– ¡No toques nuestra comida, franco!
Ni siquiera le dio tiempo a sorprenderse. Aunque él era un muchacho sólido y fuerte, tan grande en estatura como ellos, los bandidos lo levantaron en vilo y lo empujaron fuera del sendero. Uno de ellos le arrebató con furia el bordón que el peregrino enarbolaba para defenderse y lo arrojó lejos de sí. Mientras lo arrastraban monte arriba, el pequeño de los tres le iba golpeando la espalda con el mango del hacha para obligarlo a ascender. Iban hablando en su propia lengua y las preguntas que Martín les hacía no encontraban respuestas.
– ¡E ultreia, Santiago! ¡E suseia, Saint Jacques! Voy a rezar a la tumba del apóstoclass="underline" no podéis detenerme. ¿Acaso no sabéis que soy un hombre santo, un peregrino cristiano? ¿No sois también cristianos vosotros?
Buscó debajo de su saya una cruz de hierro que le habían regalado los monjes de Ostabat y la mostró con el mismo gesto que usaban los sacerdotes para expulsar a los demonios. Pero uno de los hombres, el que tenía la cabellera más larga que los demás y una nariz tan caída y puntiaguda que casi le tapaba la boca, se agarró a ella, tiró con fuerza y rompió la correa con que estaba sujeta al cuello del peregrino.
Estuvo un momento mirándola con ojos espantados, le dio un beso y la guardó en un zurrón escondido bajo el manto de pellejo.
– ¡El diablo os arrastrará a los infiernos, enemigos de Cristo!
La recompensa que Martín obtuvo de su imprecación fue un golpe en la cabeza descargado por el hombre del hacha. Tan contundente, que cayó en el suelo mareado y mientras sentía el alivio frágil del frescor de la yerba escuchó el apagado y lastimero ladrido de su perro. Lo llevaba atado, casi a rastras, el tercero de los agresores. Después notó que él mismo era arrastrado por los brazos sobre rocas, ramas partidas y musgo; le resultaba tan intenso el dolor en los hombros que aprovechó el resto de su energía para erguirse y dejar que tirasen de él.
– Perdonadme, hermanos -dijo-. No he cometido ningún pecado contra vosotros. Os daré mi dinero si me dejáis seguir el camino.
– ¡Cállate, extranjero! ¡Vales menos que tu perro! -gritó el que le había robado la cruz. Y después habló a los otros en su lengua de las montañas.
Llegaron a la cumbre y sin detenerse a tomar respiro iniciaron el descenso por el otro lado. El bosque era allí más espeso, sombrío y perfumado. Entre los robles y hayas asomaban su cabeza grandes rocas de granito desnudas. Tal vez nadie había caminado nunca por allí, salvo aquella cofradía que lo llevaba secuestrado.
Ningún hombre juicioso, se decía Martín a sí mismo, habría elegido jamás paraje tan abrupto y camino tan difícil. Claro que tampoco ningún hombre juicioso se habría alegrado tanto de su juventud y de su vigor como para desdeñar la compañía de otros peregrinos, burlarse de su flaqueza y correr solo, en la boca de la noche, al refugio del final de la jornada. Como él había hecho. A pesar de los llorosos consejos de su madre y de la historia de las vírgenes bobas que le había contado el prior de Ostabat, se había empeñado en hacer el camino en solitario.
El hombre que lo conducía agarrado por su brazo derecho lo empujó de pronto contra una roca alta que parecía un ara de iglesia y sin decir nada, ayudado por el pequeño, comenzó a empujar con brazos, cabeza y hombros lo que parecía sólo un fragmento de la montaña.
Mientras, el de la nariz larga estaba agachado en el suelo y soplaba sobre un montón de ceniza. Los otros bramaban, gruñían, masticaban palabras que sonaban como blasfemias, se daban sincopadas voces de ánimo; hasta que finalmente lograron que la roca sobre la que hacían presión se apartase de la montaña. Era la puerta casi circular de una cueva cuyo final no podía verse. En ese momento brotó una leve llama del rescoldo y el hombre que se había apoderado de la cruz prendió en la lumbre una antorcha de resina que le ofreció el pequeño del grupo.
– ¡Vamos, entra! -le dijo a Martín, al tiempo que él mismo agachaba la cabeza y se abría paso en las sombras. Por si no había comprendido, el otro hombre alto, sin soltar la correa con que arrastraba al perro, lo empujó delante de él.
No era un recinto muy grande. En una de las paredes laterales, dentro de pequeños huecos excavados estaba alineada una veintena de cráneos de estructura casi redonda, muy limpios; algunos de ellos habían perdido la mandíbula inferior y los que la conservaban resultaban extremadamente largos. Sobre el hueso frontal de cada uno aparecían grabadas a punzón extrañas líneas que sin duda figuraban letras de un alfabeto desconocido o signos misteriosos; el más frecuente era una representación de la cruz con todos sus brazos iguales y adornados de una especie de ala.
El fondo de la cueva, que apenas iluminaba el fulgor de la antorcha, era un cementerio mucho más lleno de huesos, tosco y desordenado. Allí los cráneos estaban amontonados unos sobre otros, inclinados, invertidos, cubiertos de polvo y de telarañas. Martín descubrió una serpiente gruesa y corta deslizándose entre tales despojos humanos. El greñudo que se comportaba como jefe de los demás caminó hacia ellos; dio una patada con su abarca de cuero, que apenas le recubría laplanta del pie, a uno de los cráneos vacíos. Al chocar contra los otros brotó un ruido seco y opaco, como el gemido de un animal pequeño.
– Éste es tu lugar, franco; míralo bien. Aquí acabará tu cabeza si no haces lo que voy a pedirte. Vas a pasar el resto de tus días con todos estos borgoñones, teutones y castellanos; con todos estos moros, aragoneses y judíos… ¡Buena compañía en el basurero!
– Yo soy un hombre santo, señor -dijo Martín-. Voy al sepulcro de Santiago. Mi padre me espera junto a sus santas reliquias. ¡Subiré a la montaña del Señor y allí estableceré mi morada!
– ¡Yo soy el santo, extranjero! -le gritó el de la nariz, aproximándose a él de un salto-. ¡Yo soy aquí el único hombre santo y puro! -Tenía los ojos enrojecidos y brillantes y hablaba con los brazos abiertos-. ¡Soy el obispo de Ataun y el dueño de estas montañas y de estos bosques sagrados, como lo fueron mis antepasados! ¡Contémplalos ahí, fíjate en cada uno: hombres santos todos ellos! -Señalaba las hileras de cráneos limpios-. ¡Y ninguno corrió a esa tumba maldita de Iaun! ¡Vamos, vosotros, mirad lo que esconde!
Los dos sacristanes se lanzaron sobre Martín, desgarraron sus ropas, mordieron las alas del sombrero, husmearon en las buenas botas que había comprado a un judío en lo alto del Cize. Recogieron todo lo que les pareció de valor: el cinturón de cuero con algunas monedas de oro ocultas bajo sus costuras, una pequeña esportilla con más monedas, las calzas de lana fina, un cuchillo, las mismas botas, y se lo entregaron todo al obispo.
Él estaba también despojándose de sus hábitos. A pesar del frío de la cueva, que Martín sentía como un mordisco múltiple, se quedó completamente desnudo. Con las manos alzadas a lo alto y seguido por el hombre pequeño, que portaba la antorcha, se dirigió a la boca de su basílica de piedra. Empujaron a Martín detrás de él. El obispo sólo llevaba consigo un corto puñal de hierro sin empuñadura. El otro hombre altocogió entre sus brazos al perro, que no había cesado de ladrar, lo tumbó sobre la roca que parecía un altar y esperó a que el obispo le clavara la daga en el pecho. Brotó con violencia un chorro de sangre, en sacudidas de flujo variable; cubrió el ara como un riachuelo.
Martín quedó paralizado, contemplando aquellos afectuosos ojos que se habían petrificado mientras lo estaban mirando. El hombre de la nariz larga hundió una mano en las entrañas del animal y la sacó con su corazón entre los dedos; luego la levantó, enrojecida bajo la oscilante luz de la antorcha: de ella chorreaba aún el líquido caliente. Giró sobre sí mismo, de espaldas a la cueva, e irguió la cabeza hacia el cielo.
– ¡Oh Dios luminoso que cada mañana nos alumbras y nos llenas de vida! ¡Oh Dios de nuestros padres y de nuestros abuelos! ¡Santo entre los santos! ¡Oh padre de los bosques, de los ríos y de las piedras; poderoso entre los poderosos, dueño del hacha, rey de las serpientes, señor de nuestra tierra sagrada! ¡Asómate en tu altura para contemplar a este pecador extranjero que ha querido manchar tus caminos y exígele que te adore como te adoramos nosotros! ¡Amén! ¡Aplaca tu ira y muéstranos tu rostro, amén!