– ¿Y era rubio? ¿Qué más dicen de él los libros?
– Que no era pequeño ni grande, poco más que un cordero cuando acaba de nacer. De pelambre dorada, muy dócil y muy fiel. No dicen otra cosa…
– ¿Y qué ocurrió con ese perro?
– No te precipites, no te precipites. Hay que saber dominar los impulsos de la juventud. Aunque yo tengo de ellos ya mucha nostalgia-Reapareció Oria con la lámpara de sebo que había estado iluminando el altar. Sopló sobre ella y la dejó en un rincón de la estancia, junto a un amplio montón de paja que se extendía a lo largo de la pared, lejos del fuego.
– ¿Te han contado algo las vecinas, Oria? -preguntó su hermano.
– Pocas novedades… Que el rey prepara otra guerra contra nuestros enemigos y que en este día ha llegado un conde peregrino de Flandes con gran cortejo y boato. Con muchos soldados y frailes y músicos. Pero que ni siquiera quiso acudir a rezar a nuestra catedral.
– Se habrá puesto furioso el obispo, ¿verdad? -El sacerdote soltó una risa de satisfacción-. Acuéstate si quieres, hermana, que para nosotros es muy grata esta conversación y tú la conoces bien… O quédate admirando la cara de sorpresa de nuestro peregrino, si no tienes sueño.
– Os contemplaré desde el lecho -dijo Oria-. Que me duele un poco la espalda.
– Disculpa mi burla, muchacho. Pues sucede que la mayor parte de los peregrinos apenas conoce de Santiago otra cosa que su sepulcro. Y eso, no muy bien. Ni saben cómo llegó su sagrado cuerpo allí, ni por qué, ni cómo, ni con qué objeto. Y yo estoy muy cansado de escuchar lamentos, desgracias y pecados de mis feligreses, así que me gusta entretener el tiempo hablando de ese primer hermano de Nuestro Señor y también escuchando, si hace falta.
Oria extendió la paja cuidadosamente a lo largo del muro de piedra, puso sobre ella varios pellejos de oveja, con su lana hacia arriba, y dejó otros cuantos amontonados a un lado. Se tumbó en el lecho y se cubrió con varios de ellos cosidos entre sí. Pero no cerró los ojos: se quedó mirando a los dos hombres sentados ante el fuego, Martín en el suelo y su hermano en uno de los troncos pulidos.
– En consecuencia -siguió contando don Ramírez-, sólo esos siete hombres y el perro escucharon verdaderamente su palabra, lo cual causó en él tanto enfado como desesperación. Y más cuando los varones se separaron de él para continuar la predicación, cada cual por su lado. Santiago siguió solo, con su perro. Para alentarle un poco, la misma Madre Santísima de Jesús embarcó en Jerusalén en una barca de piedra y navegó hasta el lugar que dicen el Fin de la Tierra, en donde encontró llorando al apóstol. «¿Por qué lloras, don Santiago?», le preguntó. «Pues por esto y por esto», le respondió: «porque hablo y nadie me escucha, porque grito y todos cierran los oídos; porque camino y sólo un perrillo me sigue… Por eso lloro». Como era también madre de él, le ordenó que no perdiera los ánimos, que siguiese trabajando. Un obispo peregrino contó aquí, en la catedral, y muy solemnemente, que él mismo había visto esa barca de piedra, rota ya y casi hundida por las tempestades, muy cerca del sepulcro de su santo hijo. Lo cual es cosa de creer sin objeción alguna y si no hubiesen menguado tanto mis fuerzas me gustaría acudir a besar también esa gloriosa reliquia.
– Lo haré yo mismo por ti, don Ramírez -dijo Martín, emocionado-. Y al regreso te contaré cómo es, con todos los detalles. Incluso cortaré un trozo de la piedra para que lo tengas en tu iglesia como reliquia.
– Pero aquella esforzada y santísima mujer no se contentó con eso, hijo mío. Prosiguió predicando Santiago en Galicia, en León, en las montañas de los astures, en el condado de Castilla…, y cuando se encontraba en Aragón, en una ciudad muy grande llamada Zaragoza, de la que es dueño ahora el rey mahometano al-Muqtadir, volvió a sentir los mordiscos de la desesperanza y de la angustia… Regresó a visitarlo solícita su madre, esta vez volando entre un ejército de ángeles, y le dejó una gran piedra para que nunca olvidase la misión que le tenía encomendada. Pero, de nuevo solo, el buen Santiago, que era ya muy viejo y estaba muy cansado, no pudo soportar su fracaso y los oídos sordos que todos le hacían. De manera que decidió regresar a Judea, su patria. Y ésa es la causa de que no llegara a sembrar su palabra en este reino de Navarra y menos aún en Gascuña, Borgoña y los demás reinos del norte.
– ¿Y se llevó a su perro? -preguntó Martín.
– Nada fijo se sabe de ello. Algunos dicen que sí, pero yo no lo creo. Pues en tal caso habría estado al lado del santo apóstol cuando el rey Herodes le cortó la cabeza con su espada, y nadie ha dicho nada de ello. Además, es sabido que los perros enloquecen cuando son obligados a viajar en barco. Yo pienso que el perro se quedaría junto al río Ebro, en donde embarcó el santo apóstol, y que luego se iría a cualquier parte. Eso es lo que debió de suceder.
Martín de Châtillon se mantuvo en silencio, mirando las brasas que ya agonizaban en la cocina. Junto al zurrón que Oria le había colocado al lado de la puerta de la iglesia estaban los huesos empaquetados en lienzo de lino de su compañero de viaje. Richelde, la hija del ferrero, se lo había regalado el día en que durmieron juntos por primera vez, pero no era ella la que lo había cuidado. Le dijo que lo había encontrado, perdido y hambriento, junto al río Bidouze un día en que fue allí a bañarse; y que nunca nadie lo reclamó como propio.
– ¿Crees, don Ramírez, que un perro puede vivir muchos, muchos años si ha estado al lado de una persona santa?
– Desde luego que sí. Eso es, además, lo que suele ocurrir en muchos casos. En unos montes que hay a oriente veneran a un santo abad llamado san Virila, que salió un día a meditar al bosque y se puso a escuchar a un ruiseñor; embelesado por su voz, regresó trescientos años más tarde para contar a sus monjes las visiones que había tenido. Pero aquellos monjes, naturalmente, ya no estaban allí y el mundo le parecía al abad muy mudado, misterioso y confuso… Pues bien, se sabe que aquel mismo ruiseñor sigue todavía cantando en el mismo árbol, como entonces, fresco y agudo, igual que hace tantos años, a causa de la santidad del abad. ¿Por qué a un perro no podría sucederle lo mismo?
El peregrino se decidió por fin a explicar a su anfitrión las razones de su curiosidad y a contarle lo sucedido en las montañas del obispo de Ataun. Don Ramírez se compadeció mucho y dijo haber oído hablar de ese obispo, que no parecía ser mejor que el que Dios le había dado a él mismo. Mas no podía discernir el sacerdote si el perro era el mismo que había acompañado a Santiago y si se podía considerar santo a ese animal, supuesto que fuese el mismo.
Los Santos Padres antiguos, de todas maneras, habían explicado prolijamente que son santas y dignas de veneración todas las cosas que han tocado a un santo o han estado cerca de él; y ponían como ejemplo el humo en que se quemaban los mártires, las arenas en las que caía su sangre, las lenguas de las fieras que los devoraban, los puñales que se clavaban en su cuerpo, las aguas en las que se habían ahogado… Por tal razón él era tan devoto de aquella brasa apagada que en otro tiempo dio fuego a la carne de san Lorenzo, añadió don Ramírez.
– ¡Cuánto más santo no había de ser un perro que sufrió sin quejarse las muchas calamidades del apóstol Santiago, que sorbió sus lágrimas y lamió sus manos, que lo guardó de los lobos y pudo oler el aroma suavísimo del vestido de la Madre de Cristo!
– Mucho más santo que todas esas cosas sin vida, sí.
– Y debes considerar todavía una cosa más, buen peregrino -dijo el sacerdote poniéndose de pie y abriendo los brazos en cruz para desentumecerlos-. Por réprobo y loco y cruel que sea un obispo, no deja de ser un obispo, es decir, un dedo de Dios. Y si Ataun te entregó los huesos envueltos en un lienzo de lino, sin duda es porque también él pensaba que era el mismo perro de Santiago. Seguramente el demonio se lo inspiró para que lo devorase y cometiese de esa manera un gravísimo pecado.