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– Pero esa segunda iglesia fue la que arrasó el moro Almanzor -puntualizó el monje profeso-. La que ahora conoces, si has entrado en ella, es más nueva. Mi propio padre vio cuando era niño cómo cavaban sus cimientos. Los muchos milagros realizados por nuestros mártires y la devoción que todos los reyes les han tenido permitieron este engrandecimiento del monasterio.

– Y así sigue sucediendo, como puedes ver.

– Volveré de uno de mis viajes -dijo ben Saruq- y encontraré que Sahagún ha superado a León. Y aun a Compostela y a Toledo.

Poco antes de mediodía se pararon a comer en un bosque de encinas. Los criados sacaron de las alforjas pan blanco de cebada, tocino seco, puerros, queso, manzanas y habas frescas, y esperaron a que el cillerero rezase en voz alta las tres oraciones prescritas. El mercader judío rechazó cortésmente la invitación a compartir sus alimentos, cuando se los ofrecieron, salvo dos puerros que elogió mucho, y comió de sus propias provisiones. También dio de ellas a su criado. El cillerero fue repartiendo según las reglas: queso para él y el otro monje, tocino para ellos mismos y para los villanos, y el resto lo distribuyó entre todos.

El joven profeso de Cea llevaba escondido bajo su hábito de estameña gris, disimuladamente atado a la cintura, un pellejo de cabrito mediado de vino. Se levantó a orinar detrás de un árbol y volvió con él en la mano. Ofreció primero al monje Adalbero y luego bebió él mismo. Después, roció cuidadosamente su pan con el líquido rosado.

– Me lo ha hecho llegar mi padre -señaló-. Pero ya empieza a picarse y a saber agrio. Le diré que ponga miel en la cuba. ¿Te permite beber vino tu religión, ben Saruq?

– Solamente si el vino merece ser bebido -dijo el judío.

Dejó a un lado una especie de torta de harina de color oscuro de la que iba mordiendo y bebió un trago del odre. Unas gotas le brillaron en la barba como rubíes.

– Respecto a éste, incluso lo ordenaría mi ley -rio.

Se posó un tábano en el cuello del profeso. Sólo se dio cuenta cuando ya le había picado. El manotazo con que intentó espantarlo había resultado tan ostentoso como inútil.

– Pide la protección de san Gil, que es el patrono contra esas bestias inmundas -dijo el cillerero.

– Señor san Gil, líbranos de los malditos tábanos. Amén -rezó el profeso de Cea.

El moro mudo seguía con ojos codiciosos los trajines del odre, pero ni se atrevió a pedir ni nadie se lo pasó. Sació su sed con el agua que él mismo transportaba en otro odre.

Apenas habían empezado a limpiar sus cuchillos para trocear la comida cuando media docena de niños apareció en el bosque, detrás de un matorral. Descubrieron los ojos brillantes de uno, luego sus ademanes vigorosos para llamar a otro, que surgió poco después; más tarde silbaron y se unieron al grupo tres o cuatro más.

Llevaban la espalda desnuda, quemada por el sol y rasgada por las hojas de las encinas y de los quejigos. Permanecieron en silencio mientras los viajeros comían, sin duda ansiosos. En un momento dado, antes de hincar el diente a su manzana, Adalbero se puso de pie, buscó una piedra en el suelo y se la tiró.

– ¡Ox, ox, alimañas! Son como perros hambrientos -dijo-. ¡Largo de aquí, bestezuelas! Andarán pastoreando nuestras ovejas y las dejan abandonadas. ¡Fuera, largo!

No tenían prevista una jornada de viaje demasiado larga, de modo que decidieron descansar a la sombra. Uno de los villanos se subió a una encina para vigilar desde allí y los demás se tumbaron en el suelo de hojarasca y de cascabillos de bellota. Silbaban los tábanos como dardos alrededor de las caballerías.

Acabada la siesta, aparejaron las mulas y reiniciaron el camino.

– Haremos noche en Villa Raneros -dijo el cillerero a ben Saruq-. La iglesia de allí es propiedad del monasterio y no habrá inconveniente en que duermas con nosotros si no te acucia la prisa. Yo debo resolver algunos negocios con el señor párroco.

– El tiempo es la única verdadera riqueza de los hombres. Está escrito en nuestro Libro -respondió el judío.

Cuando apenas habían abandonado el lugar de la refacción oyeron gritos a su espalda. Los niños que habían huido ante el vocerío del monje regresaban de su escondite y husmeaban como gallinas, se peleaban y azuzaban en busca de restos de comida. Los dos guardianes facundinos abrieron sus capotes para tener más a mano las armas de madera, pero no fue preciso usarlas. Los rapaces se contentaban con algunas migas perdidas entre el cascabillo, con la corteza del tocino y las mondas de las manzanas.

Dos horas más tarde entraron en la aldea de los toneleros. Todos los hombres de Villa Zacarías, e incluso muchas de sus mujeres, eran grandes conocedores del arte de fabricar toneles, cubas, barriles, carralones y otras clases de recipientes de vino, todos de madera que sacaban de unos bosques cercanos propiedad del monasterio. Adalbero se fue solo a hablar con algunos de los mejores maestros para encargarles un trabajo que sería la maravilla del reino y el gran orgullo de la abadía. No quiso que ben Saruq, y ni siquiera su hermano el profeso, supieran del negocio. Así pues, se reunió con ellos a su término para seguir el viaje.

En campo raso, pasados los bosques, soplaba sobre el pedregal una brisa fresca. Adalbero frenó su mula, la mantuvo al paso de otra que llevaba su equipaje y eligió de él un sombrero de ala muy ancha, con el que se cubrió la cabellera rojiza después de haberse quitado la cogulla, y un manto de lana de color marrón cubierto de paño de Nórica y con ribete de un palmo bordado por sastres sarracenos. Se ciñó también un cinto ancho de cuero repujado para defender su espalda del viento. El cillerero parecía ahora un conde o, al menos, uno de los cortesanos de León que se pavoneaban por los mercados, y así lo comentó con una sonrisa malvada el judío ben Saruq.

– La ropa es signo de dignidad, así como el alma de la misma -respondió Adalbero-. Conviene presentarse bien ataviado cuando tiene que enfrentarse uno a campesinos indisciplinados y a párrocos ignorantes. En esto del vestir somos algo flexibles con nuestra regla cuando andamos fuera de casa. Ni los malos ropajes ni el silencio a que ella nos obliga ni el exceso de oración pueden ser buenos cuando el camino es tan largo.

– «Se hicieron las reglas para los hombres, no los hombres para las reglas», dijo uno de nuestros profetas. En lo que al vestido se refiere, yo prefiero el disimulo -dijo el judío-; pues si lleva aire de pobre, se defiende mejor el viajero de la codicia y de las envidias de cuantos se le cruzan en el camino. Aunque pierda con ello los halagos del respeto.

Sobre la aldea de Raneros aún sacaba el sol brillo a las charcas. Las casas de muros de adobe y tejados de carrizos y de limo seco se agrupaban, a cierta distancia unas de otras, alrededor de dos lagunas verdes que despedían una neblina maloliente y se tendían entre irregulares murallas de juncos. Otras cabañas más pobres ocupaban claros entre los matorrales de juncias y carrascos.

El camino principal se apartaba un poco de aquellos insanos depósitos de aguas estancadas, pero el cillerero dirigió a su mula por el centro de la aldea. Al fondo, dominaba el lugar una espadaña de ladrillo, chata y un poco vencida hacia la derecha, en uno de cuyos laterales colgaba una campana estrecha y larga, más parecida a un cencerro de buey que a un instrumento de la voz divina.

Coceó una de las acémilas cargadas de puerros, se espantó y parte de su carga dio en el suelo y quedó diseminada en el barro. Rápidamente los dos villanos facundinos descabalgaron para recoger los vegetales, gritando blasfemias contra el diablo, contra las mulas y contra el profeta Mahoma. Sobre la espalda de uno de ellos chocó un guijarro de buen tamaño y fue entonces cuando Adalbero se dio cuenta de la razón de aquel percance; inmediatamente antes de que otra piedra fuera a estrellarse contra el vientre de su cabalgadura.

Desde el tejado de alguna de las casas o desde el ángulo que hacía una tapia desvencijada, manos desconocidas y criminales les estaban lanzando gruesos guijarros. Ben Saruq espoleó a su mula, tendido a lo largo sobre ella y protegido por el cuerpo inmenso del moro mudo. Los dos villanos de Sahagún abandonaron la recogida de la carga y salieron corriendo hacia las tapias, uno con un puñal en la mano y el otro enarbolando su garrote con borde grueso y redondeado. Se oyeron voces de alarma, risas, burlas y cesó la lluvia de cantos.