– Todo cabe en lo posible… Menos era Cosi cuando recorría estas plantaciones ofreciendo «todo para el costurero» y soltando una carcajada estridente, rabiosa, casi aúllo, que se oía muy lejos.
– ¿Lo oyó usted?…
– No, pero hay gente que lo oyó…
– Y resultar tan millonario…
– Por eso para mí que el señor ése… No me atrevo a afirmar nada y falto a mi deber, pero…
– Hable, ¿no me tiene confianza?
– He recibido para él mensajes muy raros, telegramas en que le consultan o no si vende valores, acciones que sin duda le pertenecen…
– ¿Y esas consultas de dónde se las hacen?…
– De Nueva York. Y hasta eso de hacerse el gangoso.
– Si habla como comiéndose las letras…
– El dice que es cubano; pero quién va a descifrar el misterio con suposiciones.
– ¿Por qué no me lo presenta?
– Al terminar este fox. ¡Qué bien baila usted el fox! Bueno, todo lo baila bien.
– Mejor ahora. Vamos… Está en la puerta del comedor… Con el pretexto de que vamos a tomar una copa…, me lo presenta y brindamos con él, porque yo también tengo la boca seca.
La hermana pasó del brazo del alcalde, mientras Polo Camey le presentaba a Juventino Rodríguez, y le recordó que ya era muy tarde, que iba siendo hora de marcharse.
– ¿Muy tarde? ¡Muy temprano querrá usted decir!… -le enmendó Polo Camey, riéndose y mirando la hora en el reloj que llevaba en el antebrazo.
– Voy a bailar con el señor y después nos vamos…
– ¿Vas a bailar con ése? -interrogó la abonada con el alcalde, visiblemente contrariada.
– Mi hermana no debe saber quién es usted -insinuó, ya bailando con Rodríguez, la curiosa compañera de Camey. Y como no obtuviera contestación, separóse al ir danzando para verlo bien de frente y como si en sus facciones tratara de encontrar la clave del misterio que rodeaba al que todo podía ser, menos el papel de maestro que quién sabe por qué andaba representando.
– ¿Usted es?
– Yo soy…
– Dígame quién es…
– ¿Para qué quiere que le diga quién soy?
– Porque desde que lo vi -yo estaba bailando con el telegrafista- el corazón me hizo un ruido extraño en el pecho… Yo presiento quién es usted; en mi trabajo, en el circo, leo las cartas, soy hija de una gitana y sé el pasado y el porvenir de las personas… Su amigo, por ejemplo, tiene un signo trágico…
– Vamos, Pascual, que ya a mi pobre hermana la mareó el hombre ése. ¿No te dije que tenía olor escolar? -y al llegar a la pareja que formaban el gangoso y la circense, fingiendo sonreír, lanzó un S. O. S.
– ¡Nos vamos!… Ya es demasiado…
– ¡Ándate tú -le cortó la otra en seco-; yo me quedo con mi compañero!
Polo Camey volvió después de preparar las cosas en su oficina; el plan era audaz, pero la mujer es de los audaces.
– Salgamos, ¿quiere? Hace tanto calor… Verdad que afuera también, pero al menos -propuso el gangoso al ver aparecer a Camey.
– Se respira mejor, como dicen en el Tenorio; de chica hice el papel de doña Inés, doña Inés del alma mía… Hay apellidos raros en España. ¡Apellidarse «del Alma-mía»!
Marchaban por un sendero oloroso a ramajes empapados en sereno y en luz de amanecer. Dentro y fuera el calor era igual.
– ¿Verdad que es usted un hombre misterioso?.,. ¿A dónde me lleva?… ¿Tiene alguna cabaña escondida?… ¿Qué vende?… ¿Vende cosas para el costurero?…
– Nos vienen siguiendo -dijo Rodríguez, tomándola del talle.
– Sí… -apretujóse ella en su brazo.
– Veo las oficinas del telégrafo… Andemos de prisa… Refugiémonos allí…
Y se deslizaron como dos sombras a la salita de recibo de telegramas, pálidamente iluminada por una lámpara de petróleo, y en la que el ruido nervioso de los aparatos aumentaba el misterio.
Una cuchilla de silencio acababa de guillotinar la fiesta, silencio al que siguió un gran alboroto que obligó a volverse a «Semírames» al supuesto millonario y a la circense.
Del lado de los cusucos, por donde vivía la Toba, también se dieron cuenta los mulatos de que la fiesta había acabado repentinamente, bien que al callar de la marimba y las voces alegres, siguió tremendo escándalo. De la negada estaba que tenía que terminar así -pensó Juambo. Fue mucho el aguardiente que dieron y el cervezal.
Antes de entrar al rancho, los mulatos lo cercaron tres veces con sus pasos, en una dirección, y tres veces, en otra. El Sambito miraba al suelo, a los hierbajos, a las piedras de mal terrón que se deshacían bajo sus pies. Toba miraba al cíelo. ¿Quién truncó las cosas?, le preguntaba a Dios. Vos las hiciste cabales, ¿quién las vino a truncar?
Toba metió la mano por un pequeño agujero, alzó la tranca por dentro y deslizóse, al ceder la puerta, seguida de Juambo. Ya estaban en la pieza. Ardía un candil de aceite ante la imagen de un Cristo negro. Su luz, escasa de momento, no los dejó ver más, pero habituados al temblor de la oscuridad, empezaron a moverse. Toba conocía. Aquí, en este rincón, un cofre de madera blanca, pintada de culebritas rojas. Allá, una carreta de albañil parada, apoyada en la pared de cañas. Dos canastos con ropa tiesa almidonada, sin planchar. Una cómoda baja. Un retrato grande en forma de medallón. Y casi al par de la cómoda, un bulto de ropa viva. Lo vivo en ella era la ropa, como en toda persona de mucha edad. El camisón blanco, la cabeza con poco pelo sobre el hueso oscuro, los ojos medio velados por el peso de los párpados. Ya no tenía fuerza para levantar sus párpados.
– Madre; hijo…
– ¿Juambo?… -preguntó después de un rato en que estuvo callada con el rosario en la mano.
– Sí, soy Juambo… -acercóse a decirle el mulato con los pasos duros del extraño.
– Madre, hijo viene preguntar a usted una sola cosa…
– ¡Toba!… -Juambo buscó ansioso los ojos de su hermana-. No tengo valor, no soy suficiente, mejor…
– Madre, hijo quiere saber si padre y madre lo dejaron perdido en el monte para que lo comiera el tigre…
Se empapó de sudor la frente de Juambo. La frente y las palmas de las manos y fue agachándose, agachándose, sentenciado ya por el silencio crudo que siguió a la pregunta formulada por su hermana. Ese silencio de aceite crudo, espeso, burbujoso.
¿Quién cambió, quién cambiaba aceite a la máquina del tiempo en el momento en que Juambo hubiera querido que se deslizaran los minutos en el aceite fino del cariño, no en el grueso lubricante de burbujones y silencios?
– Padre golpeado, madre herida, Juambo. Sambito, pequeño, ¡chos, chos, moyón con!, pequeño… Yo herida, padre muy golpeado… Míster Maker Thompson querer mucho Sambito… Pedirle regalado…, quererlo mucho… Padre, madre, huimos con Anastasia… Mataban… Quemaban… La otra costa amargos… Aquí medio buenos… Atlántico mucho dolor…
El aceite fino bañaba ya el engranaje de sus palpitaciones. De cavidad en cavidad la sangre saltaba como juguete de alegría. Se apretó el pecho. Detenerse, reforzarse la pared del pecho.
– Dame tu cabeza para que yo la bendiga, hijo…
Juambo se acurrucó…
– En el nombre del Padre, ¡chos!, del Hijo, ¡chos!, y del Espíritu Santo, ¡moyón, con! Así aprendimos a santiguarnos, Juambo, para que nos libre Dios de esos malditos protestantes, herejes evangelistas, que en la otra costa mataron, quemaron… Atlántico mucho dolor, mucho dolor…
– Toba, no quise decirlo a madre, pero mejor me hubieran dejado en un monte para que me comiera el tigre.
– Ellos ignorantes, Juambo…
– Maker Thompson más malo que un tigre, me comió lo más mío, y traicioné, Toba, traicioné, y el traidor aunque viva ya no tiene substancia. Traicioné a los míos al servirlo con fidelidad de perro. ¡Cuántas veces pensé echarle veneno en el whisky! ¡Chos, chos, moyón, con!, me golpeaba la sangre.
– ¿Y eso qué quiere decir?
– ¡Nos están pegando! ¡Manos extranjeras nos están pegando! Es el grito de guerra inextinguible, y traicionado por mí.
Sudor y sereno. Tras el silencio, en la fiesta el alboroto.
– Toba, si alguna vez tienes un hijo, no lo dejes a que lo coma el tigre en el monte…
– ¡No, Juambo!
– Ni regalarlo nunca hombre…
– No, Juambo, hijo comerme a mí. Madre ser eso, comida del hijo.
La escolta trajo la mala sombra a la fiesta. Ya cuando todos se iban, el comandante dispuso en una arenga dar órdenes al subteniente para que siguiera guardando con aquel piquete de hombres la vida e intereses de los acaudalados herederos.
– ¡Teniente, soldados, nuestro deber es amparar y defender a estos caballeros! ¡Soy hombre de tropa, y sé que la gente de tropa jamás falta a sus más sagradas obligaciones, aun con sacrificio de la vida misma! El militar, único brazo armado de la Patria, debe estar donde le mandan, sin volver a ver a los seres más queridos, cuando va a dejar su cuerpo al frente de batalla, en defensa del suelo nacional. (¡Bravo! ¡Bravo!, corearon algunos.) Mis hombres defenderán a los caballeros en cuya casa estamos. Necesitan de nuestro apoyo valiente, franco, sereno, desinteresado, y aquí nos tienen. Nada nos doblegará, nada nos hará ceder. ¡Hasta aquí!, gritamos a la turba, y hasta allí llega, porque si no abrimos sobre día las bocas de nuestros fusiles. Nadie osará nada contra ellos, mientras la escolta y mi subteniente mantengan a raya al abusivo, sea uno o muchos, porque el partido de los abusivos desgraciadamente aumenta cada día. Todos quieren ser ricos, y eso no se puede. ¡Dormid tranquilos, amigos, al lado de vuestras esposas y vuestros caros hijos; la escolta velará por vosotros, y nada temáis, que para eso hay, habemos todavía militares pundonorosos, para defender los intereses del pueblo y de la Patria!
Lino Lucero se adelantó, antes que terminaran los aplausos y mientras los concurrentes felicitaban y abrazaban al comandante para decir algunas palabras. Todos callaron. Sin duda iba a agradecerle.
– Señor comandante… Es en mi nombre y en el de los herederos de ese claro varón norteamericano que se llamó Lester Mead -con ese nombre le conocimos- y de su esposa, Leland Foster, de quien nos acordamos cada vez que vemos subir la estrella de la tarde; es en nombre de todos nosotros que agradecemos al señor comandante su celo en la defensa de nuestras personas e intereses. Pero mal haríamos nosotros, si aceptáramos la protección que se nos brinda con tan buena voluntad. Primero, porque no la merecemos. Somos muy poca cosa, aunque hayamos heredado ese capital. Y segundo, porque no la necesitamos.
El comandante se atusó el bigote con tanta rudeza que de los pelos se levantó el labio mostrando una fila de dientes viejos manchados de nicotina.