Parecía un mercader
como el sol dorado, fuerte como un león
y joven; mas era sólo un siervo valiente
de entre los siervos de Châtillon.
Martín la sabía de memoria y la había cantado muchas veces mientras iba caminando. Pero el anciano de cuyos labios la había aprendido, su abuelo, no podría repetirla nunca más, ni tampoco la historia que la había inspirado. Él había sido el primero al que arrastró la peste, siendo ya muy viejo. Pero su madre sabía recordar aquellos días de penitencia como si los hubiese padecido. Y así era en cierta medida.
Sin otra propiedad que sus manos después del falso regreso del Señor, convertida en sierva por un engaño, antes de nacer, el abad o uno de sus enviados la destinó a trabajar como lavandera de la granja monástica. Los paños sagrados eran enviados a unas monjas que tenían cenobio junto al río Loira; a ella le correspondían los hábitos de los frailes, fueran muchos o pocos los que hubiera, sus camisas, sus bragas, las calzas que usaban en invierno.
Martín la recordaba siempre de la misma manera, cuando pensaba en ella: yendo o viniendo del Indra con un cesto de ropa equilibrado sobre su cabeza, agachada ante una piedra lisa colocada en la ribera, y las rodillas hundidas en el limo, las manos hinchadas y rojas y la espalda que se le iba doblando poco a poco, como una vid vieja.
Algunas veces, cuando se paraba a hablar de los días perdidos, le aseguraba que ella había sido muy hermosa: alta, llena de vigor y de alegría, muy entregada a los bailes, de tal modo que unos cuantos jóvenes estaban preparados para casarse con ella cuando el padre y los monjes lo autorizasen. Incluido Macaría, el hijo del curtidor de pergaminos, que era ya un hombre cuando ella era todavía una niña.
Nunca llegó ese tiempo, sin embargo.
Tenía solamente trece o catorce años, no podía saberlo con exactitud, cuando el novicio de la granja se lanzó sobre ella en el amanecer de un domingo, la violó y la dejó preñada. Ni siquiera pudo contarlo, salvo a su propio padre. Aquel bretón de ojos saltones y pelo como la llama la poseyó en las cuadras del monasterio, un día después de otro día, todo el tiempo que le plugo, hasta que el volumen de su vientre despertó la curiosidad de todos.
Hubo juicio, ante el mismísimo prior de Marmoutier. Ella confesó lo ocurrido y, conforme dictaba la ley, su padre fue condenado a dos años de prisión y a sostenerse durante ese tiempo sólo con pan y agua, por haber entregado a su hija a un hombre dedicado al servicio del Señor. A ella la perdonaron, aunque le impusieron la obligación de ofrecer a san Benito el fruto de aquellas relaciones ilícitas, si era varón, o darlo a las monjas del Loira si resultaba hembra. Escapó el novicio de la granja; sus compañeros no quisieron decir nunca qué camino había tomado o en dónde estaba oculto.
– Casi te arrancaron de mis pechos para llevarte al monasterio de San Benito -le contaba su madre-, junto a muchos otros niños como tú a quienes les enseñaban nuestra santa religión y a servir a los monjes. Y doy muchas gracias al Señor de que luego te devolvieran a la granja de Châtillon a cuidar los cerdos y a fabricar los embutidos, porque así puedo al menos verte cada día.
Ella lavaba para los monjes y él limpiaba las pocilgas, ahumaba las carnes, salaba el tocino, anotaba y daba nombres por escrito a los lechones, unas veces nombres de santos y otras veces nombres de demonios. Nombres secretos que a nadie revelaba. En Marmoutier le habían enseñado a leer y a escribir lo indispensable para organizar el trabajo de la granja; así podían los monjes dedicar su vida a la oración y al ocio. Había aprendido además muchas otras cosas: vidas de santos, canciones de héroes, hazañas de reyes y secretos de hombres.
Hubo dos monjes que peregrinaron a Compostela poco antes de que a él lo enviaran a la granja. Se contaba que eran responsables de que el viejo prior, tullido de una pierna, se hubiera caído por la escalera cuando bajaba a participar en elcoro de maitines y hubiese muerto en los umbrales del claustro sin socorro por parte de los ayudantes. El abad les impuso tal penitencia y, al regreso, los mandó a la granja de Châtillon a que terminaran de purgar su pecado.
Ellos fueron los que hablaron a Martín de las grandes maravillas que habían conocido, de las altísimas montañas que escalaron y de los anchísimos ríos que cruzaron en barcas o con el agua hasta el cuello, de unas llanuras infinitas, de unos bosques impenetrables y, por fin, del mar, que era sencillamente como el Indra, pero sin término, pues allí acababan las tierras del Señor y empezaban los reinos del Demonio. Habían conocido a gente de muchas naciones, incluso a judíos y a infieles, y aunque penaron mucho en la romería, volverían a repetirla e incluso a arrojar a un prior por la escalera a cambio de que les impusieran el mismo castigo.
Bernardo y Gastón, que tenían por entonces el grado de subdiáconos y no eran mucho mayores que él, aunque tampoco hijos de siervos, habían sido los únicos amigos que Martín tuvo. Le ayudaban incluso a matar y destazar a los cerdos, a dar la vuelta a los jamones en la salmuera de las artesas e incluso no tenían miedo alguno en hablarle de aquellos grandísimos misterios que sólo conocen los sacerdotes. Por ejemplo, que Dios no es uno, sino tres en uno. Que Dios es el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo siendo una sola persona. Lo que quería decir en realidad que Dios era todos los dioses y todas las cosas: la piedad y la venganza, la compasión y el furor, el llanto y la risa, el tiempo y lo que no es tiempo, lo vacío y lo lleno, el sol y la luna, lo grande y lo pequeño…, así hasta todos los contrarios que puede imaginar el hombre.
No es que tales enseñanzas atrajeran mucho a Martín, pues resultaban imposibles de entender, incluso para los dos castigados, pero se hacían más llevaderos los trabajos y más cortas las jornadas con ellas. Le entretenía más el relato de aquel viaje en el que los penitentes habían empleado todo un largo verano; y aunque más de cien veces le contaron las mismas cosas, jamás se cansaba de oírlas.
Su madre, cuando se paraba en las zahúrdas entre sus idas y venidas del río, se quedaba muchas veces mirándolo a los ojos.
– Te pareces demasiado a él, hijo mío. Tan sólo te falta el hábito negro y despojarte de ese olor que tienes.
– Me haré también novicio, si te gusta.
– Me gustaría que lo mataras, como hizo Macario con el otro monje. Y que Dios me perdone ese deseo.
– A mí no me hizo mal alguno -decía Martín-. Tengo la vida por él.
– Pero yo tengo la muerte, y no puedo librarme de ella. Huyó sin advertirme y te dejó abandonado. Eso es lo que tú le debes.
Ocurrió por entonces que llegó por segunda vez la peste. Había empezado en el norte, decían, en tierras de los normandos, y corría por los campos y los ríos como un zorro con el rabo encendido. Murió primero uno de los monjes de Châtillon, el más viejo de todos. Luego, un mes más tarde, un matrimonio de campesinos, más uno de sus hijos, de los que labraban los huertos pegados al río. Todavía muchos recordaban qué rostro tenía la peste y el olor del rescoldo de las casas de los contagiados que habían sido quemadas para que no se propagase la epidemia; una buena parte de los vecinos de Châtillon no eran sino supervivientes de la anterior visita de aquella enviada del diablo.
Una mañana en que Martín entró en las pocilgas, como todas las otras mañanas del año, se encontró con que habían desaparecido sus amigos Bernardo y Gastón.