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– ¿Y a qué horas se van a juntar?

– Dijeron a las seis de la tarde, pero si llegaras antes y fuera la Gaudelia para que le hiciera un poco la moral a mi mujer.

– ¿Qué le pasa a la Corona?

– La pobre, Bastían, con sus ojos que, como vos con la nube, no hay cacha que se mejore.

– Pero ahora, menos que menos alarmarse por eso, si en Estados Unidos hay grandes médicos para los ojos; yo me pienso operar la catarata, si ya está de punto.

– No muy quiere irse. Vieran ustedes. Se ha enfermado más de llorar que del mal que ya tenía. Llora y llora…

– La considero -dijo la Gaudelia -, porque las que no lloramos, llevamos el pleito de chuchos por dentro.

– Menospreciar lo que la fortuna nos ha ofrecido, es el peor pecado -exclamó Macario.

– No es menosprecio ni cosa que se parezca…

– Allá vamos a llegar, Macario. Es a las seis. Y la Gaudelia procurará consolar a tu costilla, que lo que tiene es que debe estar desmoralizada pensando en saber cómo es allá… Yo le digo a mi mujer, no pensemos cómo es por allá, hay que hacer como cuando uno se muere; cierra los ojos y hasta nunca.

– ¡Lo único malo -dijo Macario- es que vamos viejos y algo estropeados!

– ¡Ve qué grosero! -protestó doña Gaudelia.

Rieron todos, y Macario aproximóse a una alacena buscando un vaso para beber agua. Apuró hasta la última gota y dijo:

– Bueno, allá los espero.

En el comedor, largo como un túnel, de la casa de Macario -al centro una mesa de pino que empezaba aquí y terminaba allá lejos-, se reunieron para hablar de las tierras el alcalde, el juez, los hermanos Ayuc Gaitán y el señor Bastían Cojubul, que fue llegando a lo último.

Venía del cuarto de Corona, esposa de Macario, donde ésta le recibía la visita de Gaudelia, su cuñada; era hermana de los Ayuc Gaitán.

– Está muy en lo oscuro, Corona…

– Prefiero así…

– Pobrecita…

– El mal de ojo, Gaudelia, ya no me deja en paz. Siento como si me estuvieran echando fuego, y tengo peor que ardor de chile en las orillas de los párpados…

– Es que no se ha hecho el agua serenada, Corona, y mejor sería en quizá el agua de malva. Y estar sólo llorando, por ser la lágrima, la sal de la lágrima lo que más inflama, le va hacer mal. Con llorar nada se remedia. Sólo se empeoran las cosas, porque usted enferma para qué sirve.

– Sea por Dios, Gaudelia, sea por Dios…

– El llanto tiene mal pábilo. Por eso enferma llorar mucho. Un rato pasa, pero ya todos los días… ¿Qué es eso?… La pena está en el corazón quemándose y el pábilo es el que sale a los ojos y quema al gotear como si fuera lágrima de candela ardiendo. ¿No vido, mujer, a Nuestra Señora Dolores? ¿No vido que le aparentan las lágrimas con chorretitos de cera?

– Todos estos días, estoy muy apenada. De todo me aflijo, de todo me sacudo, y lloro…, lloro, porque sólo así me alivio la opresión que siento… -calló un momento y siguió en voz muy baja-: Me aflige ver disvariar a Macario, tan acostumbrado a ser cabal en todo, verlo echar por la ventana, no sólo las materialidades, que eso al fin y al cabo, como yo digo siempre, de eso no se lleva uno nada cuando se muere, sino lo que nos representa, nuestra manera de ser humilde, nuestro gusto por el trabajo y hasta nuestras santas creencias…

– Lo propio le estaba yo diciendo, con otras palabras, a mi marido. Disvarían como si estuvieran impautados.

– Y lo más grave -y lo que voy a decir, Gaudelia, que sólo quede entre nosotros, no me gustaría que usted lo repitiera- las mujeres de Juan Sostenes y Lisandro están peor que ellos, dialtiro han perdido el seso. Hablan de ponerse sombrero…

– ¡Qué me está usted diciendo, Corona; yo como poco las veo no sabía! Ya con sombrero… Van a parecer las mujeres del Sombrerón… Pero la María Ignacia, la mujer de Lisandro, parecía tener la cabeza en su lugar…

– Es la peor…, la peor…,, porque la Arsenia, la mujer de Juansós, como le llaman, diz que ella sólo se encasqueta el sombrero si lo exigen, si es obligatorio, como para entrar a la iglesia, que hay que taparse la cabeza.

– Arsenia… Ayer me encontré con Piedrasanta, el de la fonda disimulada de miscelánea, y me paró sólo para contarme que los Lucero le habían dicho que debíamos ir buscando nombres de gente bien, porque los nuestros eran rascuaches y de pobres y eso por no ofendernos, pues más parecen de irracionales. Arsenia nombre de perra, y Gaudelia nombre de yegua…

– Y Corona, el mío, a saber qué está bueno…

– Para el pan… -rieron con desenfado-, para el pan sabroso… Y ésa va a ser la más empinada de las cuestas por pasar: los hombres ya deben tener vista quién otra les da su pan de corona…

– Ahora están en la de las tierras, pero tiempo no les va a faltar. Hombres son hombres, son hombres…

En el comedor, mientras hablaban, alternaba la voz de uno y otro, fumaban «chésteres» y bebían whisky sin agua; con agua era gringo y daba mal de vejiga. El licor con agua revuelto es fatal, es beberse la rabia con el remedio juntos.

– Lo de las tierras va a traer mucho disturbio -dijo Macario, avejentado, verdoso.

El alcalde desarrugó la frente antes de contestar:

– ¿Por qué disturbios?

– Porque así como usted dice, don Pascualito, de repente se arma una que no sirve, y el más disgusto va a ser con el comandante -siguió Macario-, que nos tiene advertidos contra todo lo que pueda degenerar en tumulto.

– Pues yo hablé con el subteniente pensando en eso -intervino Juan Sostenes, horquetudo y cabezón-, y él dice que no ve mal en que haga venta pública de esas tierras al mejor postor.

– Es lo más justo -habló el juez-; el que quiera comprar puja y listos. No hay otra primacía.

– No lo veo tan simple -opinó el señor Lisandro, otro de los Ayuc Gaitán-, y por ello más me cuadra que la venta se haga en privado, como dice el señor Bastián. Además, por lo que a mi persona toca, mi mujer está en que le demos al cura un pedazo, para que lo venda y con el producto acabe la iglesia.

– Eso no se puede, legalmente hablando -aclaró el juez-, porque la ley no permite legados a manos muertas…

– Y si empezamos con regalos -saltó Juan Sostenes- todo se volverá nada.

– Cada quien puede hacer lo que quiere con lo suyo, creo yo.

– No te lo niego, Lisandro, pero estamos viendo la conveniencia de todos, y no se trata sólo de vender las tierras -para eso con ir donde un abogado queda todo arreglado-, sino de taparles el hocico a los Lucero haciendo un acto bonito…

– Deja hablar, Juan Sostenes -interrumpió Macario.

– Espera, no es cuestión de deja hablar. Quería decirle a Lisandro que de lo que reciban de las tierras pueden hacerle la caridad a la iglesia…

– Lo que se discute… Favor…, favor…, un momento… -se oyó la voz del alcalde-, no es lo de la donación al templo, sino lo de si se hace o no se hace la venta de las tierras por subasta en la plaza, para favorecer a todo el mundo y que se queden con los terrenos los que paguen más por ellos.

– Ni Jerónimo de duda que así debe hacerse -insistió Juan Sostenes-, por ser lo más equitativo y porque así opacamos lo del discurso de Lino rechazando los servicios de la escolta.

– Bueno, si se trata de ponerle punto a los Lucero, pues de acuerdo -dijo el señor Bastían-; que se haga la venta en la plaza pública, ante la autoridad competente.

Se iba la luz y aumentaba el calor, el calor de la tarde color de esponja que en el amarillo fuego de su lumbre muerta ocultaba el aguacero, fuego sin luz, derretido en celestes y al caer opacos cortinados de lluvia, refrescón pasajero que hacía lugar a la tempestad.

– Llueve y deja de llover… ¡Ay, Gaudelia, me siento tan oprimida, ando que no sé qué parezco, no aguanto el apretador!

– El corpino, Corona, el corpino… Mejor me da risa…, ¿pero dicen que vamos a tener que hablar fino?

En uno de los estampones se oyó venir a las cuñadas.

– Nos hemos empapado todas… -chilló a la puerta, la señora Arsenia, esposa de Juan Sostenes, y casi al mismo tiempo se oyó la voz gutural de Ignacia, la esposa de Lisandro:

– ¿Cómo seguiste, Corona?… ¡Qué chapuzón!… ¡Peor que gallinas mojadas! ¿Y qué es ese milagro de la Gaude lia por estos andurriales?…

– Vine con el hombre…

– Sí, allí vi en el comedor que están con el alcalde y el juez.

– ¿Por qué no se van a secar? -dijo doña Corona-. Entren, pídanles con qué secarse a las muchachas, el pelo, la ropa… ¡Dios guarde una pulmonía!…

Y al oír que se alejaban en busca de toallas y fuego para medio secar los zapatos, dijo la señora Gaudelia:

– Estas nuestras prójimas andan más chifladas que los hombres…

– ¡Chifladas y pesadas!

– ¡Cuando hay quien cargue el muerto, Corona, hasta de plomo se vuelve!

– ¡Tropelías! ¡Todas ésas son tropelías! Desde que les dijeron que eran ricas se apatojaron, y se creen de quince y hacen cosas de nenas.

– El retrato más retrato del Diablo es el dinero. Es el Diablo mismo con cola, cuernos y todo, y a ellas también las tiene impautadas…

– ¡Dios sea con nosotros, Cristo y María Santísima!

– El desafuero que les entró a mis hijos hay que ver…

– Y a los míos, Gaudelia… Y Macario, mi marido, pretende que hay que hablar a gritos…

– Eso por imitar a ésos, a los gringos, que hablan como chingolingueros, vociferaciones de gente malcriada…

– Para mí no hablan, sino ladran. ¡Qué cacha, aprender uno a ladrar de viejo!…

– Pero, según las Profecías, todo se ha de ver, Corona.

– Pues yo lo que pienso, Gaudelia -Bastián asomó a la puerta- es andarle una novena a San Judas Tadeo…

– Creía que al otro Judas… -alardeó Bastián con voz alta.

– ¡Ya venís con tus gritos! -protestó Gaudelia-. Siquiera entre nosotros habla como la gente, no como gringo, y a ese otro Judas no le rezamos, porque es el puro patrón de ustedes, iscariotas, que están queriendo vender la tierra… ¡Barbaridad!… Vender la tierra sin necesidad es como vender a Nuestro Señor… Heredan una fortuna y siguen de poquiteros… Si por mí fuera, Corona, yo le dejaría la tierra a los más pobrecitos para que la trabajaran…

– La tierra -explicó Bastián- se va vender en la plaza pública al mejor postor, sin preferencias. Ricos y pobres podrán pujar…

– Los ricos, decí de una vez, Bastián, porque los pobres, como no pujen pa adentro o pujen como vos pujas, yo sé dónde…

– ¿Y la Ignacia y la Arsenia? -preguntó Bastián.