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– ¡Hijos de perra endemoniada! -gritó Adalbero mientras intentaba que su acémila se lanzase al galope en pos de los lapidadores.

Pero no consiguieron atrapar a ninguno de ellos. Se reunieron todos, menos el judío y su criado, en el lugar en que los puerros aparecían ya rebozados de limo. El cillerero ordenó al villano de la daga que llamase a las puertas y buscase gente para recogerlos y lavarlos. Tardaron mucho tiempo los campesinos y raneros en hacer aquel servicio, bajo la vigilante guardia de los facundinos; tanto, que las primeras sombras del crepúsculo envolvían ya a las oscuras cabañas adormecidas alrededor de las charcas.

Ante la casa de adobe aledaña a la iglesia, el párroco conversaba con el judío sin dejar de remover una sopa que borboteaba dentro del perol. Al ver al cillerero de San Facundo, que llegaba furioso y retrasado, corrió a ayudarlo a bajar de la mula, le besó la mano y se deshizo en cumplidos.

– Menos ceremonia, don Gutino -dijo con aspereza el monje-. Acaban de apedrearnos tus feligreses y te encuentro aquí muy interesado en tu potaje.

– Mandé a gente en tu ayuda cuando me avisó vuestro compañero; y ésta es vuestra cena, señor cillerero. Nadie me había dicho que llegabais hoy.

– ¿A qué viene entonces tanto pote? -preguntó, también enfadado, el profeso de Cea.

– Tengo acogidos esta noche a cuatro peregrinos… Debo cumplir mi obligación de proveerlos de lecho y comida.

– ¿Y queda lugar para nosotros?

– No es grande mi casa, ya lo sabe mi señor…

– Pues manda a los peregrinos a dormir en las charcas y guarda el lugar para nosotros -dijo Adalbero-. ¿No vas a sacarnos un poco de vino?

– Vino no tengo, señor -dijo don Gutino-. Un poco de leche de cabra, si es tu gusto.

Adalbero, el profeso y los dos villanos se sentaron alrededor del fuego, en donde estaba ya acomodado ben Saruq. El sobrino del conde, aunque con cierto disgusto, volvió a sacar su odre y ofreció de beber a los otros, menos al moro, que estaba de pie detrás de su amo. De la modesta iglesia salieron los cuatro peregrinos y miraron al grupo. Salvo uno, eran todos viejos y de aspecto muy quebrantado; estaban descalzos.

Don Gutino se acercó a ellos y mientras les hablaba en voz baja iba empujándolos contra el muro lateral de barro de la iglesia. Ellos respondían con gestos tristes. Volvieron a entrar en el templo y reaparecieron con sus adminículos de romeros: los zurrones, las calabazas del agua, los bordones polvorientos. Echaron a andar hacia el caserío.

Don Gutino se aproximó al grupo de San Facundo. Era un hombre todavía joven, de barba rala y ojos claros y asustadizos. La túnica parda que vestía apenas le llegaba por debajo de las rodillas y estaba muy ajada y manchada de barro. Miró un momento el pellejo del profeso, pero no se atrevió a tocarlo.

– Si me hubierais dado recado de vuestro viaje… -empezó a decir.

– El prior Ecta no está muy satisfecho contigo, don Gutino -respondió Adalbero-. Recuerda que fue él quien te nombró sacerdote y te dejó esta iglesia del monasterio. Que fue él quien te ha salvado, entre todos los tuyos, de andar metido en el fango y de sufrir las aguijaduras de los juncos.

– Así es; y rezo por su salvación todos los días de mi vida.

– Pero hace más de dos meses que no nos envías ranas para nuestro refectorio. Y lo que es peor, tampoco nos mandas las tercias de los diezmos que cobras a los raneros. Ése no es un comportamiento apropiado y digno de un siervo de Nuestro Señor.

– Tú mismo puedes observar nuestra gran calamidad, señor cillerero. ¿Qué puedo hacer yo…? Desde hace muchas semanas se han aposentado en nuestra aldea grandes bandadas de cigüeñas, esos pájaros del Diablo. Viven en las charcas y en sus orillas y no dejan un instante de devorar las ranas, de tal modo que los cazadores apenas pueden coger alguna. Hemos emprendido batidas contra ellas, pero se defienden furiosas, nos clavan sus picos afilados como si estuvieran poseídas por Satanás. Hace tres domingos que sacamos en procesión de rogativas por las charcas a nuestra santísima reliquia, mas el venerable san Policarpo hace oídos sordos a nuestras súplicas. ¿Qué puedo hacer yo, pecador grandísimo? La última vez, incluso varios de los pájaros depositaron sus grandes excrementos, desde los cielos (y me avergüenza haberlo visto con mis ojos) sobre la urna que guarda la sandalia de nuestro patrón y los sagradísimos huesos de su pie. ¿Acaso no es esto señal del castigo de Dios, don Adalbero? ¿Acaso no es clara manifestación de que un ser maligno ha venido a morar en las lagunas de la abadía? Dime tú, que eres hombre santo e ilustrado, cómo podríamos librarnos de esta plaga y cómo el Señor podría perdonar nuestros muchos pecados.

Don Gutino se llevó las manos a los ojos para contener sus lágrimas. No las retiró siquiera cuando se oyó el canto de una mujer que apareció por detrás de la iglesia, hundida bajo un cargamento de leña menuda. Los hombres del corrillo esperaron a que se hiciese visible entre la penumbra la dueña de aquella voz armoniosa y dulce. Oscurísimas y rizadas greñas le cubrían casi del todo un rostro ovalado, juvenil y alegre. Brillaban en él los ojos negros como el resplandor de un carbón. Puesto que caminaba muy inclinada hacia el suelo, por un jirón abierto en su camisa le asomaban los pechos no muy grandes, pero redondos, firmes y oscuros de color. Al encontrar a tanta gente en torno a la hoguera, paró de cantar, se ir-guió algo sorprendida y después dejó caer al suelo el haz de leña.

– ¿Más peregrinos tienes, don Gutino?

– Son monjes y servidores de la abadía, señora. Anda y pon otra brazada de paja en sus lechos, que son hombres fatigados. -El cura se apresuró a secarse las lágrimas con la orla del sayo.

La mujer los miraba con una sonrisa que parecía naturaleza propia de sus dientes luminosos y de los gruesos labios, con ambas manos posadas en las caderas y el pelo aún enmarañado alrededor de la cara.

– Jóvenes costillas tienen estos caminantes -dijo-; no se les quebrarán en nuestra casa.

– ¿Cómo te atreves a hablar así al señor cillerero? -preguntó uno de los villanos de Sahagún.

– Debes disculparla, santo señor -dijo rápidamente el cura-. No lleva mucho tiempo entre nosotros e ignora el trato que merece vuestra dignidad. Fue cautivada en tierra de moros, en el condado de Portugal, y no he podido aún acostumbrarla a nuestros usos.

– ¿Es tu sierva? -preguntó Adalbero.

– Me la regaló un querido hermano mío que vive en León, en cuyo mercado vende ranas, truchas, lagartos y cangrejos.

– Luego, según los cánones, pertenece a la abadía.

– Es mi esposa, don Adalbero -replicó el párroco.

– ¿Quién anudó tal matrimonio?

– Yo mismo lo hice. No encontré otro sacerdote en los alrededores, de modo que yo mismo celebré el sacramento. Naturalmente, antes de ello ilustré a Zulema en nuestra fe verdadera y le impuse el santo bautismo. Como nombre, le di el de Beatriz, el mismo de la abuela de la Madre de Cristo. Es cristiana y muy devota.

– Imagino que pedirías permiso para tal mudanza al san-to abad Tructemiro. Ahora no le gusta que sus sacerdotes se casen.

– Lo hice, señor. Envié a uno de los raneros con esa razón, pero al regreso me dijo que había extraviado el documento sellado por el abad. Por eso no te lo puedo mostrar, si ése es tu gusto. Sin duda hay una copia en el monasterio.

Adalbero se quedó en silencio. Miraba tanto el brillo del fuego como el brillo de los ojos de la muchacha, que continuaba en pie delante de él. También ben Saruq y el profeso parecían embelesados ante su presencia. La saya verde que cubría su cuerpo, más bien parecía descubrirlo, por tantas rasgaduras como mostraba. El extremo de la misma ni siquiera alcanzaba a cubrirle las rodillas, al igual que su parte superior tampoco le arropaba por completo los hombros.