Aquella misma noche se reunieron en el atrio de la iglesia unos cuantos hombres y se preguntaron si no podría pararse la plaga enviando a visitar a Santiago a uno de los habitantes de Châtillon. Sabían que de París y de Tours habían salido ya muchos y que también en Amboise y Loches se estaban preparando romeros con el mismo fin. Los mandaban a unos a San Gil, a otros a Roma, a los más valerosos a Jerusalén. Pero en todas partes se sabía que el lugar más certero para frenar una peste era el sepulcro de Santiago, ya que este apóstol era hermano de Jesucristo y él mismo había milagrosamente procurado muchos remedios contra ese mal cuando predicaba en España.
– El hijo del fraile debería ser nuestro vicario -dijo uno de los hombres-, pues él mismo tiene pecados propios que purgar.
– Tal vez es demasiado joven para peregrinar en nuestro nombre -respondió otro.
– Y no lo autorizará el abad de Marmoutier. Sin el pequeño Martín, no tendrían cerdos en su granja.
Tal problema quedó resuelto dos semanas más tarde. Algunos campesinos indignos habían robado durante la noche la mitad de la piara que se cuidaba en la granja. Con la peste, se había duplicado el hambre, porque muchos no querían salir de sus casas y porque otros habían muerto. Desesperadas e impotentes, las gentes del valle del Indra dejaban de respetar las sagradas reglas eternas; incluso los clérigos, incapaces de aplacar al demonio con sus rezos, eran víctimas del furor de sus siervos; los soldados del rey ni siquiera se atrevían a recorrer la región para castigar a los rebeldes.
Ante aquel suceso, llegó del monasterio un carro tirado por dos caballos y vigilado por cuatro guardias del abad y en él cargaron los cerdos que quedaban, así como los trozos de tocino y los jamones que no habían encontrado los asaltantes. Sin monjes y sin animales, la granja fue abandonada: no había más ropa que lavar ni más carne que meter en salmuera.
Repentinamente, Châtillon se había quedado sin amos. E incluso sin protectores celestes. André de Fleury había logrado descubrir un cargamento de cebada silvestre que crecía escondida en un claro del bosque; para que no se anticipase otro a su cosecha, y aunque era la festividad de San Benito, decidió transportarla a su henar. Un rayo le incendió la carga apenas había comenzado a moverse su carro. Los bueyes, al advertirla falta de peso, caminaron más ligeros y terminaron perdiéndose en la llanura: nunca André consiguió recuperarlos a causa de su pecado y sin duda por castigo claro y merecido del santo monje de Nursia.
Los campesinos parecían en realidad más desamparados que satisfechos. Intentaban sobrevivir unos metiéndose en el río en busca de peces; otros, recorriendo los molinos abandonados para recoger el polvo de harina olvidado en las muelas; los más, internándose en los bosques del conde y sacando de ellos grullas, jabalíes, frutas silvestres, reptiles inmundos y raíces comestibles. La madre de Martín aguardaba sentada ante el hornillo de su casa a que su hijo, que vivía a su lado después de tanto tiempo, regresara con algún alimento.
Nadie tenía ya esperanza siquiera de que los santos guardaran poder suficiente para salvar la aldea y no se habló más de enviar ningún emisario a Santiago. No se hablaba de nada que no fuera el hambre, la desesperación y la muerte. Desaparecerían todos, uno tras otro, y finalmente sus casas, sus tierras y su memoria. Pero a Martín le había enseñado su abuelo que nadie debe rendirse, ni aun ante la cara horrenda del diablo; y los monjes le habían asegurado de niño que sólo la confianza en Dios es prenda de salvación y sólo su ayuda conseguirá que el mal sea derrotado por el bien.
– Madre, les diré a los hombres que me envíen a Santiago, que hagan la súplica al abad y me asistan para el viaje. Llegaré muy de prisa y conseguiré su ayuda; no me detendré hasta postrarme ante su sepulcro divino. Junto a él encontraré la salvación, la alegría y la gloria. Imparte tu bendición sobre mí y convence a los otros de que se pongan de mi lado.
No era mucho lo que sus vecinos podían hacer por él. Los que aún se escondían en sus chozas, libres de la plaga, le entregaron un pedazo de queso, una calabaza de vino, una medida de tela, cruces de hierro, un puñado de monedas desenterradas de sus escondrijos en el suelo, adornos de sus mujeres e hijas muertas.
Dos de los ancianos que todavía podían caminar lo acompañaron a Marmoutier para que vendiera lo que no iba a precisar durante su romería y para testificar que las aldeas de Châtillon, Azay y Ecuillé deseaban que el muchacho peregrinase a Santiago en nombre de todos los que quedaban vivos en ellas, de los enfermos y de los que habían muerto ya, para suplicar al apóstol el perdón de sus pecados y el remedio de sus grandes males.
El abad don Félix les hizo esperar cinco días en las cuadras, aunque no los privó de lecho y de comida. Finalmente aceptó recibirlos y, como no precisaba en aquel momento de los servicios del joven y dado que su empeño era piadoso, aceptó firmarle y poner su sello sobre la carta tractuaria, a cambio del dinero que había recibido de los campesinos.
«A vosotros: santos señores, obispos establecidos en vuestras sedes apostólicas, abades y abadesas -decía el documento que ya tenía redactado uno de sus escribas, a falta del nombre del beneficiario-. A vosotros: duques, condes, vicarios, centuriones y deceneros. A vosotros todos que creéis en Dios y lo teméis: yo, pecador indigno, el último de los siervos de Dios, Félix, abad de Marmoutier, en donde reposa la humanidad mortal de san Raimberto, diácono de San Benito, salud eterna en Dios.
»Os hago saber que el viajero llamado Martín, nacido en Châtillon, ha venido a mí y me ha pedido consejo sobre los pecados cometidos en su aldea a instigación del enemigo común. Según nuestros usos canónicos, he juzgado que este hombre ha de ponerse en la condición de los que vagan para la redención de sus almas. Sabed, pues, que cuando se presentare ante vos, no habéis de pensar mal de él ni apoderaros de su persona; antes al contrario, concededle lecho, fuego, pan y agua, y luego, sin detenerlo más, dejadle que vaya cuanto antes ante el Sepulcro del apóstol Santiago. Amén.»Agradecidos y animosos regresaron los tres a su aldea.
El domingo por la tarde se reunieron en el prado que rodeaba a la iglesia todas las personas sanas de Châtillon, ancianos, adultos y niños, y muchas otras venidas de las aldeas vecinas. No tenían párroco para cantar himnos y decirles el sermón; tampoco eran abundantes las reservas de vino y de comida; pero fue tan grande la fiesta de despedida que sólo los más antiguos recordaban otra iguaclass="underline" la que se había celebrado cuando recibieron en la aldea la noticia de que Macario había degollado al monje falsario de San Benito.
Tejieron una corona de flores, que colocaron en la cabeza del peregrino; le entregaron un magnífico bordón de fresno que había elegido, desbastado y pulido el carpintero Soulié, de Azay le Ferron, con un clavo de hierro duro y fino en su extremo superior; el hijo que permanecía vivo de los Haguenier le regaló un sombrero de cuero bien curtido, flexible y de grandes alas, a la justa medida de su cabeza; lo besaron las muchachas y las madres lo apretaron contra sus pechos; los hombres le dieron palmadas en el hombro y consejos sobre cómo sobrevivir por los caminos…
Martín de Châtillon, el porquerizo de la granja, parecía un ángel en medio de tantos parabienes y risas.
Cuando empezó a tumbarse el sol sobre el bosque que rodeaba el río Indra, el gaitero de Loches hinchó el fuelle de su instrumento, repicaron los palos del tamboril de su hijo y se pusieron a bailar todos, alabando a Dios, a sus santos y a sus ángeles. Para entonces ya habían bebido cuanto había que beber, incluso la sidra agria olvidada en el fondo de los toneles. Sus gritos y sus cánticos cortaban momentáneamente la carrera de la peste. Sólo con mirar al joven Martín se consideraban salvados.
Al caer la noche, muchos de los danzarines estaban ya revolcándose unidos dentro del atrio de la iglesia y entre los matorrales próximos.