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En primer lugar, muchos de ellos querían ahorrarse esfuerzo y dejaban las mieses en la era para que sus bestias -mulas, burros, bueyes, ovejas e hijos pequeños- pisaran sobre ellas, girando en círculos interminables, hasta separar el grano de la paja. Con lo cual, por un lado aplastaban y perdían muchos granos, otros quedaban hinchados de orines y, por fin, la paja resultaba tan troceada que se reducía a polvo. En segundo lugar, no habían encontrado un procedimiento adecuado para almacenar esa paja en los desvanes destinados a ello. Si la subían en cestos por la escalera interior, podía llegar la Santa Epifanía y encontrarlos todavía dedicados a ese menester. Si la lanzaban con bieldas y garios desde los mismos carros hasta el boquerón abierto en lo alto de la pared, como estaban haciendo, el tamo se extendía cual plaga de langostas por todo el monasterio.

Pero la paja era imprescindible, y cuanta más mejor, para alimentar a los animales durante el invierno y para quemar en las glorias que un alarife cautivo había ideado para la sala de enfermos, contigua a la de capítulo, y en toda un ala de celdas de la construcción nueva, la que ocupaban los monjes más viejos y conspicuos. Los Santos Mártires no deseaban templar los terribles inviernos de Sahagún y en los escritos de becerro de la biblioteca abundaban los informes sobre hermanos que habían muerto de frío.

Los dos fallecidos ahora, bajo la tolvanera y la agitación del final del verano, no lo habían sido a causa del frío, sino sencillamente de vejez. Gómiz y Tajón eran tan sólo monachi ad succuremdum y en sus funerales nadie había derramado una lágrima, como no fuese de alegría. Se trataba de dos infanzones de Villa Habibi, bastante ricos para su clase, pues habían reunido muchas tierras junto al Torio y algunas otras propiedades, dos iglesias incluidas, gracias al botín logrado en sus victorias sobre los moros. Viejos, cansados y sin hijos reconocidos, a las puertas de la muerte habían decidido, como tantos otros, refugiarse en un monasterio para purgar allí sus pecados, recibir el alivio de los hermanos y esperar confiados su tránsito definitivo. A cambio, legaban sus bienes al cenobio, por escrito y ante testigos.

Tructemiro no había mostrado ninguna prisa en hacerse cargo de aquella donación. Después de las agitadas jornadas de la cosecha, llegaban muchos días, hasta el tiempo de vendimia, en que había muy poco que hacer desde el punto de vista material.

Empezaba entonces, a partir de los idus de septiembre, la cuaresma monástica; y, al menos en sus primeros días, la atmósfera del monasterio se tornaba pesada y gris, cuando no violenta. A la sola comida a que tenían derecho los monjes, a las tres de la tarde, en la hora nona, se añadía un incremento del tiempo en el coro, con más salmos e himnos para cada una de las horas litúrgicas. Y si Tructemiro no era muy riguroso en el cumplimiento de la regla, especialmente en lo que se refería a la comida, los monjes procuraban en cualquier caso buscar excusas para ausentarse por unos días del cenobio.

Una semana antes del trece de septiembre llamó Adalbero a la puerta de su celda. Le mostró el libro en que llevaba los apuntes de sus despensas.

– Tenemos las paneras llenas mucho más que cualquier otro año, nos sobra paja para regalarles a las dueñas del monasterio de San Pedro, si la precisan, y las vides se muestran generosas. Si no cae pedrisco, también nuestras bodegas rebosarán de vino; antes de los grandes fríos cubriremos todas las tenadas con manojos de sarmientos. Y he sabido también que siete de cada ocho ovejas de los rebaños que pacen en los límites del condado de Grajal están preñadas. Supongo que ocurrirá lo mismo con las que se cuidan en otros pagos. El Señor ha sido bondadoso con nosotros.

– Démosle gracias, cillerero.

– Creo, santo abad, que deberíamos atender a otros asuntos que ya se van retrasando mucho. Nuestros molinos del Porma apenas nos rinden, porque se han cegado algunas presas y no llega con fuerza el agua. Los hermanos de San Cosme y San Damián nos requieren para que juntos nos apresuremos a repararlas. Son mozárabes muchos de ellos, grandes conocedores de la ciencia de mover el agua hacia donde conviene.

– Tienen razón. ¿Poseemos siervos suficientes? -preguntó el abad.

– No en aquellos valles. O llevamos a los nuestros o habrá que pagar a hombres libres para el trabajo. Creo también que nuestro rey emperador don Fernando ha traído muchos cautivos moros capturados en los campos de Viseo; nos los prestará por poco dinero o podemos comprárselos…

– No quiero infieles entre nosotros, Adalbero. Pagas a quien los tenga ahora para la labor de las presas, que generalmente son muy diestros en esa tarea, y que se queden luego en León o se los entreguen a los montañeses. Terminan corrompiendo a nuestros campesinos con sus extraños cuentos y sus pecaminosos comportamientos… Aunque, claro -añadió el abad después de pensarlo un momento-: si encuentras algún buen artesano, sería conveniente que te quedases con él. Nos faltan alarifes expertos, torneros y un aladrero para reparar los arados viejos.

– Y también -añadió el cillerero- sería conveniente atender la donación de nuestros hermanos Tajón y Gómiz, Dios los tenga en su gloria. Y buscar en Villa Zacarías a un buen tonelero para que nos fabrique algunas nuevas cubas, pues nos van a hacer falta cuando llegue la vendimia, que se presenta próspera, como os he dicho. Asimismo, habría que mandar decir al señor obispo…

Tructemiro daba cabezaditas en su asiento pegado a la ventana. Había estado mirando, mientras escuchaba, los campos amarillos que se tendían al otro lado del río, por el camino de León, y tanta luz parecía haberle herido en los ojos y metido en ellos el sueño.

Adalbero aguardó a que se recuperase de la modorra. Sobre una mesa pequeña de nogal tenía extendidos algunos manojos de documentos, cosidos unos y sueltos la mayoría. Con disimulo fue leyendo unos cuantos. Conforme a lo que tenían escrito, se multiplicaban las donaciones en todo el reino, incluso en sus límites. Muy pronto el monasterio de San Facundo, con sus lejanos prioratos, sería el más rico y poderoso. Siempre que los monjes supieran elegir a un buen abad cuando Tructemiro entrase en la gloria…

– ¿Qué me respondes, santo abad? -preguntó casi a gritos, después de empujar la mesa para que su ruido lo despertase.

– Haz como veas oportuno, cillerero. Sé que te ocuparás del beneficio de nuestra casa.

Inquietudes nuevas en la organización de despensas y almacenes impidieron a Adalbero iniciar su viaje antes de primeros de octubre. Tomó consigo a un monje profeso, que era sobrino del conde de Cea, a dos legos del convento y a dos siervos de San Facundo que ya habían dado muestras de habilidad en el manejo de garrotes y aun de espadas.

Sin conocimiento de sus iguales y de los villanos, el cillerero les pagaba para que le tuviesen informado de los rumores que corrían entre los artesanos y mercaderes del pueblo, casi siempre descontentos con los monjes y muchas veces hostiles…

Hizo también que los criados cargasen dos mulas con alforjas repletas de puerros recién cortados. Una de las partidas sería transportada directamente a la casa del rey en León, ya que apreciaban mucho en ella aquella sabrosa y tierna verdura que tanto prosperaba en las huertas del río, sobre todo en las situadas entre éste y la presa del norte. La otra acémila rendiría su carga en el monasterio de San Cosme y San Damián, como regalo por su cooperación en los trabajos del embalse.

A la puerta de la abadía le pidió venia para unirse al grupo un mercader judío, acompañado de su criado mudo, con quien Adalbero había tratado en varías ocasiones. Solía negociar el cambio de meticales sarracenos, dinares acuñados en oro, por pepitas de oro y plata y otros metales en bruto que se hacía conducir más tarde a sus almacenes de la ciudad de Sevilla, aunque no rechazaba cualquier otro negocio. Ahora viajaba a León con la intención de convencer al rey de que le permitiese encargarse de las explotaciones mineras de las montañas de El Bierzo. Se había parado a descansar en Sahagún, huésped en la casa de un hermano suyo llamado Hasday, que se relacionaba también con el monasterio y tenía guardados en él ciertos caudales.