Выбрать главу

Braserío y ceniza quedaba de las luminarias encendidas en torno de «Semírames». En las ramas de los cocales seguía la peonada, jóvenes y muchachos, gozando la fiesta. ¿Cuáles eran cocos y cuáles cabezas?… Y sobre ellos, las estrellas. ¿Cuáles eran ángeles y cuáles estrellas? La noche inapagable. El lucero del alba. Las mujeres de los guardianes nocturnos rascándose un pie con otro, en espera del hombre que salió enfermo a trabajar. Ardía en fiebre. Respiración pabilosa de esqueleto frío. Un sereno es siempre un cadáver para las cosas del día. ¿Por qué hacen trabajar cadáveres? El grito de la Muer te. ¿Por qué ponen a trabajar cadáveres?… ¡Yo los exijo!… ¡Esos, ésos que tienen los huesos transparentes de hambre, los ojos algodonosos, las bocas con los dientes como parrillas de asar silencios… en espera de un pan!… ¡Devolvedme mis muertos!… Y al través de las plantaciones donde la vida es la exageración de ella misma en un derroche de violencias sin término, ni el eco contesta, nadie contesta a la Muerte, sólo unas máquinas a lo lejos, unas maquinitas minúsculas en manos de los time-kipers, porque cada uno de aquéllos representa un número, un jornal, una cifra…

– ¡Toba!

El nombre sonó solo. Y solo quedó. Un gajo de perla subía de las brumas tibias calentadas a la arena de las playas en que hierve el mar quemante del trópico, bruma que calienta la arena y el viento pasea, bruma que rodea los cuerpos de las mujeres como Toba.

– ¡Toba!

En qué partícula del aire, en qué segundo de tiempo, en qué instante de su eternidad, estaba Juambo, el Sambito, cuando oyó aquel nombre que el gangoso acababa de pronunciar no lejos de la escolta, entre la luz de la fiesta, regada en el patio, y la sombra de un guarumo.

– ¡Toba!

El misterio de ser hermanos. Antes de ser él ya era hermano de la Toba. No la conocía, no la había visto nunca, pero los dos salieron del mismo mundo acuoso, ligeramente dulce, del mismo algodón de carne, como gusanos, sufrimiento que recordaba ahora, al oír el nombre de su hermana. Toba. El misterio de ser hermanos.

Y tembló, como si le fuera a dar la crisis. El gangoso la tenía de la mano, toda ojos blancos y apenas una gabacha echada encima, hasta abajito de las rodillas, y sus pies en zapatos de suela de goma, y sus brazos largos, inconmensurables, perdidos en la sombra que lamía su cuerpo que como él supo de la misma cárcel materna. No la conocía. A él lo dejaron perdido en el monte para que se lo comiera el tigre. Sus padres hicieron eso. Se le empapó la boca de saliva amarga.

Toba lo reconoció. Estaba igual al retazo de retrato que le mandó su hermana Anastasia. Abajo se leía: «Este es tu hermano Juambo. Es orgulloso. No me habla. Ni yo a él.» Sus ojos de muñeca prieta, blancos ojos de género blanco, con dos ruedas negras al centro, pararon sobre la cara del mulato. Le alargó la mano, que el gangoso le dejaba libre, con alegría. El gangoso quiso interponerse. Toba lo detuvo. «Hermano mayor», le dijo. «Hermano mayor nacido otra costa.» Y al tenderle la mano a Juambo, le hizo saber:

– Madre viva. Padre muerto, enterrado aquí.

Los perros ladraban a distancia. Sus ladridos acompañaban las ruedas de los vehículos que se movían hacia los lugares de trabajo.

– ¿Dónde está madre, Toba? Tengo una pregunta que hacerle.

– Allá, casa… -y señaló la noche-…allá, casa… Señor, amigo… -presentó al gangoso.

– Juventino Rodríguez, para servir a usted -dijo éste tendiéndole la mano a Juambo.

– Se la estrecho con gusto, amigo. Mano dulce. Mano de amistad dulce. Hay manos que desde que nos las dan por primera vez nos parecen saladas.

– En mis manos no hay lágrimas, nadie ha llorado por mí -dijo Juventino.

– Mejor así, ¿verdad, Toba?

– Y si una mujer llena de llanto el cuenco de la mano de un hombre -agregó Juventino-, hay que pedirle que después se la bese, para que la sal se vaya y siempre le queden dulces.

– ¿Y cuando uno ha llorado a solas con sus manos? -se interpuso el mulato.

– Juambo, madre te las va a besar, y quedarán miel de caña…

– Me dejaron perdido en el monte para que me comiera el tigre.

– Nunca verdad. Te regalaron con señor norteamericano, Juambo.

– Hombre peor que tigre, Geo Maker Thompson, peor que el tigre; hoy ya viejo; pero antes… -y signó el mulato-. ¿Dónde está madre, Toba? La pregunta me quema los labios. Soy Juambo el Sambito, el quemado con la misma pregunta toda la vida.

– Vamos nosotros, Juambo, donde está madre. Casa, allá. Juventino señor entrar fiesta. Juventino señor bailar mujer pintada. Nosotros regresar, regresar aquí y Juventino señor volver Toba. Toba besarlo. No reclamarle nada.

Se alejaron los mulatos. Seguían ladrando los perros. Redondos ladridos veloces, porque ladraban siguiendo con la cabeza el movimiento de las ruedas de los carros.

El gangoso, sin decir nada, los vio alejarse en suspenso, paralizado por aquel hablar de ensalmo. Luego trepó a las gradas de la fiesta en busca de un «alcohol».

No uno, tres roñes dobles se colocó entre pecho y espalda. Saludaba, reía, sin poderse apartar de los ojos la imagen de la Toba. La Toba estatua, la Toba alucinada, con su olor a jenjibre, sus pétreos senos y su falta de vientre. La Toba alargando los brazos hasta las estrellas, mientras él le acariciaba las piernas. La Toba entre sus brazos de iracundo, solícita a responder a sus besos sin cansarse. La Toba con las rodillas duras, endurecidas de estar de rodillas ante las imágenes de los altares. La Toba de cabello como borbotón de sangre negra, rizada en espuma, crocante entre sus dientes como miel apagada. La Toba con las uñas de ceniza de muerto.

– ¡Bravo, Pascualito Díaz! -se acercó a decir al alcalde que seguía con la cirquera.

– ¿De dónde salís, Juventino?

– De lo oscuro…

– Quién te manda…

– A ver si me da una colita, me mandan.

– Ella dice…

– Pues si le parece, señorita… -se interpuso Juventino-, dice que sí, y bailamos.

– Si no se molesta, don, bailo con el joven -dijo la cirquera, coqueteando con Juventino para darle de comer chile al alcalde, celoso. Así, tal vez le afloje los pasajes para Ayuda.

Y al empezar a bailar ella preguntó:

– ¿Cómo se llama?

– Juventino Rodríguez…

– El nombre me suena. ¿No estuvo usted en el puerto para la fiesta?

– En la zarabanda «Azul Blanco» estuve de cajero. Después me vine para acá y aquí me voy a quedar de maestro de escuela.

Decir aquello Juventino y empezarle a molestar el zapato a la cirquera fue uno. Se detuvieron. El alcalde, que mientras bailaba la seguía con ojos encandilados, la nariz de floripondio con dos ventanas respirando como fuelles, vino en seguida. El zapato, el pie, el piso ¿qué podía ser? Cojeando se agarró del brazo de don Pascualino, mientras despedía a Juventino con una inclinación de cabeza.

– ¿Qué pasó? -inquiría el alcalde-. ¿Te faltó el respeto? ¿Olía mal?

– ¡Maestro! ¿Te parece poco? Por eso me hice la coja. ¡Maestro de escuela! Venir una a la costa en busca de un millonario y encontrarse con un maestro es el colmo de la mala pata. ¡Malito, dejarme con ése! Tú sabías que era maestro. Y hablando de otra cosa: ¿cuándo tendré los pasajes?

– Mañana sin falta.

– Hoy, en todo caso, porque ya es nuevo día.

– Pero, lo primero, lo fundamental, sería que me dieras unos cuantos «hocicos».

– Y si yo le dijera que se me olvidó besar…

A veces lo trataba de tú, a veces de usted. Cuando se ponía a la defensiva lo trataba de usted; cuando atacaba por lo de los pasajes de tú.

– A cuántos habrá besado esa boquita…

– A muchos, pero ahí está que se me olvidó, y peor a usted que cuando besa deja abiertos los ojos; cuando se besa hay que ocultarse, esconder las niñas…

– Yo besaba así hasta una vez que me sustrajeron mi pluma estilográfica, y nadie me quita que fue durante el apagón de un beso.

– ¡Fíjese cómo habla, me está llamando ladrona!

– ¡Ladrona, porque me robaste la paz, el corazón! ¡Hocico!…

– Deje estar, don Pascualito, lo están mirando; es el alcalde.

– Hocico, hocico…

– Y hocico de paso. ¡Ya ni que fuera su marrana!

– Pico, pues…

– No soy ave… para tener pico, pico…

– Beso…

– Con mucho gusto, un beso casto en la frente pensativa.

– Casto no quiero…

– Después se lo doy como le parezca, pero ahora vamos a bailar, no me gusta arrinconarme en las fiestas y menos con hombre. ¿Ese vals no le gusta?… Mejor que besarme es llevarme en sus brazos, y eso que no me ha cumplido con lo de los pasajes para Ayutla.

– Mañana… -ya iban bailando…

Polo Camey, el telegrafista, bailaba con la otra circense desde hacía mucho rato. Se la quitó a uno de los Samueles. A ella le gustaba la guitarra, pero poco a poco se fue interesando, con la facilidad con que las mujeres se interesan por lo que hace el hombre que las habla de amor, en esos otros hilos que de poste simulan cuerdas de guitarra tendidas sobre los campos.

Camey dejó a la compañera en poder del comandante, que se acercó a pedirles que lo acompañaran a tomar un trago.

– Lo dejo con ella y vuelvo -dijo el telegrafista. Había concebido un plan para darle jaque mate a aquella buena pieza y fue buscando a Juventino Rodríguez hasta encontrarlo. Conversaba con doña Lupe, la esposa de Juancho Lucero.

Cuando Polo Camey volvió por su prenda, el comandante no quería soltarla, pero con la promesa de volver al terminar el vals que estaba tocando la marimba, la dejó ir, y habría esperado, pero vino a llamarlo Rosalío Cándido Lucero para que fuera a oír cantar a uno de los Samueles.

– Ah, sí… -avivó los ojos la circense, tenía aire bravo de mujer de baraja, contestando a lo que Camey le conversaba-, como en el caso del millonario que heredó a los señores en cuya casa estamos.

– Tiene muchas cosquillas…

– ¿Por qué lo sabe usted? ¡Qué maligno es; no me gusta!

– Porque van juntas las cosquillas y el vello, y usted tiene un bocito muy lindo.

– Pero hábleme de otra cosa, hábleme de ese señor. ¿No será un millonario que la anda pasando de maestro de escuela?