitual, estaba construyendo el muro: era justo aumentarle. ¿Pero cuánto? Un añadido de quinientos francos por mes le parecía razonable.
Cuando Miguel se presentó, con los hombros hundidos, los brazos colgando, el aire áspero, Pedro le dio su recibo, contó los billetes (el jardinero había preferido siempre el dinero al contado) y anunció:
– ¡Aquí está, Miguel! Como usted verá, he decidido redondear la cifra…
– ¿Por qué, señor? -dijo Miguel mirándolo con fuerza a la cara, con una mezcla de arrogancia y de tristeza.
Esta pregunta confundió a Pedro. De golpe su propia benevolencia le pareció sospechosa. Lo asaltó un desánimo, como si las intenciones más generosas recibieran, en la cabeza del jardinero, una interpretación malévola y baja. Sentado detrás de su escritorio, con el dinero en la mano, se sentía en falta sin tener nada que reprocharse.
– Porque todo aumenta, Miguel -dijo-. Y también porque estoy contento de su trabajo.
Se justificaba. ¡Ya pasaba de la raya! Miguel tomó el dinero, lo guardó en el bolsillo sin contarlo y gruñó:
– Gracias, señor.
Pedro lo vio irse con alivio. Una sensación de frío lo penetraba. Se acercó a la chimenea. Unos leños y maderitas habían sido dispuestos en el hogar. Los encendió y se sentó en un sillón, ante la chimenea. Federico entró, seguido por Friquette. Traía un álbum infantil cuyas figuras quería mostrarle. Pero al ver el fuego se olvidó del libro y se acurrucó, con la espalda apoyada en las rodillas de Pedro. Fascinados ambos por la loca danza de las llamas, no hablaban. Los grandes acontecimientos de su existencia eran el vuelo de una chispa o la caída friable de un tizón. De tanto en tanto, Pedro fijaba su mirada en el rostro de Federico, que estaba de perfil, con la boca entreabierta, las brasas en los ojos. Había una armonía tal entre ese fuego cautivo, el silencio crepitante, los libros amigos ordenados sobre los estantes, la dulce perra acostada con el hocico entre las patas y aquella cara de niño radiante que, en un latido de su corazón, le pareció haber abandonado la vida superficial de todos los días y flotar, ligero como el humo, en la región de la dicha más elevada. De pronto se preguntó si la madera que se quemaba crepitando en la chimenea no provenía del tilo cortado. Movió las brasas con un atizador. El decorado llameante se desarmó y volvió a componerse. De la cocina venía el tintinear de la vajilla. La señora Cousinet preparaba la cena. Pedro se abstuvo voluntariamente de pasar a la mesa para prolongar esta feliz contemplación, entre Federico y Friquette.
15
Bernardo Changarnier bajó del sillón y se pasó la mano por la mandíbula.
– ¿No ha sido muy doloroso? -preguntó Pedro.
– Sí -dijo Bernardo riéndose.
– En todo caso, ahora puedes estar tranquilo. Tu puente no va a moverse en cien años. ¿Tienes cinco minutos?
– Sí -dijo Bernardo mirando su reloj-. ¿Por qué?
– Querría hacerte una consulta jurídica.
Pasaron al pequeño despacho, en el fondo del departamento. Allí Pedro le ofreció un sillón y se sentó él mismo detrás de la mesa, donde se apilaban revistas especializadas. Luego de un breve silencio, mirando al abogado a los ojos, dejó caer con una fingida desenvoltura:
– Me gustaría que me dieras algunas precisiones sobre las formalidades de la adopción. ¿Es posible adoptar a dos chicos cuya madre murió pero el padre vive todavía?
– ¿Dos chicos? -dijo Bernardo-. ¿Cuántos años tienen?
– Diez y doce años.
La mirada de Bernardo se aguzó, chispeó.
– Dime, Pedro, ¿no se tratará de los chicos de tu jardinero?
Interrogado a quemarropa, Pedro vaciló un segundo. Pero, puesto en evidencia, no veía ya ninguna razón para ser evasivo.
– Sí -dijo-. Los has visto en casa. Federico y Amalia. Son dos chicos excepcionales. Exactamente como los hubiera soñado. ¡Sobre todo Federico!
– Tienes razón -reconoció Bernardo-. ¡Es encantador ese pequeño!
– Y su madre, María, era una mujer notable, por su coraje, su honestidad, su sencillez -prosiguió Pedro-. ¡Susana la estimaba mucho!
– Sí, sí, por supuesto -murmuró Bernardo-. Sólo que ¿has pensado en la aplastante responsabilidad que te vas a echar a las espaldas de la noche a la mañana?
– ¡Ya la tengo esa responsabilidad! -afirmó Pedro.
– ¿Y Miguel, mientras tanto, está de acuerdo?
– Lo voy a decidir yo. Es un buen tipo. Pero desde la muerte de su mujer no se encamina. Es un ejemplo terrible para sus hijos. Debo sustraerlos por completo a su influencia. Además, estoy seguro de que Susana lo hubiera aprobado.
Luego de haber introducido el nombre de Susana en la conversación, Pedro se sintió mejor. En todos los grandes momentos de su vida la garantía de su mujer le resultaba necesaria. Asociándola a su deseo de adoptar a los chicos, estaba seguro de no equivocarse.
– Pero no me dices cómo hay que hacer en la práctica -respondió.
– ¡Ah, sí! -exclamó Bernardo-. En tu caso, no es complicado; eres viudo, no tienes descendientes legítimos. Como los chicos de Miguel tienen menos de quince años, no es necesario su consentimiento. Por el contrario, es absolutamente necesario el de su padre. Tiene que darlo ante un notario o ante un juez. Luego tú recurrirás al tribunal de segunda instancia que examinará el expediente, verificará si se han cumplido las condiciones legales…
– El hecho de que los chicos sean portugueses, ¿no podrá complicar las cosas?
– No. Según las leyes portuguesas, es la ley del país del adoptante la que se aplica a la constitución de la filiación adoptiva. ¡Algunas formalidades más, es todo!…
– ¿Y los efectos de la adopción cuáles son exactamente?
– Si se trata de una adopción plena, se rompen los lazos entre el adoptado y su familia natural. Todo queda como si el adoptado fuera realmente hijo del adoptante. Si se trata de una adopción simple, que es más fácil de conseguir -y pienso que es la que vas a elegir-, el adoptado añade a su nombre el del adoptante, continúa formando parte de su familia de origen, pero tiene los mismos derechos de sucesión que un hijo legítimo en la familia del adoptante. El adoptante tiene sobre él todos los derechos de la patria potestad.
Mientras Bernardo le explicaba los detalles del procedimiento y los efectos legales, Pedro los aplicaba a su caso y verificaba que ningún obstáculo serio se oponía a su idea. Se hubiera dicho que la ley había sido hecha para él.