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– Y no la necesitamos, señor comandante, porque nosotros no estamos en el papel de los que explotan al trabajador, y el que hayamos heredado la majestad de una fortuna por todos conceptos noble, no quiere decir que vayamos a pasarnos con todo lo que tenemos al campo del enemigo. Que las escoltas y los ejércitos protejan los intereses monopolistas, los brazos del pulpo insaciable de la plutocracia, pero no a nosotros, que aprendimos con Lester Mead y Leland Foster la única lección que no debemos olvidar nunca, a ser solidarios con el pueblo. Nosotros, señor comandante, no corremos ningún peligro; nadie va a turbar nuestro sueño, porque a nadie le hemos robado, de nadie hemos recibido beneficio que signifique sudor y sangre…

El comandante ya apenas se contenía…

– Nosotros somos, formamos parte de esa canalla de quien usted nos quiere proteger. Por eso, al agradecerle, señor comandante, quisiera pedirle que nos proteja de los explotadores, que vuelva las bocas de sus fusiles contra los enemigos que tenemos en casa, que en casa nos hacen la guerra…

– ¡Ingrato!… ¡Ingrato!… -sonaron voces…-. ¡Volver las armas contra los norteamericanos, que los están favoreciendo, que les están dejando una fortuna!

El peludo Ayuc Gaitán arrebató la palabra a Lucero:

– ¡Creo, señores, que Lino no debe decir «nosotros», porque yo al menos no estoy de acuerdo con él! ¡Aceptamos la protección de la escolta!

– ¡Yo, no… -gritó Lino-, ni mis hermanos!

– Mientras estemos en la costa -siguió el Peludo- queremos que el comandante y la escolta nos protejan…

– ¿Contra quién…? -preguntó Lucero.

– ¿Cómo contra quién? ¿Acaso no protegen a la «Tropical Platanera»? ¿Contra quién la protegen?

– Contra el pueblo; pero nosotros somos el pueblo, pertenecemos a eso de quienes en mala hora se nos quiere proteger…

– Yo, al menos, sí acepto la escolta hasta que me vaya de aquí. Pienso irme con mi familia; ya Macarito está en edad de estudiar.

– También mi familia y yo… -intervino Bastiancito Cojubul,

Y los otros Ayuc Gaitán también aceptaron.

– Subteniente -ordenó el comandante-, que la escolta se vaya de «Semírames», ya daremos protección en sus casas a estos otros señores. Y a usted, Lino Lucero, no lo castigo, porque no es normal lo que dice, con sólo defenderlos, ya no digamos de la chusma, defenderlos de los sablistas, estafadores, mendigos y todos los que van a pedir ayuda caritativa.

– Óigame, comandante… ¡Óigame!… ¡Exijo que me oigan! -gritó Lino Lucero-. Tampoco necesitamos, al menos los de «Semírames», de esa otra protección que nos brinda la autoridad militar. En la línea de conducta de Lester Mead jamás tuvo cabida la caridad beata, esa caridad de repartos de dinero en forma de limosna a los necesitados. La caridad, para irse al cielo, que todos practican, debe desaparecer, borrarse, si queremos dignificar a nuestra gente. Nada de limosnas. De lo que yo y mis hermanos, Juan y Rosalío Cándido, heredamos, no recibirá nadie un solo cobre. El dinero que heredamos es anticaritativo porque viene de manos de una persona generosísima que jamás nos hizo la ofensa de regalarnos nada, de rebajarnos con la limosna. Para Lester Mead al hombre se le debe dar la ocasión, su oportunidad, su coyuntura. No sé cómo explicarme. Y lo que nosotros haremos es darles a otros hombres su ocasión, su coyuntura, su oportunidad de trabajo…

Estaba extenuado, tremante, lívido hasta los labios. Juan Lucero y Rosalío Cándido junto a él.

Juan Sostenes Ayuc Gaitán, irguiéndose en sus piernas de horqueta intentó hablar, pero apenas dijo:

– Este Lino, nunca fue cuerdo… Le faltó siempre un tornillo… Memoren lo de su pasión por la Sirena, aquella mujer-pescado que veía cuando despertaba abrazado a los bananales… Decía que los bananales eran mujeres…

Un corro de risotadas. Habría corrido sangre, si no corre la risa. Un paréntesis. Las piernas, en forma de paréntesis, de Juan Sostenes, dejaron pasar un respiro de mofa alegre, en medio de la tensa atmósfera.

– De todas maneras, el juez debía estar aquí, para levantar el «Por cuanto…».

– Otro protector… -dijo Juan Lucero, encarándose al comandante.

Este hizo oídos sordos y descendió seguido del subteniente, a sabiendas de la pelotera que se iba a armar y que se armó. Los de la marimba salvaron el instrumento sacándolo por la puerta de atrás. Los Samueles libraron las guitarras y los de la banda del circo, con los instrumentos destemplados, calientes de soplido y saliva, buscaban al alcalde para cobrarle, pero éste desapareció con las cirqueras, porque al producirse el escándalo fracasó el plan de Polo Camey, el telegrafista, y la que andaba con el supuesto millonario, Juventino Rodríguez, se volvió a «Semírames», temerosa por su hermana.

– Adiós, Juambo… -murmuró Toba a la puerta de las «yardas», donde estaban las viviendas, oficinas y dependencias de los empleados de más categoría.

– Adiós, Toba, hermana…

– Madre viva, padre enterrado aquí, decir Anastasia; tú no perdido comiera tigre, regalado míster…

Por la puerta del servicio colóse el mulato en busca de los zapatos del amo. Buena saliva traía ahora para lustrarlos. Saliva de haber hablado con su madre, con su hermana, con él mismo, porque él estuvo hablando con él, mientras hablaba con ellas. El primer zapato listo. Un espejo. El otro ya iba quedando igual. En el baño se oía la ducha. Patrón ya levantado. Muy temprano. ¿Qué pasaría?

– Buen día, jefe…

– Buen día, Juambo. ¿Anduviste por allí?

– Sí, fui a ver bailar en ese lugar que le llaman «Semírames».

– Alegre se oía. Quemaron muchas bombas…

– Alegre principio; pero las fiestas terminan siempre mal.

– El licor es mal consejero, Juambo…

– No, no fue por eso… Fue por un discurso que dijo un tal mandando al comandante a la misma…, ya sabe usted dónde…

Sonó el teléfono. A galillo abierto se pasó, al dejar el audífono, un vaso de jugo de naranja con huevos crudos, una taza de café negro con crema y media tostada.

Ardían las cosas. Ya ardían. Y no eran las ocho de la mañana. El pasamano de la escalera, el bajar de la casa, quemaba. Las gradas de madera y el cemento de las fajas tendidas entre las casas, también quemaba. En los céspedes bailaban abanicos de agua aspersándolo todo. El avión en que habían llegado esperaba, con su línea de pájaro gigante, dibujado contra el azul profundo.

La opinión del viejo Maker Thompson, a quién seguían apodando El Papa Verde, fue contraria a la del vicepresidente de la Compañía, en aquella reunión matinal celebrada a puertas cerradas con los gerentes y el juez. El vicepresidente se oponía a que la «Tropical Platanera, S. A.», se inmiscuyera en lo que consideraba parte de la vida privada de los accionistas. Nuestro deber quedó cumplido al entregarles la herencia. Lo demás es cuestión de ellos.

– La conducta rectilínea en estos negocios, y creo tener más experiencia que el señor vicepresidente, no da buen resultado en Centroamérica, no sé si es por la geografía, por el paisaje, pues en la América Central, como verán ustedes, domina la línea curva en todo y fracasan los que toman el camino derecho. La adaptación de nuestra mentalidad rectilínea, de nuestra conducta vertical, de nuestras empresas a peso de plomada, ha sido indudablemente una de las conquistas de nuestra Compañía. En Centroamérica, física y moralmente, hay que seguir por el atajo curvo buscando la línea de la conveniencia, ya se trate de construir un camino o seducir a un gobernante. Y en este caso, ya que hay un mal entendido entre los herederos, no queda sino favorecerlo, apoyando a los que están con nosotros.

– El mal entendido -habló el juez- no lo van a provocar ustedes. El disgusto latente ya existe, es eterno entre los herederos. Si lo sabremos los abogados… Lo que la Compañía hará es aprovecharlo, como en escala mayor se aprovecha el mal entendido entre los cinco países que forman la República Federal. La misma herencia y cada cual tirando para su lado.

– Déjelo en mis manos -zanjó el gerente de la Divi sión del Pacífico- y lo que sí aseguro al señor vicepresidente, le aseguramos con el señor juez, es que los herederos que se llaman Ayuc Gaitán y Cojubul marchan a los Estados Unidos y allá se quedan por mucho tiempo…

– Y de esos Lucero -añadió el juez- marche el señor vicepresidente tranquilo, que yo me encargo: no yo, las leyes; ley sobre herencia, impuestos acumulativos, ausentismo -porque si no se ausentan los ausentamos- y contribuciones que siempre hay tiempo de procurar que vote el Congreso. Si un rico quiere ser rico debe portarse como rico, y en ese caso el Estado lo ampara, le dan las autoridades los medios legales para aumentar su capital, pero éstos que sobre ser ricos quieren ser redentores…

– El caso de Mead… -dijo Maker Thompson.

– El caso de Mead -repitió el juez-, que si no lo recoge ese piadoso «viento fuerte» acaba crucificado…

– ¿Crucificado por ustedes? -indagó el gerente.

– Por nosotros o por cualquiera, crucificado, fusilado, ahorcado.

– No, amigo… -intervino el vicepresidente-, Stoner ser ciudadano norteamericano… Cristo no ser ciudadano norteamericano, por eso haberlo crucificado…

– ¡Manos a la masa!… -exclamó Maker Thompson-… ¡Y hay que maniobrar con máximo cuidado porque no es harina, sino oro, y el oro se llega a convertir en alto tan delgado, tan infinitamente delgado, que acaba por ser un viento rubio, viento que de aquí va caluroso, pero que en la Casa Blanca y en el Congreso, al llegar a las riberas del Potomac, sopla muy fresco!

XIII

Escobas, sacudidores y agua devolvieron a «Semírames» de buena mañana su ambiente hogareño quitándole el aspecto de zarabanda triste que le quedó de la fiesta. Casi detrás de los invitados, escaparon como pudieron entre el discurso y la que se armó. Empezaron las escobas a bailar por los pisos, regados previamente para que no se alzara mucho polvo, por los patios, por la calle, frente a la casa, y luego los sacudidores a trabazo limpio o sobando muebles, puertas, ventanas, espejos, cuadros, floreros, todo nuevamente en su lugar, devuelto a su ritmo, a la lucha de cada día, por obra de la servidumbre y de las esposas de los nuevos millonarios que ya también andaban, Juancho campeando en la compra de unos bueyes y Lino, con su hijo mayor, Pío Adelaido, cortando un tablón de cedro.

La brisa se llevaba el calor, una brisa con olor a mariposas, y las mujeres poco hablaban, pero hablaban; la niña Lupe, esposa de Juancho, con la cabeza envuelta en un pañuelo amarillo fuego, y la negra Cruz, como llamaban a la esposa de Lino, con la cabeza envuelta en un pañuelo verde perico.