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El viajero judío se llamaba ben Saruq y todos en el pueblo lo conocían. También a su criado, un moro tan grande que parecía un caballo, antiguo soldado al que habían cortado la lengua después de una batalla perdida. Durante las fiestas de los Santos Mártires del año anterior, a finales de noviembre, se había comido él solo, delante de mucha gente, un carnero asado, empezando por la cabeza y terminando por la cola… Lo conocían, e incluso lo envidiaban, por esa gran hazaña.

Iba creciendo Sahagún de manera irrefrenable. Fuera por el esplendor del cenobio, por ser punto equidistante entre Burgos y León y obligada meta de los peregrinos jacobeos, o por la liberalidad de costumbres que sus pobladores practicaban, no pasaba semana sin que se asentase en ella algún extranjero: algún huido de al-Ándalus, algún judío llegado de nadie sabía dónde y muchos montañeses que abandonaban sus brañas para probar fortuna en el llano.

Era como la miel para las hormigas: aparecía una primero, luego dos juntas, tres en procesión más tarde, una docena detrás, todo un ejército a continuación… No tenían más señores que a los monjes, a quienes pagaban como censo un diñar al año por que los dejaran permanecer allí.

– Cuando yo llegué a la abadía, San Facundo no era ni la cuarta parte que es ahora; tal vez ni siquiera la décima parte -dijo Adalbero al sobrino del conde mientras sus monturas hacían sonar las maderas del puente.

– Pues todo señala que va a multiplicarse más aún -respondió el judío ben Saruq.

– Mi tío el señor conde me dijo que, en tiempos de su abuelo, ni siquiera era una aldea. Que cuando llegó Almanzor, que venía de Oca, se quedó muy enfadado, pues le habían dicho que se trataba de una población poderosa. Tan enfadado, que destruyó la santa abadía, no dejó un ladrillo sobre otro, y a los monjes que no habían sabido huir a tiempo se los llevó a Córdoba, atados a una cuerda larga y cargando con las riquezas que el monasterio tenía. Que no eran pocas ya entonces.

»Los primeros monjes cordobeses y sus sucesores se las habían ingeniado muy bien para que las reliquias de los santos mártires Facundo y Primitivo multiplicasen los milagros y la atracción de devotos.

»Cuando se presentaron ante el rey Alfonso, el tercero de su nombre, al que llamaban ya el Magno, lo deslumbraron con sus conocimientos y sus palabras. Habían escapado de la persecución del emir Mohamed I, que los culpaba de las epidemias y de las grandes hambrunas que asolaban su reino, y después de muchos sufrimientos se presentaron en León. Al buen rey le resultaban también muy útiles aquellos santos varones, a los que solía enviar a poblar sus imprecisas fronteras, en la tierra de nadie. Eran valientes, sufridos, ascéticos, piadosos y no se negaban a empuñar la espada cuando lo pedía la ocasión.

»Así pues, compró para el monje Alonso y sus compañeros una iglesuela medio olvidada, junto al río Cea, y se la entregó a fin de que sobreviviesen de su culto.

– ¿Quiénes eran esos santos mártires que habéis citado, monje Adalbero? -preguntó ben Saruq mientras se quitaba el sombrero para recibir la fresca brisa que se enredaba en el bosque de chopos-. Siempre he oído hablar mucho de ellos en este pueblo, pero nunca en otra parte.

– Conocemos tan sólo su martirio y los muchos prodigios que ocurrieron después -dijo el cillerero-. Lo bastante como para que les tengamos tanta veneración.

– Se cree que no eran nacidos en Sahagún, sino en mi ciudad, en Cea -dijo el otro monje profeso.

– Así parece, sí; pues Sahagún entonces no existía… Vivieron en tiempos del rey Antonino y eran hijos del centurión san Marcelo, que tenía su hueste en la ciudad de León, y de su mujer santa Nonia. Eran tan piadosos estos dos santos que tuvieron multitud de hijos, y santos todos ellos. Yo conozco a san Servando, san Germán, san Fausto, san Jenuario, san Marcial, san Emeterio, san Celedonio, san Claudio, san Lupercio, san Victorio, san… Aparte de los nuestros, claro. Y todos ellos, como sus padres, fueron martirizados. A san Facundo y san Primitivo, el enviado del emperador, que se llamaba Ático, los persiguió con sus falsos dioses para que los adorasen y, después de haberse ocultado en esas montañas de ahí arriba -Adalbero señaló a su derecha-, donde nace el río, un mago los delató. Los tormentos que les dieron fueron tan crueles como exquisitos, según se ha escrito. En primer lugar, les apretaron dedos y piernas en un cepo y los encerraron en una cárcel. Ante la firmeza de su fe, probaron con diversos halagos, ya imaginas: buenas comidas, muchachas desnudas, vino… Lo rechazaron todo y Ático, furioso, los mandó echar a un horno encendido.

– Antes, los metieron en una gran pocilga en la que estaban cien gochos ayunos, rociados previamente con polvo de cebada, y los tuvieron allí tres días y tres noches en espera de que se los comiesen, azotándolos en cada hora -corrigió el profeso de Cea.

– La historia es un poco larga, en efecto -aceptó Adalbero-, y yo, en realidad, no he nacido en estas tierras. El caso es que después de dos días, al abrir el horno, estaban los dos todavía vivos, rezando de rodillas entre las llamas. Los romanos quedaron admirados…

– Realmente, es para sorprenderse -dijo el judío.

– … Y pensaron que era cosa de magia. Así pues, les dieron a beber una pócima envenenada que había sido preparada por un físico de tu raza; el cual, al ver que no morían, quemó sus libros perversos y se convirtió a nuestra santa religión.

– Desde luego, yo hubiera hecho lo mismo ante tal prodigio -aseguró muy interesado ben Saruq.

– Quizá yo pueda mostrarte alguno parecido cualquier día y te convertirás también, hijo de Moisés. Porque sólo la nuestra es la verdadera religión, como bien sabes… Pero los romanos eran más ciegos e insistieron aún -continuó el cillerero-. Les arrancaron todos los nervios del cuerpo, tormento raro que nunca se había practicado hasta entonces, y luego los ataron a un madero y los lardearon con hachas encendidas; mas el violento ardor de las hachas se apagó al contacto con su piel. Después los untaron con aceite hirviendo, les sacaron los ojos, los colgaron cabeza abajo. Seguían vivos aún los santos mártires y con la vista recobrada. Ático pensó que poseían algún hechizo mágico y ordenó que los desollasen de inmediato para librarlos de ese hechizo. Cuando acabaron, un campesino que estaba contemplando la tortura dijo de pronto que venían por el cielo dos ángeles con sendas coronas de luz. Para burlarse de este nuevo milagro, Ático cortó con su espada la cabeza a san Facundo y san Primitivo, pero de los cuellos tronchados manó leche mezclada con su sangre, lo que nos indica que su martirio había sido grato a Dios.

»Los viajeros habían abandonado aquellas célebres choperas, que no eran sino lanzas reverdecidas de los soldados de Carlomagno cuando el gran emperador había llegado a Sahagún a adorar a los mártires y a construir el camino de Santiago, y subían una colina pelada y reseca, en donde acababa el valle. Dos liebres saltaron casi de las uñas de sus cabalgaduras. En lo alto del cielo, como colgada de la luz, cantaba infatigable una alondra.

Ben Saruq era un hombre profesionalmente curioso.

– Pero decías que tal cosa sucedió río arriba.

– Así es; aproximadamente se asienta ahora el lugar de su martirio por la ciudad en que nació nuestro hermano -dijo Adalbero señalando con la cabeza al sobrino del conde-. Los romanos arrojaron los cuerpos al río y unos hombres piadosos los recuperaron a la altura de Sahagún, en donde sus aguas se remansan. Levantaron allí una pequeña iglesia, que los infieles destruirían más tarde. Después construyeron otra para albergar sus santas reliquias y es ésa la que Alfonso el Magno donó a los monjes que huían de Córdoba, hace más de ciento cincuenta años.