Desde las cercas, donde las flores de girasol alternaban con cadenas de quiebracajetes celestes, mastuerzos, pringuitas de sangre del Señor y margaritones amarillos, sacaron los ojos divagados Bastiancito Cojubul, su costilla que estaba criando, Rosalío Cándido Lucero y el peludo Ayuc Gaitán.
Los tres -para ellos la mujer no contaba- vieron, cuando apenas era una mosca en el cielo, un avión que se fue haciendo abejorro, pronto libélula y más pronto aparato gigante. Quebró la recta que llevaba hacia el mar para dirigirse al campo de aterrizaje de la «Tropical Platanera, S. A.».
– ¡Bueno, pues, muchades, se acaba la mañana y nosotros aquí de haraganes!… -dijo uno de todos.
Se despegaron del cerco mojados de rocío, para salir a sus trabajos, mientras la mujer, olorosa a leche, buscaba al hijo dormido en un canasto, para despertarlo y que mamara. Pero, en despertarlo andaba cuando los hombres que salieron al trabajo asomaron de vuelta, y con ellos, otros hombres más que les metían las manos por la cara, para explicarles quiénes eran ellos.
– ¡Son ustedes!… -les gritaba Mauricio Crespo-…Ni mamados hasta el tope se imaginaron esto… ¡Dejen esos machetes, esas hoces, boten esos mecates, echen a la basura todo lo que tienen!
– ¡Nada de trabajar hoy!… ¡Ir al trabajo, ja!, ya ustedes no volverán al trabajo nunca… -les lanzaba a la cara Braulio Rascón-. ¡Ahora van a vivir, lo que se llama vivir! ¡Nosotros nacimos muertos, muchades, porque nosotros somos pobres y pobres nos quedamos! ¡Estos revivieron, salieron del cementerio de la pobreza!
«Pues no hay duda que se sacaron la lotería», pensaba la mujer de Bastiancito Cojubul, el pezón del seno lleno de leche entre los dedos, ya para dárselo al crío. ¡Pobrecito! Por no ver lo que hacía, acongojada por los tamaños gritos de aquellos hombres que felicitaban a su marido, la Gaudelia le pringó los ojos con leche, lo que no evitó que el crío se prendiera a la teta, sin dejar de seguir con las pupilas los movimientos de Crespo, Rascón y otros que los acompañaban, y otros más que iban llegando. Mamaba y miraba, miraba y mamaba.
Y todos hablaban, menos los dichosos mortales objeto de aquellas demostraciones de júbilo, que inquirían con ojos desconfiados si todos aquellos hombres no se habían vuelto locos o les estaban tomando el pelo.
Por fin Rascón dijo, al ver que no hablaban, que no abrían la boca, contentándose con recibir los abrazos, estrujones, apretones de mano, saludos y cumplimientos de los vecinos que cada vez eran más numerosos.
– Es que les falta un trago. La botella debe estar por ahí; ésa que yo traje previendo que algo se habrían de asustar… Tomate un trago, Bastiancito, y vos otro, Rosalío Cándido, y otro vos Peludo… A boca de botella. ¡Qué vaso ni qué copa!…
– ¡Mira, Gaudelia, que se calle esa guaca! -fue lo primero que dijo Bastiancito a su mujer. De viejo le entró lo resmolido.
– ¡Déjenla! Ella también está contenta. A saber si ya sabe quiénes son ustedes. ¿No ven a los chuchos, que les mueven la cola tan festivos? También ellos deben saber que a partir de hoy, nada de tortillas viejas; caldo de hueso con buenas postas.
El que más hablaba y bebía era Rascón. Crespo no se quedaba atrás en lo de empinarse la botella. Los Samueles -Samuelón, Samuel y Samuelito- seguían el ejemplo, para ponerse a tono. El hecho lo ameritaba. Los muchachos amanecieron como todos los días y todo se cambió de pronto para ellos. ¡Quién iba a imaginar que en aquel avión, en aquella mosca minúscula!…
– Lo que yo creo es que van a ser llamados a las oficinas de la Compañía -vino a decir alguien.
Otro, de los que ya estaba en el grupo, le rectificó:
– A mí se me hace que es al Juzgado adonde los van a llamar. Es el juez el que se lo tiene que hacer saber.
– Ah, si por juez es la cosa… -intervino Rascón.
– Pues cómo había de ser de otra manera, si se trata de una herencia. «Ansina» fue cuando mi abuelo Belisario, que de Dios haya.
– ¡Por los herederos!… -levantó una vez más la botella Samuelón, y sus hermanos, Samuel y Samuelito, tras decir lo mismo-: ¡Por los herederos! -se tragaron sendas buchadas de guaro con sabor a cacao.
Más tarde, éstos trajeron las guitarras para amenizar la fiesta improvisada. Pero antes se echaron otro trago.
– Se está acabando la botánica y nos vamos a quedar a pie… Hay que ir por otra… Yo doy…
– No dé nadie… -gritó Rosalío Cándido-, pues yo tengo tres botellas de comiteco.
Se arrancaron las guitarras con un son, luego un pasodoble y en seguidita un vals.
– No se ajumen, muchachos…
– Este Rascón sí que me gusta; no nos ajumemos, decí…
– Sí, no nos ajumemos mucho, por si tenemos que ir con ellos para servir de testigos. Para eso hay que estar frescos.
– Pero se les ve como agobiados -intervino Crespo-. ¡Alégrense, Bastiancito; vos, Peludo, Rosalío Cándido; alégrense, alégrense!…
En la inmensa soledad marina de la costa, el mediodía caía a plomo; y aparte de la fiesta -el comiteco encendió más y más las voces; alternaron charrangueadas con tonadas y bailes de sones- los demás habitantes se echaban a esa hora vencidos en sus hamacas, en los catres, o buscando mismamente el suelo, para tener algo de fresco. Se borraban los contornos. El resplandor del sol blanco, meridiano, cegaba igual que la oscuridad. Uno que otro pájaro volaba. Pero apenas movía las alas empapadas de sudor y distancia.
No los llamaron a las oficinas de la Tropicaltanera ni al Juzgado, a las dos salas nuevas del Juzgado, porque el edificio en que estaba se lo llevó el viento fuerte con los papeles y todo. Fue de ver la iracundia con que el ventarrón dispersó todos los papeles de aquella miserable justicia: procesos, juicios, nada quedó, y lo que no se llevó el viento, al caerse el edificio lo redujo a basuras. ¿Qué otra cosa era la justicia humana, sino basura, basura de papeles escritos?
No los llamaron ni a las oficinas de la Compañía ni al edificio nuevo del Juzgado. El comandante local se los mandó a traer con una escolta. La latidera del chucerío puso en guardia a los de la fiesta. Se habrá visto bruto más grande. El hábito de tratar a la gente por lo peor. De humillar hasta lo último. Nada de porque ahora son ricos y ayer eran pobres. La escolta empareja a todos. La «actoridá melitar» es para eso. Para emparejar a los ciudadanos. A nivel del suelo todo el mundo, y ¡ay! del que levante la cabeza, porque allí mismo se queda, tres metros bajo tierra. Sólo para adentro se puede buscar otro nivel. El subteniente que mandaba la escolta les impuso de la citación que se les hacía y… preferible mil veces que se fueran con él de una vez.
Gaudelia, entre atormentada y alegre, corrió a «Seroírames». Había que avisarle a Lino y a Juancho Lucero, así como a los otros Ayuc Gaitán, sus hermanos, que estaban citados urgentemente a la Comandancia, y que se fueran para allá, porque a Bastiancito, al Peludo y a Rosalío Cándido, se los acarreó la escolta, sin dar lugar a nada, salvo a echar en una carreta los restos de la fiesta, «bolos», guitarras y comiteco.
Los aros metálicos de las dos ruedas de la carreta despedían chispas de espejo a lo largo del camino plano, arenoso, al paso de los bueyes que movían sobre sus patas cortas las mansas moles de sus cuerpos. A veces sacaban las lenguas color de vena y se las paseaban por los belfos ardientes. Traían los testuces resguardados en hojas de quequexque.
– ¡Bueyes!… ¡Bueyes!… -gritaba Rascón, incorporándose en la parte delantera de la carreta-. ¿Ven? Eso eran nuestros amigos antes; bueyes, bueyes…, bueyes como seguimos siendo nosotros… Ellos ya no… -se bamboleaba-. ¡Ahora… ahora son eso…, eso que no es ser buey…, eso que no es ser ni lejanamente buey!… ¡No…, los amigos ya no son bueyes…, ya no van a jalar carreta!… ¡Ya no…, ya eso se acabó para ellos, jalar la carreta!… ¡Dichosos…, felices…, quisiera ser… no ser, buey…, no seguir siendo buey…, no ser como éstos, que son puros bueyes!… ¿Para qué nos bautizan los curas es lo que yo digo?… ¿Acaso bautizan a los bueyes?…
Se apeó de la carreta para irse a su rancho. Posaba donde la Sara Jobalda. Amagaba de un lado para caerse del otro, y de ése no se caía, ni de ése ni del otro…
– ¡Buey!… -repetía a cada hamaqueen-… ¡Buey!… -bostezaba, estornudaba, tosía, escupía, babeaba-… ¡Buey!…
El tiempo de llegar y desplomarse a la puerta del rancho donde estaba pidiendo posada hace cinco meses.
Todos los días preparaba viaje. Al levantarse envolvía la tuja, su mayor bien, y la dejaba lista para marcharse bajo unas árganas en las que ya sólo había tuzas viejas. Por la tarde, a filo de la noche, regresaba con el sombrero hasta las orejas, casi tapándole los ojos llorosos, algo bebido, y con el hipo y la queja de no haberse podido ir desenrollaba la tuja para echarse en el suelo. Mañana sí me voy -se decía-, con toda seguridad que me voy.
La Sara Jobalda lo fue arrastrando de los brazos para el interior. Muy feo un hombre botado en la puerta. Como de costumbre lo bolseó. Dos ingrimos cigarros. Todo lo que tenía. Algo es algo. Los guardó para fumárselos cuando le tocara ir, que ya le tocaba; estaba esperando que le llamara del cuerpo, porque es una treta salir con el mandado, y ahora el señor Braulio borracho. Tal vez con la fuerza que hizo para entrarlo le llamaba.
– Once millones… -se sentó a decir Rascón.
– ¿Y eso qué significado tiene? -preguntó ella, riendo de su delirio de grandeza.
– ¿Cómo qué significado tiene, bruja machorra?
El manotazo de la Sara Jobalda alcanzó en la mejilla al señor Braulio. Se fue de bruces, pero al pegar con la cabeza en el suelo, como si tuviera hueso de elástico, saltó hacia atrás para quedar con la cara nuevamente frente a la Jobalda. Levantó el brazo para defenderse, mientras explicaba: