– Ya que nos encontramos, ya que estamos solos, quedémonos un rato, sentémonos a ver cómo la gente corre; todos corren igual que ínfimos insectos cabezones; sólo las cabezas se les ven y los pies que van dejando atrás. Todos corren. ¿A qué? No es a ellos a los que sonrió la fortuna. ¿A qué? Van porque después de todo, Toba… -le tomó las manos frente a frente, tratando de sentarla, el terreno se desmoronaba bajo sus pies-, no están satisfechos de lo que son y el mundo sin amor es de los insatisfechos: ese mundo de la codicia, del dinero, del renombre, del gozo y el poder: y van, Toba… -le había soltado las manos y rodeado el cuerpo con sus brazos, para acercársele más y hablarle casi en la cara, oliéndola como se huele la profundidad del mar, respirándola entera, tratando de que sus pestañas tocaran las pestañas de ella, para que sus labios quedaran más próximos, y sus respiraciones confluentes para formar un solo respirar anheloso-. Van, además, porque en las personas de los nuevos millonarios se ve cada uno de ellos elevado a categoría de tal, vengado de las miserias sufridas y de las que han de venir, porque son gentes como ellos, Toba; Toba, gentes como ellos, los que sin ser ellos, les representarán en ese festín de las grandezas. ¿Qué importa que despues, una vez consagrados los invictos, ellos sigan de peones, carne para mugre, pelo para piojos, altas de hospital y huesos en la fosa de todos? ¡Qué importa, qué importa!…
– Suma…
Y en los labios de Toba un beso apagó la palabra que repetía abriendo los ojos mucho, mucho.
Sin comprender palabra de lo que parlaba el gangoso, profesor en la escuela del pueblo, la mulata sentía la magia de la palabra buena, porque tenía que ser palabra buena la que la hizo detenerse, dejarse tomar las manos, dejarse abrazar, dejarse besar.
La noche en la tarde. Las estrellas en lo rojo de la tarde. Y el hormiguero de gente moviéndose hacia las «yardas» alumbradas por cientos de focos eléctricos, lago de luz en medio de la tiniebla caliente como raíz recién desenterrada.
– Toba…
Habían quedado solos en el declive de la pequeña ladera, sobre la arena suave. La besó de nuevo y mientras la besaba la olía, la apretaba a su cuerpo, a su corazón, ansioso de que no quedara nada que no fuera suyo de aquel ser delgado, haz de himnos para el placer y la ceniza.
– Vestido se rompe. Único vestido tengo. Único… -murmuraba Toba; en su cara dulce el gusto de complacer bajo la noche infinita, sin saber bien por qué, sin saber bien por qué…-. Hable, hable más, mejor palabra… -trató de defenderse.
– Tienes las rodillas duras, Toba…
– De rezar. Madre reza, yo rezo hincada. Padre estar enterrado aquí.
– Pero tus piernas son finas. Son como troncos de bananal que aún está tierno, recién crecido…
Toba sintió cuando la mano le agarraba la sombra que escondía desde siempre entre sus piernas. Levantó los brazos y se puso en cruz a mirar el cielo.
– ¿Toba, qué miras? ¿Miras la riqueza de Dios? -musitó él mientras la acariciaba-. ¿Qué miras?
– Suma…
Y jugó sus ojos blancos, manchas de cal caliente entre pestañas duras como crines.
– En este momento somos más felices que los herederos de todos esos millones. Las riquezas del cielo se nos pierden hoy, pero las encontramos mañana, como la dicha, como la esperanza, con sólo alzar la cabeza y volver a ver el cielo. Hay un fluido entre esas riquezas infinitas y nosotros.
El grito un poco áfono de la mulata cruzó entre los escasos arbustos de la pequeña ladera. El dolor. La sangre. Su tristeza única. El engranaje de los cuerpos. Los besos sosegando los espasmos. Suma, suma, suma de dos seres, de dos cuerpos, de dos cantidades infinitas para el amor.
En el espacioso salón de jefes y altos empleados -todas las luces encendidas, todas las ventanas abiertas, llenas las sillas, llenas las mesas con los jugadores de bowling que llegaron a última hora y se treparon en ellas cesosos y sonrientes, llenas las puertas con la peonada y los pasillos llenos con los empleados secundarios- se daba lectura al testamento de Lester Stoner o Lester Mead, otorgado en la ciudad de Nueva York ante los abogados Alfredo y Roberto Dosweil y protocolizado por el licenciado Reginaldo Vidal Mota, allí presentes rodeando la mesa de actuaciones con el juez, su secretario, el alcalde, el vicepresidente y gerentes de la Com pañía.
Lester Stoner instituía única y universal heredera de sus bienes y acciones a su esposa Leland Foster de Stoner y, en su defecto a las siguientes personas: Lino Lucero de León, Juan Lucero de León, Rosalío Cándido Lucero de León, hijos de Adelaido Lucero y Rosalía de León Lucero, ya fallecidos; Sebastián Cojubul San Juan, hijo de Sebastián Cojubul y Nicomedes San Juan de Cojubul, ya fallecidos; y Macario Ayuc Gaitán, Lisandro y Juan Sostenes Ayuc Gaitán, hijos de Timoteo Ayuc Gaitán y Josefa Gaitán de Ayuc Gaitán, ya fallecidos.
– ¡Que se calle esa gente allí -gritó Maker Thompson imponiendo silencio a los asistentes asomados a las puertas y ventanas. Había llegado la víspera en ferrocarril con el licenciado Vidal Mota y Juambo, su criado, para acompañar a los hermanos Doswell en su recorrido a las plantaciones, las playas del Pacífico y los lugares en que Stoner encontró la felicidad y la muerte al lado de su esposa, sin más trato que el de aquellos rústicos ni más ambición que crear un mundo justo.
Los mellizos Doswell, admiración de los asistentes que por verlos se empujaban, entre risas, bisbiseos y aspavientos, desde que llegaron al trópico se abonaron al refresco de guanábana… (¡No more whisky, gua… na… baña!) Se esponjaban las caras sudorosas, era un baño de sudor, con grandes pañuelos blancos que también les servían para darse aire. (¡Tropic!… ¡Tropic!…) Eran tan idénticos que sudaban el mismo número de gotas y al mismo tiempo. (¡No more whisky, gua… na… baña!… ¡Tropic!… ¡Tropic!…)
Leído el testamento por el secretario, el juez actuante llamó a firmar a los herederos nombrados. Pálidos, distantes, huraños. Lino Lucero firmó a la descubierta, la pluma en la mano temblorosa, sin agacharse mucho sobre el papel para que no se le saliera el llanto que se estaba tragando.
El acta de defunción de Lester y Leland se acompañaba al testamento adherida al legajo igual que un insecto plano, un insecto misterioso en cuyo vientre a rayas de papel sellado estaba escrito el final de aquellas dos vidas en lacónica frase, insecto delgado, casi transparente del que se desprendía el alocado mundo de las hojas trémulas, de árboles en erupción de ramas culebreantes antes de ser arrancadas de cuajo, de cegadoras nubes de polvo, de ensordecedores diapasones de huracán, silenciosos, diáfanos y hondas explosiones oceánicas: todo salía de allí, del insecto-papel, del insecto-acta de defunción, sin faltar la presencia de Rito Perraj (sagusán…, sagusán…, sagusán…), ni la carcajada muda de la calavera de Hermenegildo Puac, ni…
Ahora que estaba muerta, Lino Lucero podía hablar a su corazón de su amor por doña Leland; olía a lo que huele la madera de nogal al aserrarla, al olor con brillo que suelta el nogal entre los dientes del serrucho.
– Gracias, Lino… -dijo ella esa vez que la bajó del caballo, clavándole las manos como muletas, en las axilas, para que sus dedos alcanzaran algo del nacimiento de sus senos.
¿Comprendió ella algo?
Lo cierto es que sólo así le dijo: «Gracias, Lino…»
– No es nada, doña Leland… -le respondió él, la voz pastosa, el corazón que no le cabía en el pecho.
– Pero si es un tiburón nadando…
Eso fue otra vez. Doña Leland se bañaba con su esposo en la desembocadura del río. Lino, atraído por su belleza, se tiró al agua y pretextando que ella corría peligro, la palpó toda.
¡Cobarde! ¿Por qué cuando se la llevaron muerta no tuvo valor de besar el mechón de su pelo de oro fúlgido que se escapó de la sábana blanca que cubría sus cadáveres, aquella mañana de zafiros desolados?
Al concluir de firmar, la escolta despejó para que salieran los herederos y los señores hacia el comedor de empleados, donde se les agasajó con whisky, licores, vinos y sandwichs. Los jerarcas de la Compañía abrazaban a los nuevos millonarios, como a potrillos que de repente hubieran dejado de andar en cuatro patas, para volverse bimanos.
Terminado el agasajo salieron a la luz de las «yardas» y de allí a la oscuridad de los caminos. Gente y luciérnaga. El avión posado sobre la pista de aterrizaje, muy bien iluminada, parecía un gran pájaro de papel de plata.
XII
El gentío por grupos se encaminó a «Semírames», propiedad de los Lucero, situada donde Adelaido, padre, la construyó hace tantos años como edad tienen Lino y Juan, y no obstante los años, igual que acabadita de estrenar siempre; tantas mudas y renovaciones se le hacían para mantenerla en pie, ampliarla un poco y renovar sus materiales, no porque envejecieran, porque en la costa nada envejece, dado que todo se gasta rápidamente, y pasa como las personas, casi sin edad, de los años mozos a la muerte.
De la casa que en «Semírames» construyó con sus manos el propio Adelaido Lucero, pintando las paredes de rosado y el zócalo de amarillo, como iba vestida la Ro salía de León el día que la conoció -blusa rosada, enagua amarilla-, no quedaba sino el lugar. Se amplió al crecer la familia; le dieron más de alto al renovarle los techos, las vigas madres, todo hubo que cambiar, y «ultimada-mente», como decía Juancho, tuvieron que hacerle dos lados para que cupieran las dos familias, la de él y la de Lino -Rosalío Cándido era soltero y se avenía a vivir allí con ellos-; aunque esto, que fue como echar la casa por tierra, sólo pudo hacerse fallecida la madre, que lloraba cada vez que se hablaba de botar y levantar los techos, aumentar las habitaciones, ampliar los corredores, subir la cocina…
Por grupos, notificado el testamento, el gentío se arrancó hacia «Semírames». Unos alumbraban el camino con lámparas eléctricas de mano, otros con faroles y otros con hermosas y alocadas teas de ocote. La escolta acompañaba a los herederos, encabezados por Lino Lucero, que desapareció, así como sus hermanos, y los otros, entre nudos de abrazos al solo llegar a la puerta de la casa, donde las gradas para subir al corredor, eran una cascada de gentes esperándolos.
– Esos señores gringos son lo más sin gracia que hay -hablaba el comandante con la Toyana – por eso no quise moverme de mi despacho; imagínese usted que debían haber rodeado la notificación del testamento de alguna solemnidad, pero como ellos todo es «allá va la vaca, nana».