La hermana Agnes asintió.
– Eso mismo le dije, pero Sonia me contestó que la justicia no depende del tiempo y que no deberíamos dejarnos dominar por el tiempo. Si Dios es eterno, su justicia es eterna. Y también su injusticia.
Kate preguntó:
– Antes de que se produjera ese alejamiento de su hermana, ¿solía visitar Innocent House con frecuencia?
– Con frecuencia no, pero iba de vez en cuando. De hecho, unos meses antes de que decidiera que tenía vocación, se me planteó la posibilidad de trabajar por horas en Innocent House. Jean-Philippe Etienne estaba muy interesado en examinar y catalogar los archivos, y al parecer opinaba que yo podía ser la persona adecuada para hacerlo. Los Etienne siempre han tenido buen ojo para las gangas y seguramente suponía que yo trabajaría tanto por afición como por el dinero. Pero Henry Peverell no aprobó su propuesta y, naturalmente, lo comprendí muy bien.
– ¿Conoció usted a Jean-Philippe Etienne? -quiso saber Dalgliesh.
– Llegué a conocer bastante bien a todos los socios. Los dos ancianos, Jean-Philippe y Henry, parecían aferrarse casi tercamente a un poder que, en apariencia, ninguno de los dos era capaz ni tenía ganas de ejercer. Gerard Etienne era el joven turco, el heredero visible. Nunca me entendí demasiado bien con Claudia Etienne, pero me gustaba James de Witt. De Witt es un ejemplo de persona que lleva una buena vida sin la ayuda de una creencia religiosa. Por lo visto, hay quienes nacen con un déficit de pecado original; en ellos, la bondad casi no puede considerarse un mérito.
– Pero sin duda no hace falta una creencia religiosa para llevar una buena vida -señaló Dalgliesh.
– Quizá no. Puede que la creencia en la religión no influya en el comportamiento. Pero la práctica de la religión ha de influir sin duda.
– Naturalmente, no estuvo usted presente en la última fiesta que dieron -intervino Kate-, pero ¿asistió a alguna de las fiestas anteriores? ¿Sabe si los invitados podían pasearse por la casa con plena libertad?
– Sólo asistí a dos fiestas. Solían dar una en verano y otra en invierno. Desde luego, nada impedía a los invitados circular a placer por la casa, aunque no creo que lo hicieran muchos. Parece una descortesía aprovechar una fiesta para explorar habitaciones que por lo general suelen considerarse privadas. Claro que en Innocent House casi todo son despachos y quizás eso marque una diferencia. Pero las fiestas de Innocent House eran bastante formales; se controlaba la lista de invitados y a Henry Peverell le disgustaba mucho recibir en casa a más de ochenta personas en cada ocasión. La Peverell Press nunca ha organizado las típicas fiestas literarias, con un exceso de invitados por si a alguno de sus autores le ofende que lo dejen al margen, habitaciones demasiado llenas y sofocantes donde los invitados hacen equilibrios con sus platos de comida fría y beben vino blanco tibio de mediocre calidad mientras se hablan a gritos. La mayoría de los invitados llegaba por el río, así que resultaba relativamente fácil, supongo, repeler a intrusos y gorrones.
No había mucho más que averiguar. De común acuerdo, dieron la vuelta al llegar al extremo del siguiente sendero y retrocedieron sobre sus pasos. Regresaron con la hermana Agnes hasta la puerta principal y allí se despidieron de ella sin entrar otra vez en el convento. La monja miró a Dalgliesh y a Kate con gran intensidad, sosteniéndoles la mirada, forzándolos a un momento de atención concentrada, como si pudiera obligarlos por un acto de voluntad a respetar su confianza.
Apenas habían salido de los terrenos del convento y se hallaban esperando en el primer semáforo en rojo cuando Kate dio rienda suelta a su indignación.
– Así que por eso había una cama en el cuartito de los archivos, y por eso la puerta tenía cerradura y pestillo. ¡Dios mío, qué cabrón! La hermana Agnes tenía razón: el hombre se escabullía hacia ese cuarto como un mezquino déspota Victoriano. La humillaba, la utilizaba. Ya me imagino lo que debía de ocurrir allí arriba. Ese hombre era un sádico.
Dalgliesh replicó con suavidad.
– No tiene ninguna prueba de eso, Kate.
– ¿Por qué diablos lo soportaba ella? Era una profesional experta y bien considerada. Habría podido marcharse.
– Estaba enamorada de él.
– Y su hermana está enamorada de Dios. Busca la paz, pero no me dio la impresión de que la hubiera encontrado. Incluso el futuro del convento está en el aire.
– El fundador de su religión no se la prometió. «No he venido a traer la paz, sino la espada.» -La miró de soslayo y advirtió que la cita no significaba nada para ella. Añadió-: La visita ha sido útil. Ahora sabemos por qué murió Sonia Clements, y no tuvo nada que ver, o muy poco, con el tratamiento que recibió de Gerard Etienne. Parece ser que no existe nadie que tenga motivos para vengar su muerte. Ya sabíamos que los invitados a Innocent House podían vagar a su antojo por la casa, pero es bueno que la hermana Agnes nos lo haya confirmado. Y luego está esa curiosa información sobre los archivos: según la hermana Agnes, fue Henry Peverell quien no quiso que le encomendaran la tarea de examinarlos. Sólo después de su muerte Jean-Philippe Etienne confió el trabajo a Gabriel Dauntsey.
– Habría resultado más interesante que hubieran sido los Etienne quienes no quisieran que nadie hurgara en los archivos -observó Kate-. Está muy claro por qué Henry Peverell no quería que la hermana de Sonia Clements se instalara a trabajar allí; eso habría trastornado el arreglito que tenía con su amante.
Dalgliesh respondió:
– Ésa es la explicación obvia y, como la mayoría de las explicaciones obvias, probablemente la correcta. Pero podría ser que en los archivos hubiera algo que Henry Peverell no quería que saliera a la luz, algo que sabía o sospechaba que estaba allí. Aun así, se hace difícil ver qué relación podría tener eso con la muerte de Gerard Etienne. Como bien ha dicho, habría resultado más interesante que hubieran sido los Etienne quienes insistieran en dejar los archivos en paz. Sin embargo, creo que vamos a tener que echarles un vistazo a esos papeles.
– ¿A todos, señor?
– Si es necesario, Kate, a todos.
43
A las nueve y media de la noche del domingo, Daniel y Robbins estaban en el último piso de Innocent House revisando los archivos. Utilizaban la mesa y la silla del cuarto pequeño. El método que Daniel había elegido consistía en ir siguiendo los estantes, retirar cualquier carpeta que pareciera ofrecer esperanzas y llevársela al despachito de los archivos para examinarla más a fondo. Se trataba de una tarea desalentadora, puesto que ninguno de ellos sabía qué estaba buscando; Daniel había calculado que entre los dos tardarían varias semanas en concluir el trabajo, pero de hecho avanzaban más deprisa de lo que se imaginaba. Si la corazonada de su jefe era correcta y había documentos que podían arrojar alguna luz sobre el asesinato de Etienne, por fuerza alguien debía de haberlos consultado en fecha relativamente reciente. Eso quería decir que las viejísimas carpetas del siglo xix, muchas de las cuales era patente que no habían sido tocadas en más de cien años, podían dejarse de lado con tranquilidad, al menos por el momento. No teman ningún problema de luz; las bombillas desnudas que colgaban del techo quedaban bastante cerca de las carpetas. Pero era un trabajo cansado, aburrido y sucio, y Daniel lo hacía sin esperanza.
Poco después de las nueve y media decidió que ya estaba bien por un día. Era muy consciente de su renuencia a volver al piso de Bayswater, una desgana tan intensa que casi cualquier alternativa se le antojaba preferible. Desde que Fenella se había marchado a los Estados Unidos, Daniel pasaba el menor tiempo posible en su piso. Lo habían comprado entre los dos apenas dieciocho meses antes, y a las pocas semanas de vivir juntos se había dado cuenta de que su compromiso de compartir una hipoteca y una vida en común había sido un error.