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El miércoles por la mañana, justo antes de las diez, la señorita Claudia convocó al personal en la sala de juntas. Acudieron todos, incluso George, que había dejado la centralita conectada al contestador, y Fred Bowling, el piloto de la lancha. Llevaron sillas para formar un semicírculo y los otros tres socios ocuparon su lugar en la mesa, la señorita Peverell a la derecha de la señorita Claudia y los señores De Witt y Dauntsey a su izquierda. Cuando se recibió la llamada convocando la reunión, la señorita Blackett colgó el teléfono y dijo: «Tú también, Mandy. Tú ya eres de la casa.» Y Mandy, aun a su pesar, experimentó una breve oleada de satisfacción. Los primeros en llegar fueron sentándose, un tanto cohibidos, en la segunda fila, y a Mandy no le pasó por alto el peso colectivo de excitación, expectación e inquietud.

Cuando la última en llegar se escabulló, sonrojada, hacia un asiento de la primera fila y la puerta de la sala quedó cerrada, Claudia preguntó:

– ¿Dónde está la señora Demery?

Le respondió la señorita Blackett:

– Quizás ha creído que no estaba incluida.

– Todo el mundo está incluido. Vaya a buscarla, por favor, Blackie.

La señorita Blackett salió apresuradamente y, tras un par de minutos durante los cuales todos los presentes esperaron en completo silencio, regresó con la señora Demery, que aún llevaba puesto el delantal. La recién llegada abrió la boca como si fuera a hacer algún comentario despectivo, pero evidentemente se lo pensó mejor, volvió a cerrarla y se sentó en la única silla que quedaba libre, en el centro de la primera fila.

La señorita Claudia comenzó:

– En primer lugar, quiero darles las gracias por su lealtad. La muerte de mi hermano y la forma en que se produjo han supuesto una horrible conmoción para todos. Son momentos difíciles para la Peverell Press, pero espero y creo de veras que juntos los superaremos. Tenemos una responsabilidad hacia nuestros autores y hacia los libros que esperan les publiquemos con el mismo nivel de calidad que ha caracterizado a la Peverell Press desde hace más de doscientos años. Se me han comunicado ya los resultados de la encuesta: mi hermano murió por intoxicación de monóxido de carbono, producido sin duda alguna por la estufa de gas que hay en el despachito de los archivos. La policía aún no está en condiciones de decir la manera exacta en que se produjo la muerte. Sé que ya han hablado todos ustedes con el comandante Dalgliesh o con uno de sus oficiales. Es probable que sigan realizando entrevistas, y estoy segura de que harán ustedes lo que esté en su mano para ayudar a la policía en su investigación, al igual que todos los socios.

»Y ahora, unas palabras acerca del futuro. Seguramente habrán oído rumores sobre un proyecto de vender Innocent House y trasladar la empresa a otro lugar. Todos esos proyectos quedan en suspenso. Las cosas seguirán como están, por lo menos hasta el próximo mes de abril, fecha en que finaliza el año financiero. Lo que ocurra después dependerá en gran medida del éxito de nuestro catálogo de otoño y de lo bien que nos vaya por Navidad. Este año el catálogo es especialmente fuerte y todos nos sentimos optimistas, pero debo comunicarles que no hay ninguna posibilidad de que se aumente el sueldo a nadie durante lo que queda de año y que los socios han aceptado una reducción del diez por ciento. No habrá más cambios en la plantilla actual, al menos hasta el próximo abril, pero es inevitable que se lleve a cabo cierta reorganización. Yo asumiré los cargos de presidenta y directora gerente, al principio en funciones; lo cual quiere decir que seré la responsable de producción, contabilidad y almacén, como lo era mi hermano. La señorita Peverell asumirá mis responsabilidades actuales como directora de publicidad y ventas, y el señor De Witt y el señor Dauntsey añadirán contratos y derechos a sus responsabilidades editoriales. Hemos contratado a Virginia Scott-Headley, de Herne & Illingworth, como relaciones públicas; es una profesional muy competente y con una gran experiencia, y también se encargará de hacer frente a la avalancha de preguntas sobre la muerte de mi hermano que estamos recibiendo tanto por parte de periodistas como de personas de fuera de la empresa. Hasta el momento, George lo ha venido resolviendo magníficamente, pero cuando llegue la señorita Scott-Headley todas esas llamadas le serán dirigidas a ella. No creo que sea necesario decir nada más, salvo que la Peverell Press es la editorial independiente más antigua del país y que todos los socios estamos decididos a que sobreviva y prospere. Eso es todo. Gracias por su asistencia. ¿Alguna pregunta?

Se produjo un silencio azorado durante el cual pareció que la gente hacía acopio de valor para hablar. La señorita Claudia lo aprovechó para levantarse de la mesa y encabezar rápidamente la retirada.

Al cabo de un rato, en la cocina, mientras preparaba el café de la señorita Blackett, la señora Demery se mostró más locuaz.

– No hay ninguno que tenga ni idea de lo que se ha de hacer. Eso ha quedado bien claro. El señor Gerard podía ser todo un hijoputa, pero al menos sabía lo quería y cómo conseguirlo. No venderán Innocent House, la señorita Peverell ya se ha encargado de eso, supongo, y el señor De Witt la habrá apoyado. Pero, si no venden la casa, ¿cómo piensan mantenerla? Dímelo tú, a ver. Los que tengan un poco de sentido común, ya pueden empezar a buscar otro empleo por ahí.

Luego, sola en el despacho, mientras ordenaba su escritorio, Mandy pensó en cómo se notaban esos sesenta minutos de más. Innocent House daba la impresión de haberse vaciado de pronto. Mientras subía por la escalera hacia el vestuario de señoras del primer piso, donde iba a cambiarse, sus pisadas resonaban fantasmagóricamente sobre el mármol como si una persona invisible la siguiera a escasa distancia. Cuando se detuvo en el rellano para asomarse por la barandilla, vio brillar los dos globos de luz al pie de la escalera como dos lunas flotantes en un salón que ahora parecía cavernoso y misterioso. Se cambió a toda prisa; embutió dentro de la bolsa la ropa que llevaba puesta, se pasó por la cabeza una falda corta hecha de muchas capas de retazos de algodón y una camiseta a juego, y se calzó las altas y relucientes botas. Quizá fuera una pena ponérselas para ir en moto, pero eran bastante resistentes y resultaba más fácil que llevarlas en la maleta.

¡Qué silencio había! Incluso el depósito del inodoro rugió como un alud al vaciarse. Fue un alivio ver a George, con el abrigo puesto y el viejo sombrero de tweed en la cabeza, sentado aún tras el mostrador de recepción mientras guardaba en la caja de seguridad tres paquetes que vendrían a recoger al día siguiente. El bromista malintencionado no había vuelto a actuar desde el asesinato, pero las precauciones se mantenían en vigor.