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No comprendió nada de lo que le dijo Pochote Puac, pero debajo de ese no comprender sabía lo que le había dicho al sumergirlo en su palabra y hacerlo absorber por sus poros un fuego sin color, emanación helada de una cristalizada ausencia, de la que sobre su piel quedaba una sensación de polvo blanco, de escamas de pescado lunar…

Puac dijo, tocándole la frente con la extremidad de sus dedos de raíz de adormidera:

– La ceiba negra de sueños de pesadilla. Hay que derribarla a golpes de hacha, ¿Dónde está el hacha? En la luna. La luna echa por tierra el sueño de la ceiba negra y las pesadillas que cuelgan de sus ramas… (Oyó quebrarse en sus oídos, adentro, un espejo inmenso.) Paseo por la noche de tu pelo mi aliento de augur para barrer los malos sueños… Paseo por la noche de tu pelo mi aliento de augur…

– La ceiba blanca da sueños de niño y hay que nutrirla con leche de mujer. ¿Dónde está el seno de mujer blanco? En la montaña quemada, bajo las nubes. Hay que alimentar la ceiba del día hasta que no caiga más el ramaje del sol y existan ideas felices como niños, sobre tu frente. Paseo por tu frente mi soplo de augur, sobre tus párpados, los párpados no se hunden en el sueño, flotan, son de piedra pómez en el agua del río.

– La ceiba roja da el sueño de la guerra amorosa. Hay que alimentarla con sangre. Hay que encender el fuego de la batalla placentera, de la lucha en que desaparecen los que salen multiplicados. Por el tributo que se le paga, árbol de carne en flor, es rubí líquido el vino virginal, foco de calamidades el ombligo, el perro del vientre guarda su ladrido y pulpa de coral da rosa a los pezones, al abanico de las orejas, a la punta de los dedos y al sexo alado, mariposa presa en el musgo de la ceiba roja.

Y al decir así Puac sopló en el pecho de Vidal Mota, sobre los dos círculos de sus tetillas color de corcho.

– La ceiba verde da el sueño de la vida. Hay que nutrirla para que la vida siga. No tiene Poniente. Por todos lados en ella se levanta el sol. En sus ramas está la casa de la lluvia. Es un árbol de pájaros en lugar de hojas. Un aleteo gigante. Un canto a la esperanza. Muertos y vivos trabajando. El rayo se quiebra los dientes en su quietud redonda. Pepitas de duro sueño hacen pesadas sus trenzas de hueso y de silencio. La tierra ha venido a sentarse en redor de su tronco que no abarcan veinte brazos de hombre, con todos sus hijos abrazados contra su pecho.

Guardó su palabra el augur para apoyar en los hombros de Vidal Mota sus manos, y cuando las tuvo apoyadas, firmemente apoyadas, levantó la voz de sus mandamientos:

– ¡La ceiba roja, ceiba de la lucha amorosa, yo hombre de testículos amarillos, llené tu sangre roja!

– ¡La ceiba verde, ceiba de la vida, yo hombre de asentaderas de tiniebla, llené tu sangre verde!

– ¡La ceiba blanca, yo hombre de cascos rosados, llené tu sangre blanca, hijos de tu sexo sean y alimentados con leche de la mujer que en ellos se riegue para encontrar en sus cuerpos el blanco líquido con que a ti te amamantaron cuando en ti se vino a juntar la leche de tu madre y la leche con que tu abuela alimentó a tu padre!

– ¡Y caiga la ceiba negra, la pesadilla, la negación, bajo las hachas de la luna!

El señor Bastían Cojubul soltó por las narices y la boca, tres cañones de humo, el bien del cigarrito de tabaco fuerte como chile y en su nube de viaje para arriba sintió que se le iba la cara al quinto cielo borrándole las arrugas de los tantos años. Para qué se iba a recordar de cuántos eran. Y un poco con catarata tenía el ojo derecho.

– Estos son, Gaudelia -le dijo a su mujer-, los últimos fumes sabrosos, porque en el extranjero solamente se fuman esos otros tabacos perfumados y muy suavecitos.

– De muchas cosas debes irte despidiendo, Basriancito…

– Menos de vos, Gaudelia, porque dicen que primero nos van a llevar a los hombres para ver de tenerles a ustedes casa donde estar…

– Y también tendrán que ver lo de las escuelas para los muchachos… -y cortando una pausa larga interrumpida por las chupeteadas a fondo que Bastían daba a su cigarro de tuza, añadió la Gaudelia -: ¿Te acordás, Bastiancito, de cuando nos venimos de tierra fría a la costa?… ¡Cómo era distinto de ahora que nos vamos!…

– ¿Por la juventud, decís vos?

– Por todo, Bastían, por todo… El dinero es el verdaderamente impautado. A vos, a mí, a los hijos, a todos nos tiene cambiados. Así debe ser cuando se hace pauto con el demonio. ¡Dios sea con nosotros!, y no sé si vos te has puesto a pensar en que ahora sólo decimos quiero tal cosa y allí la tenes a tu disposición. Antes, Bastián, cómo nos costaba, cómo entreveíamos las cosas más sencillas, ambicionándolas, cómo nos las conversábamos, cómo soñábamos con tener algún día nuestra comodidad, y los hijos con tierras propias sembradas con buen guineo.

– Es mejor no pensar en nada de eso, mujer…

– Si se pudiera contrapensar, Bastián. Antes, cuando mi madre que de Dios haya contaba lo de los impautados, yo creía que eran exageraciones de señora crédula y anciana, chocheras… Pero a la larga me vengo a convencer carne propia que era muy verdad, cierto, puro cierto aquello de que el impautado no tiene más que decir: «¡Quiero esto, Satán!», y al pronto, en menos de lo que parpadea, lo tiene. Desde que les comunicaron a ustedes lo de la bendita herencia no hay cosa que yo no desee que no se me dé… Esto quiero, dicen mis hijos, y allí lo tienen, y vos ya no sabes qué pedir: antojos, caprichos… Lo malo es que a los ricos, ricos, se les muere el deseo…

– Por eso, Gaudelia, no me entra en la cabeza, no me explico la actitud de los Lucero… Esto de seguir de pobres en sus trabajos como si no hubieran heredado, cerrar sus puertas a la caridad y disgustarse, disgustarse con nosotros porque nos vamos a viajar al extranjero y a que nuestros hijos queden en colegios de por allá…

– Es raro que estén así… Salvo que a ellos, debido a quién sabe qué fuerza -hay tanta brujería y no debes olvidarte que la Sara Jobalda es madrina de Lino-, que a ellos no les hubiera agarrado el maleficio, y sólo nosotros fuéramos los impautados…

– No hay maleficio que valga, Gaudelia, lo que hay es que ésos son negados. Asimismo se comportaron tus hermanos cuando nosotros arrancamos para la costa. Hace tantos años que allá lejos me acuerdo. Ser joven es no tener recuerdos, y por eso ya somos viejos, muy viejos. La verdad es que no tendríamos cómo agradecer al señor Cucho, mi padrino, que con su voz de dañado nos aconsejó bajar a la costa… «¡No seas animal, Bastiandto! -me decía el pobre que en gloria esté-. Estar trabajando aquí donde la tierra no da… El porvenir de ustedes está en la costa.» Y tuvo visión el hombre… Diz que los tísicos oyen más que nosotros, pero también deben tener aguzado el sentido de la vista… ¡Si el padrino nos viera ahora millonarios!…

– Tenes sobrada razón. Entonces, mis padres, mis hermanos, mis gentes, veían al señor Cucho tu padrino, como la encarnación del diablo, y estas tierras verdes, como lugares de perdición del alma…

– Hasta el habla me quitaron tus hermanos, y Juan Sostenes pensó hasta puyarme con tal que no te trajera a malaventurar… Y pensar, Gaudelia, que ahora a ellos también, por habernos hecho caso de venirse a la costa, también les alcanzan los millones…

– No digas así sólo «los millones» porque luego pienso en lo de «los millones del diablo», y se me espeluca el cuero…

– Volviendo a los Lucero, ellos ahora están en el papel de tus hermanos. No quieren que arranquemos de aquí para el extranjero, no sienten ambición, la ambición de mejorar…

– ¿Otro cigarro es ése o es el mismo?

– Otro. Quién sabe la porciúncula de tiempo que voy a pasar sin uno de éstos, aunque vos procurarás mandarme mis ataditos para que no me falte el gusto, y cuando te vayas cuidado se te olvida una piedra de alujar y algunas buenas tusas. El tabaco cernido se puede llevar en frasco. Donde las Domingas lo compras, y que te lo den bien curado, picante y dulce. A mí me gusta curado con miel de panal…

– Luego te vas a acostumbrar a fumar lo que ellos fuman…

– ¡Eso de acostumbrarme a lo que uno no quiere es de pobre: vos sí que seguís siendo infeliz!…

– Esa… Bastían, ya te lo dije ayer y esta mañana también te lo hice ver: desde que te platearon has empezado a tratarme desconsideramente, y eso no me gusta ni tantito. ¡Groserías de rico, no! Todos los ricos tratan mal a sus mujeres, porque les cuestan sus pesos, son mujeres para ellos darse el gusto; pero entre nosotros no hubo nada de eso nunca, dado que yo te ayudé a trabajar, y por ese camino del menosprecio no vamos a llegar muy lejos: yo te conocí pobre y te quiero como eras, sin palabrotas, sin ínfulas, sin bestialidades. Si te caigo mal, yo no soy como las ricas que con tal que los hombres les den, les aguantan todo: yo tengo mis manos y aunque vieja… a mí nadie me ha mantenido…

– ¡Perdóname, Gaudelia… -se acercó a acariciar a la mujer que sollozaba-, es que estoy nervioso, con la cabeza en cien cosas, y vos que no sé por qué te has puesto resuceptible!

– A la dignidad le llaman ponerse uno suceptible. Como no me dejaba que me ultrajaras, pues así como me decís infeliz…

– ¡Hablen en voz alta, parece que están en rezo de iglesia o confesando sus pecados! -entró diciendo Macario Ayuc Gaitán, con todas las cuerdas bucales en vibrante sonido.

– Si así hemos hablado siempre, ¿por qué vamos a tomar el modo de hablar a gritos? -le contestó Gaudelia, enjugándose las lágrimas con el vello del brazo desnudo que se pasó por los ojos.

– Será necesario, Gaudelia -intervino Bastían, su marido-, porque entre la gente pudiente, aunque sea de aquí del país, se acostumbra a hablar como ellos, vociferando…

– Ese nuestro hablar bajito y como comiendo liendres, se acabó -dijo Macario-. Entre los gringos se hablan como si todos fueran sordos y así hablaremos nosotros… Sólo las razas inferiores hablaban como nosotros, con miedo, como Pedro por los rincones…

– No sé qué decir, Macario -argüyó la Gaudelia -, pero las gentes educadas no levantan la voz nunca…

– Eso era antes, cuando nosotros crecimos: ahora, Gaudelia, hablar es mandar y hacerse obedecer en base a que se puede porque se tiene con qué…

– ¿Cuándo será el viaje, vos, Macario?

– No hay fecha, Bastiancito, pero será luego que se arreglen algunas cosas y entre éstas, lo de las tierras. Y por eso vine. Vamos a juntarnos allá en mi casa, si te parece, para arreglar, de acuerdo con el alcalde y el juez, qué vamos a hacer con las tierras que nos pertenecen. Las que eran nuestras, de nuestra propia propiedad nuestra, desde antes, y las que heredamos, que también son nuestras de nuestra propiedad propiamente propias.