Cuando llegó la hora de la comida y se detuvieron a descansar junto al río cuyo curso seguían, el sacerdote repartió a cada uno una cebolla pequeña y un pedazo de pan. También a Martín le dieron su ración. Bendijo el religioso los alimentos, cantaron todos alabanzas al Señor y a varios santos de los que eran muy devotos y luego cada cual fue desnudando poco a poco su cebolla y colocando cada manto sobre una miga de pan, antes de llevarlo a la boca. No quiso Martín hacer comentario alguno por respeto a sus salvadores, aunque sonreía al pensar cuánto tardarían aquellos hombres y cuántas ceremonias gastarían el día en que tropezaran en su mesa con una gallina guisada o con un joven jabalí asado.
Antes de comenzar el reparto, mientras lavaban sus pies en el río, fue el momento en que el principal de los soldados le avisó con escuetas palabras de quiénes eran todos ellos y de porqué peregrinaban. Le hubiera gustado a Martín conocer cómo sucedió lo del hechizo, quién era la bruja y cuánto duró viva sobre las brasas, si los asistentes al castigo vieron salir de ella al demonio y cómo era éste, cuántos torreones vigilaban el castillo del conde y, en fin, en qué batallas había participado el penitente de la mula antes de tanta tragedia; pero calló sus preguntas al advertir que ni obtenía respuesta la primera de todas. Su madre le había enseñado que es más prudente el silencio que el discurso y que vale mucho no sentir una curiosidad grande ante aquello que los otros no quieren revelar.
Se levantó a lavar su cuchillo mientras los flamencos, arrodillados en círculo, volvían a mostrar su gran piedad y devoción con ruidosos cánticos. Las montañas allí se abrían mucho y al otro lado brillaba un largo prado verde amurallado de árboles. Junto a los más cercanos de ellos vio Martín dos figuras que le inquietaron primero y luego le provocaron tanta risa que metió sus pies en el agua mientras brincaba de satisfacción.
– ¡Peregrinos! -gritó a los otros-. ¡Ved allí, entre los árboles! ¡Mirad a aquel hombre!
Varios de los flamencos se pusieron en pie, los soldados prestos a usar la espada. Pero no era un peligro lo que se les anunciaba. En seguida el sacerdote se hundió el sombrero en la cabeza para cubrirse los ojos con su ancha ala.
– ¡Deteneos! ¡Seguid orando! -gritó a los suyos. Y luego, dando la espalda a aquel al que se dirigía, añadió-: ¡Réprobo, hijo de Satanás! ¡Anatema! ¡Seas excomulgado y pene tu carne para siempre en el infierno!
Lo cual provocó más hilaridad en Martín, ya que el sacerdote señalaba con la mano y gritaba en realidad hacia unos troncos viejos y vencidos por el tiempo que crecían en la parte opuesta del camino. En cambio, lo que tanta furia llevaba al ánimo del religioso continuaba progresando detrás de él, en uno de los extremos del prado.
Medio sentado sobre una rama baja de un árbol y sin camisa, un hombre intentaba cabalgar por su parte trasera a una yegua pequeña y joven de pelo dorado. El animal parecía bien sujeto por la cabeza a otras ramas y comía yerba sin cuidarse mucho de lo que sucedía a sus espaldas.
Del hombre veía Martín la blancura de sus piernas y de su vientre, así como la terrible agitación de todo el cuerpo. Agarraba desesperadamente con una mano la cola del animal, a la que de cuando en cuando lanzaba feroces mordiscos, se sujetaba con la otra a una horquilla del árbol e intentaba hundirse todo él dentro de la bestia. Incluso se oían los gruñidos de ánimo que a sí mismo se daba, ajeno a la presencia de los peregrinos y a la misma indiferencia de su yegua. No debió de oír tampoco ni las carcajadas de Martín ni las maldiciones del sacerdote flamenco. Aguantó un buen rato en su esfuerzo y luego, repentinamente, se dejó caer del árbol y quedó tumbado en la yerba silbando como una lechuza.
Al cabo de un rato, cuando sus compañeros se aprestaban a seguir su viaje, vio Martín cómo aquel hombre se erguía para besar con gran entusiasmo entre las ancas de la yegua, como si les debiera un inmenso favor. A continuación, se dedicó a colocar una tela vasta sobre ellas, por debajo del rabo, atándola con mucha atención alrededor del vientre. Todo ello sin prestar mínima atención a quienes asombrados lo miraban. Tal vez pretendía guardar para su exclusivo disfrute aquel raro tesoro e impedir que otros campesinos tuvieran acceso a él.
– Nadie me había dicho que escasearan las mujeres por estas tierras -comentó Martín sin dejar sus risas. El clérigo lo miró con ojos sombríos y le pidió que se arrodillase para recibir su absolución-. No he sido yo quien ha pecado.
– Peca tanto el ojo que mira como la mano que mata -replicó el sacerdote con solemne convicción.
Para no enemistarse con él y con su compañía antes del tiempo debido, el muchacho hincó una rodilla en tierra, se golpeó por tres veces el pecho y se persignó otras tantas.
Cuando la comitiva reanudó la marcha, se situó al final de ella, junto a uno de los servidores al que, por más joven, supuso mejor inclinado a la complicidad. Señalando una de las mulas que los precedían, hizo un gesto claramente obsceno, pero rematado con una risa maliciosa. El sirviente se apartó de él como si fuera a contagiarle la peste.
De modo que el resto de la jornada, que hubiera podido ser amena y jovial con los comentarios sobre las habilidades del campesino arbóreo, y gozosa a causa de los suaves paisajes que se abrían antes de la aparición de Pamplona, resultó sombría y amarga. Martín de Châtillon prefirió entretenerse en sus propios recuerdos antes que unirse a los cánticos de sus compañeros.
En las puertas de la ciudad, un hombre con sayo negro hasta los pies y larguísima barba blanca abandonó el refugio de la muralla para presentarse ante ellos con un jarro de vino y dos cuencos que empezó a llenar diligentemente. Bebieron los soldados y los siervos, pero tanto el sacerdote como el hijo del conde rechazaron la ofrenda. Martín apuró su parte de un trago.
– Buen vino tenéis en esta ciudad, hermano. ¿Puedo probarlo otra vez? Que aún no se me ha arrancado todo el polvo de la garganta…
– Bebe, peregrino, y que tengas salud para llegar a Compostela.
– ¿No pides pago por este don?
– Es caridad con los romeros. Buenas gentes de esta ciudad y aun de villas lejanas me ofrecen diezmos de sus cosechas para que sacie la sed de los caminantes. Pues se dice que no hace muchos años tres peregrinos normandos murieron de sed durante la noche ante esta misma puerta, que estaba cerrada por temor a los enemigos. Desde entonces he tomado yo la misión de hacer guardia aquí, día y noche, como penitencia por mis pecados y los de todos los burgueses. ¿Quieres otra ración?
Martín no la pidió con palabras, pero alargó la mano para coger de nuevo el cuenco lleno. Chascó la lengua alegremente y se postró en tierra para besar los pies de aquel caritativo varón.
A él mismo preguntaron por el barrio de San Sernín, que era donde vivían todos los francos que se habían instalado en la ciudad por invitación de los reyes navarros. Se situaba al otro lado del puente sobre el río Arga, inmediatamente a la izquierda. El burgo, próspero y ruidoso, estaba separado por un campo polvoriento y yermo de la zona que habitaban los naturales del país y de otro burgo más pequeño poblado por judíos.
Desde allí vieron, mientras sorteaban ovejas y cabras que rascaban las pobres yerbas del lugar, la torre chata y gruesa de la catedral, cuya campana anunciaba algún oficio vespertino. Muy por encima de ella y también del humo que vomitaban las chimeneas de la ciudad se levantaba el castillo. Debía de estar dentro el rey, ya que se advertían muchos guardias entre las almenas y ondeaban banderas rojas y verdes.